29 de septiembre de 2011

Twain, el Congo y alrededores

Estoy leyendo el Monólogo del Rey Leopoldo, de Mark Twain para Norteamericana:

* La famosa novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas narra el viaje del protagonista por el río Congo en tiempos de Leopoldo II. El autor cuenta experiencias de primera mano sobre las atrocidades que se cometían en la colonia belga. La película Apocalypse now, de Francis Coppola, está basada en parte en este libro, extrapolando la situación del Congo a la Guerra de Vietnam.
* En 1907, el escritor francés Octave Mirbeau denunció la situación de los esclavos trabajando en las plantaciones de Leopoldo en el capítulo 'El caucho rojo', de su novela La 628-E8.
* La novela El sueño del celta, del Premio Nobel de Literatura 2010 Mario Vargas Llosa, está basada en la vida de Roger Casement.

17 de septiembre de 2011

Averbach y Scorza (entre otros)

He ido hasta ahora a dos de los cinco teóricos de Literatura norteamericana dictados por la Dr Márgara Averbach. Los otros tres los escucho (estoy en medio del último) en mi net, en mi cocina, gracias a los compañeros que los graban y los comparten. Un placer. Con mi cuadernito, el mate y feis abierto y googleando al mismo tiempo.
La profe tira pelis y libros y autores sin parar. Un placer. Así me compré la semana pasada la novela Huellas cuya autora es la única amerindia traducida. Así acabo de descubrir al peruano Manuel Scorza que ella nombró como ejemplo de cómo el cerco, la división de las tierras, es lo que define a la "civilización" blanca y cuya ausenci entre las tribus amerindias hace que interprete a la tierra americana como sin "dueño".

Habrá que conseguir la saga de Scorza:
Obras

* Las Imprecaciones (1955)
* Los adioses (1959)
* Desengaños del mago (1961)
* Réquiem para un gentil hombre (1962)
* Poesía amorosa (1963)
* El vals de los reptiles (1970)
* Poesía incompleta (1970)
* Ciclo de novelas "La Guerra Silenciosa":

Redoble por Rancas (1970)
Historia de Garabombo el Invisible (1972)
El jinete insomne (1977)
Cantar de Agapito Robles (1977)
La tumba del relámpago (1979)

* La danza inmóvil (1983)

16 de septiembre de 2011

Averbach en Alburquerque


En territorio enemigo


Pertenecientes a tribus diferentes, Gordon Henry, LeAnne Howe y Simon Ortiz son tres importantes escritores amerindios de EE.UU. Aquí plasman su visión sobre una literatura mestiza y original.


POR Margara Averbach



Albuquerque tiene la magia de esos lugares que fueron y siguen siendo remolinos de la Historia. Lugares en los que se mezclan, chocan y crecen idiomas diferentes y diferentes maneras de ver el mundo y de moverse en él. Si uno camina por las calles de esa ciudad de casas bajas (está prohibido construir hacia arriba para no tapar la vista de las montañas hacia el este), ahí están todos: amerindios, chicanos, mexicanos y estadounidenses. Tiene sentido: Nuevo México empezó siendo territorio indio y todavía lo es; después fue conquista española; después fue México y después, llegó la invasión de los Estados Unidos.

A un costado de ese remolino, en la “Reservación de los isleta pueblo”, en uno de los hoteles-casinos de la zona (las tribus pueblo usan el dinero que obtienen para comprar tierras para la comunidad), se llevó a cabo, en marzo del año pasado, el Simposio de Literatura Amerindia Estadounidense.

No era (no es nunca) un congreso literario típico, seguramente porque las diversas visiones del mundo de estos autores no dividen las disciplinas ni las emociones en compartimentos estancos ni piensan en pares (mal versus bien, ciencia versus arte) como se hace en Occidente. En la Reservación, la idea general de la vida es comunitaria, no individualista; la familia es la familia extendida y no es solamente humana, comprende también a los animales, las montañas, los ríos, las plantas del lugar en el que se vive; las cuestiones suelen decidirse en Asambleas y la educación pide conciencia de las necