Autocronograma

AUTOCRONOGRAMA

2008: 23 años deseando esta carrera.

2010: Bitácora de quien estudia en Puán porque la vida es justa y (si te dejás) siempre te lleva para donde querés ir.

2012: Crónicas de la deslumbrada:Letras es todo lo que imaginé y más.

2013: Estampas del mejor viaje porque "la carrera" ya tiene caras y cuerpos amorosos.

2014: Emprolijar los cabos sueltos de esta madeja.

2015: Pata en alto para leer y escribir todo lo acumulado.

2016: El año del Alemán obligatorio.

2017: Dicen que me tengo que recibir.

2018: El año del flamenco: parada en la pata de la última materia y bailando hacia Madrid.

6 de mayo de 2012

Una se encuentra cada cosa...

SUEÑOS DE ANGUSTIA - COPROLALIAS - EXHIBICIONISMO Y TRAVESTISMO - SADISMO - MASOQUISMO - FETICHISMO - ANTROPOFAGIA (En el Quijote)

«Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros»

Tanto Don Quijote como Sancho exprésanse en contra de toda manifestacion pornográfica. El Hidalgo dice que «de las cosas obscenas y torpes los pensamientos se han de apartar cuanto más los ojos» (LIX).

Y Sancho en la Insula, revestido de la autoridad que le da el ser Gobernador, «puso gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día» (LI).

Ambas manifestaciones nos hablan del pulcro y comedido estilo de Cervantes, que huye del tan frecuente incentivo que muchos escritores de la época pusieron en sus obras para atraer la atención del lector ávido de escenas que excitasen su imaginación. Cervantes, aun tratando los asuntos más escabrosos, muestra una elegancia para expresarlos que lleva al convencimiento de su seriedad como escritor.

Por ejemplo, en diversos lugares de la novela hace alusión a prostitutas.

Lo son las mozas que reciben a Don Quijote en la venta y que él toma por doncellas de alta alcurnia: «Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros» (II).

Don Quijote las llama «doncellas» y al oírlo ellas que lo consideraban «cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa» (II).

Y Cervantes hace la observación de que a Don Quijote se le hacían los dedos huéspedes y las rameras, damas. Por entonces se llamaban «mujeres del partido» y también «puestas al partido» a las prostitutas, y rameras, porque colgaban un ramo o rama a la puerta de su casa coma propaganda de su oficio.

Darse a partido significaba entregarse a quienes alquilan sus favores. Según los críticos y comentadores de Cervantes como Rodríguez Marín, Fitzamaurice-Kelly, Cortejón, etc., así como de los escritos de la época, se hacía distinción entre mujer del partido (que andaba suelta, por su cuenta) y ramera (que andaba reunida con otras conviviendo en una casa o mancebía, algo así como colegiada).

Otro tipo de prostituta que aparece en el Quijote, la más famosa de todas, es Maritornes, la moza asturiana a la que Cervantes describe irónicamente, no precisamente como un dechado de perfecciones, así: «Servía en la venta una moza asturiana, ancha de cara, llena de cogote, de nariz roma del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera» (XVI).

Para completar su descripción dirá más adelante que «sus cabellos tiraban a crines" y su aliento olía a «ensalada fiambre y trasnochada».

Muy probablemente Cervantes se tuvo que inspirar en un tipo real conocido por él en alguna de las muchas visitas que hizo por mesones y ventas de Castilla y Andalucía, para describir a Maritornes, pues es mucha coincidencia que precisamente el tipo anatómico y antropológico que describe se pueda ver aún hoy día en algunas áreas de las montañas asturianas como son «la anchura de la cara» y «el aplastamiento del occipital.»

«El arriero hacía concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de satisfacerle el gusto en cuanto le mandase» (XVI).

Maritornes, asegura Cervantes, «jamás dio tales palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno, porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio» (XVI).

SUEÑOS DE ANGUSTIA

Pero por si hubiera alguna duda respecto a la profesión de Maritornes, el arriero la despeja cuando dice Cervantes: «desde el punto que entró su coima por la puerta» (XVI) refiriéndose a ella.

Y coima es la palabra empleada desde tiempo inmemorial para significar prostituta, manceba. E insiste el autor, diciéndonos que Maritornes, «aunque estaba en aquel trato tenía unas sombras, y dejos de cristiana» (XVII), como lo demuestra cuando al despedirse de Sancho «prometió rezar un rosario, aunque pecadora» (XXVII).

Y como colofón irónico, Cervantes llama a la hija de la ventera y a la moza asturiana «semidoncellas» (XLIII), adelantándose tres siglos al decir esto, como ya observó acertadamente Rodríguez Marín, a Marcel Prévost, autor de una novela, nada ejemplar por cierto, titulada «Les demivierges».

Las dos únicas personas que durante la novela relatan el contenido de un sueño son precisamente Maritornes y Don Quijote.

El sueño de ella es uno de los llamados sueños de angustia que va contando a Sancho de la siguiente manera: «A mí me ha acontecido soñar que caía de una torre abajo, y que nunca acababa de llegar al suelo, y cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera caído» (XVI).

El sueño de Don Quijote en la Cueva de Montesino es una pura invención de su fantasía. El de Maritornes es un típico sueño de angustia que revela la lucha que hay en su subconsciente, entre sus ideas represivas religiosas y el oficio con que complementa su trabajo de sirvienta de la venta y que le proporciona unas buenas propinas.

La caída desde lo alto de la torre al abismo y que en ella se manifiesta y que le hace despertar molida y sudorosa, es la lucha entre el deber y el placer, siendo el resultado el displacer.

La torre, símbolo fálico típicamente freudiano, representa, en la interpretación onírica, claramente su oficio. La caída es un signo también del descenso moral en el abismo o pozo sin fondo, interminable, de la prostitución. Otra interpretación freudiana sería referir este sueño como un sueño de impotencia, de imposibilidad orgásmica, sueño típico de prostitutas que sufren con mucha frecuencia frigidez o anhedonia.

No tiene nada de extraño que Maritornes soñase demasiado, por un pequeño detalle que menciona Cervantes y es el olor que despedía su aliento «a ensalada fiambre y trasnochada». Este olor o halitosis característico se presenta en los pacientes que sufren disfunción hepática y gastritis, trastornos de las funciones de los órganos digestivos que cursan a veces con estreñimiento pertinaz, disfunción biliar,malas digestiones, alternando con descargas diarreicas. Muchas veces todo está en relación con un mal estado de la boca, escasa higiene bucal, caries múltiples, boca séptica que hace tremendamente penetrante el fetororis.

Precisamente la absorción de substancias tóxicas producto de la excesiva retención en el intestino de los materiales de desecho restantes de la alimentación, hace que el paciente tenga pesadillas, malos sueños, angustias nocturnas y se levante «cansado, molido y sudoroso», como le pasaba a Maritornes.

Sancho, siendo Gobernador, trata duramente a la mujer a la que denomina «churriIlera, embaidora y desvergonzada».

Churrillera equivale a charlatana, que habla mucho y sin substancia, que es habladora indiscreta, y embaidora se aplicaba especialmente a curanderos y proyectistas, o sea, a las personas que facilitan proyectos o quienes los hacen. Cervantes llamará a esta mujer «la esforzada y no forzada» (XLV), que pide compensación monetaria por su complacencia con el labriego, asegurando Sancho que «si el mismo aliento y valor que mostró para defender la bolsa, lo mostrare para defender su cuerpo, las fuerzas de Hércules no le hicieran fuerza» (XLV). «El labriego, después de yogar con ella, pagóle lo suficiente, no quedando, sin embargo, la mujer contenta» (XLV).

COPROLALIAS

La voz popular «puta», queriendo significar prostituta o simplemente como término de empleo ofensivo, se encuentra repetida en el Quijote 26 veces en frases como las siguientes:

«¿A dónde estás p...? » (XVI)
«No es deshonra llamar hi de p... a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle» (XIII).
«0 hi de p... p... .Y qué rejo debe tener la bellaca» (XIII).
«Oh hi de p... p... qué

Probablemente, para describir a Maritornes Cervantes se inspiró en un tipo real, conocido por él en algunas de las muchas visitas que hizo por mesones y ventas de Castilla

Aunque en el Quijote no hay un caso típico de trasvestismo, sí hay numerosos pasajes en que los protagonistas se ponen ropas del sexo contrario:

«rejó tiene y qué voz» (XXV).
«Oh hi de p... bellaco (el vino) (XIII).
«Véis ahí cómo habéis alabado este vino llamándole hi de p...» (II).
«Oh, hi de p... y qué cabellos» (XXI).
«Pues voto a tal, dijo Don Quijote, ya puesto en cólera don hijo de p... don Ginesillo de Paropillo» (XXII).
«Que desfaga ese agravio y enderece este entuerto matando a ese hi de p... dese gigante» (XXIX).
«Digo que sube poco de achaque de caballería y que miente como un hi de p... y mal nacido» (XXX).
«Eso juro, yo, dijo Sancho, para el p... que no se casare» (XXX).
«i0h, hi de p... bellaco, y cómo sois desagradecido! (XXX).
«No te empaches con mi descanso, deja mi asno, deja mi regalo, huye p...» (XXX).
«Y la cabeza cortada es la p... que me parió» (XXXVII).
«Y que la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la p... que te parió» (XXXVII).
«Pues será mejor que nos estemos quedos y cada p... hile y comamos» (XLVI).
«Que estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hi de p... p... que lo parió» (LII) .
«Oxte, p... allá darás rayo (X).
«Ni ella es p... ni lo fue su madre» (XIII).
«Véis ahí, dijo el del Bosque, en oyendo el hi de p... de Sancho» (XIII).
Una gentil persona, p... gafo y meón» (XXIX).
«Hijo de p..., dijo la dueña» (XXXI).
«Hijo de p... bellaco, pintor del mismo demonio» (XLVII).
«Hijo de p... Y qué corazón de mármol» (LVIII).
«Que un caballero andante como vuestra merced se vuelva loco sin qué ni para qué por una p...» (XXV).

Esta repetición de palabras que podrían calificarse de obscenas se pueden catalogar como coprolalia, es decir, una especie de exhibicionismo verbal. Suele expresar la coprolalia un deseo de virilismo, especialmente en los niños y en los ancianos.

En Sancho tendría este significado la repetición a veces innecesaria de esta palabra, lo que está muy en relación con el carácter del escudero, a veces, un tanto simple o infantil.

Equivale a una liberación de imágenes mentales obscenas, a un acto de osadía contra posibles censuras de los demás.

La coprolalia es frecuente también en ciertas enfermedades mentales, y en estos casos tiene una significación de liberación también de imágenes obsesivas y tal sería el caso cuando Don Quijote repite esta palabra.

EXHIBICIONISMO Y TRAVESTISMO

Encontramos también en el Quijote casos de exhibicionismo, término creado por Laségue en 1877 para designar la exposición accesiva, casi siempre anerótica y por lo común consciente, de partes del propio cuerpo, habitualmente ocultas por decencia. El mismo caballero andante, en ciertos momentos presenta ciertos conatos de exhibicionismo, como cuando se dispone en Sierra Morena a hacer penitencia. Quiere quitarse todas las armas y quedar «desnudo como cuando nació» (XXV).

Confírmase esta tendencia de Don Quijote en sus propias palabras:

«Quiero digo, que me veas en cueros y hacer una docena de locuras (que las haré en menos de media hora)» (XXV).

«Y luego, sin más ni más, desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, dio dos zapatetas en el aire, y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante» (XXV).

También son exhibicionistas los moriscos con quienes Sancho sale de la Insula y que «arrojando sus bordones quitáronse las mucetas o esclavinas y quedáronse en pelotas» (LIV).

Hay numerosos pasajes en que los protagonistas cambian de vestimenta, poniéndose la del sexo contrario, que si sirve de inocente disfraz de Cura y en ello no se ven atisbos de desviación sexual, ya que su única intención es tratar de llevar a Don Quijote a su casa, hace pensar sin embargo al mismo Cura cuando sale de la venta que «hacía mal en haberse puesto de aquella manera por ser cosa indecente que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuere mucho en ello» (XXVII), y por este motivo, recapacitando, decide cambiar con el Barbero «la saya de paño, llenas de fajas de terciopelo negro de un palmo de ancho, todas cuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos ribetes de raso blanco» (XXVII) con que la ventera habíale vestido.

Es digna de notar la prolijidad con que Cervantes describe esta vestimenta, cosa que no acostumbra en su novela, como para hacer mayor el contraste del cambio aparente de sexo al cambiar la indumentaria y la transformación del Cura en una doncella andante «afligida y menesterosa» (XXVI).

Pero, aunque no hay un caso típico de travestismo o hábito de ponerse vestidos y adornos característicos del otro sexo, sí hay varios casos de cambios de vestidos por una u otra circunstancia que llegan a hacernos sospechar la existencia de una "tendencia" en los protagonistas a quienes Cervantes atribuye esta circunstancia.

Por ejemplo, la morisca cuenta los trucos de que tuvo que valerse para defender a su amado Don Gaspar, a quien vistió de mora, llevándole «a presencia del Rey» (LXIII). Pero no contaba con que la belleza, no masculina sino en su versión femenina, de Don Gaspar, despertó raros afectos en la morisma berebere.

Por su parte, la morisca se viste de varón y nada menos que de arráez, comandando la nave capturada más tarde frente a las costas de Barcelona, y así, ante las preguntas de sus capturadores: «Dime arráez, ¿eres turco de nación, o moro o renegado? contestará: Mujer cristiana» (LXIII).

«Claudia Jerónima, hija de Simón Forte, recurrirá al vestido del sexo opuesto por necesidad también de disimular el suyo propio» (LX).

«Los hijos de Diego de La Llana son capturados por la ronda que acompaña de noche a Sancho por la Insula, descubriendo una muy hermosa mujer en traje de varón y un hermano suyo en hábito de mujer» (LI), caso de travestismo infantil o juvenil, aparentemente por simple travesura.

El mayordomo de los Duques se disfraza de Condesa Trifaldi, lo que medio averiguado por Don Quijote, desconcierta a éste, que departiendo con su escudero, no puede por menos de decirle: «No es justo ni es creyente que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo; pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a serlo implicaría contradicción muy grande, y no es tiempo de hacer ahora estas averiguaciones, que sería entrarnos en intrincados laberintos» (XLN).

SADISMO Y MASOQUISMO

Manifestaciones de sadismo o algolagnia activa podrían considerarse frases como la que pronuncia Sancho: «Ese te quiere que te hace llorar» (XX). También son una manifestación sádica las frases y deseos del supuesto Merlín, cuando dice:

«Que para recobrar su estado primo,
La sin par Dulcinea del Toboso,
Es menester que Sancho tu escudero,
Se dé tres mil azotes y trescientos
En ambas sus valientes posaderas
Al aire descubiertas y de modo
Que le escuezan, le amarguen y le enfaden» (XXXV).

Cosa que a Sancho no sentará nada bien, y que le hará exclamar: «Válate el diablo por modo de desencantar. Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos» (XXXV).

Pero, viendo la furia de su amo que le increpará llamándole villano, harto de ajos, y que está dispuesto a «amarrarle a un árbol, desnudo como le parió su madre» y a darle él mismo los 3.300 azotes y si hace falta el doble (XXXV), Sancho cederá, disponiéndose a cumplir el sádico castigo o penitencia, pero con una condición y es «no estar obligado a sacarse sangre con la disciplina» (XXXV), promesa que cumple administrando los correazos en los alcornoques y a las encinas, tras de lo cual, sudoroso y agitado por el ejercicio, solicita a su amo le ponga encima su ferreruelo, que está sudando y no quiere resfriarse, que los nuevos disciplinantes corren este peligro» (LXXI.)

Sadomasoquistas son los «disciplinantes de luz vestidos de blanco con un hacha de cera, grande, encendida en la mano» (XXXV) que venían sobre un carro en una procesión preparada por el Duque para hacer creer que Dulcinea podría ser desencantada.

Como dice Cortejón, no hay que confundir estos disciplinantes con los flagelantes, secta de herejes que apareció en Italia en el siglo XIII y que se propagó por Alemania y resto de Europa en el siglo XIV, cuyo error consistía en preferir, como más eficaz para el perdón de los pecados, la penitencia de los azotes a la confesión sacramental.

Un verdadero caso de sadismo es el que refiere el Caballero del Bosque a Don Quijote al hablarle de Casildea de Vandalia, invento del Bachiller Sansón Carrasco.

La tal Casildea ocupaba a su amado en muchos y diversos peligros entreteniéndole así y gozándose con los sufrimientos y dificultades que por ella pasaba el caballero, que cuenta que «una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla, llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte como hecha de bronce» (XIV).

No contenta con aquella descomunal hazaña, otra vez le mandó «tomar en peso las antiguas piedras de las valientes toros de Guisando» (XIV), y como por si aún pareciera poco, terminó por mandarle «que se tirase de la Sierra de Cabra abajo» (XIV).

Extraña forma de demostrar un amor, que vemos es a todas luces patológico, o bien que lo que quería es que reventase el pobre enamorado.

FETICHISMO Y ANTROPOFAGIA

También se hace referencia en el Quijote a las crueldades de Azán Bajá, quien hacía padecer toda clase de penalidades a sus cautivos cristianos, así como les aplicaba torturas cometiendo toda clase de crueldades con ellos, tales como cortarles las orejas después de azotarles, o cortarles las manos con el pretexto de castigarlos por haber escondido a unos cristianos.

Las crueldades de Azán Bajá son típicas del sadismo.

Manifestaciones masoquistas en el Quijote las hallamos entre los disciplinantes «que se iban abriendo las carnes» (LII) y en el mismo Don Quijote, que está dispuesto a darse de calabazadas contra las rocas para demostrar a su Señora Dulcinea que es capaz de hacer barbaridades por ella, y así dirá a Sancho y «será necesario que me dejes algunas hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamo que perdimos» (XXV).

Hay una cita que se refiere a pederastia o paidofilia cuando la morisca menciona el que «entre aquellos bárbaros turcos en más se tiene y estima un muchacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que sea» (LXIII).

La joven Altisidora es un caso de presbiofilia. Su persecución de Don Quijote, sus denuestos en público al verse menospreciada por la castidad del Hidalgo, se expresan claramente en aquellos versos que dicen:

«Tú llevas (llevar impío)
En las garras de tus cerros
Las entrañas de una humilde
Como enamorada tierna.
Llévaste tres tocadores
Y unas ligas de unas piernas
Qué al mármol Paro se igualan
En lisas, blancas y netas» (LVII).

El haber introducido subrepticiamente en el equipaje de Don Quijote objetos personales e íntimos como unas ligas, revela, además de su presbiofilia, unos ciertos visos de fetichismo.

Aparece Altisidora, aunque sea en burla, como se pretende en la novela, como una ninfomaníaca presbiofílica. También hay otro caso de fetichismo que es el de Leandra, quien desde una ventana de su casa tenía su vista a la plaza (LI), y se enamoró del oropel del vistoso traje de Vicente de la Roca.

La vista de un reluciente uniforme fue suficiente para producir en ella la sensación amorosa, despertando sus impulsos el brillo exterior y no la persona misma.

En la historia del Curioso Impertinente, la proposición de Anselmo a su amigo Lotario de que trate de conquistar a su propia mujer, Camila, para probarla y ver si realmente es una esposa perfecta, es otro caso típico de desviación sexual, del tipo de las llamadas parafilias.

También es una parafilia la alusión que hace irónicamente a «la cola de la ventera» (XXXII y XXXV).

Se mencionan también en el Quijote casos de geofagia y necrofagía. Cuando se refiere al citado Anselmo, éste dice: «Has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso, carbón y otras cosas peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto más para comerse» (XXXIII).

Se trata, evidentemente, de un caso de pica, enfermedad que va más allá de la geofagia. También hay, por último, una cita sobre un caso de antropofagia cuando Cervantes hace referencia al cruel hijo de Barba Roja que mandaba la nave «La Presa». Los remeros de esta nave pasáronle de banco en banco, de popa a proa y le dieron tantos bocados, que a poco más que pasó del árbol ya había pasado su ánima al infierno» (XXXIX).

Hay una mención a la autocastración en la escena en que el Barbero de la bacía huye dejando el instrumento en manos de Don Quijote. Dice que: «dejó la bacía en el suelo con la cual se contentó Don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto, y que había imitado al castor, el cual viéndose acosado de los cazadores, se taraza y corta con los dientes aquello por lo que él, por instinto natural, sabe que es perseguido» (XXI).



Tomado de http://www.gorgas.gob.pa/museoafc/quijote/08quijote.html

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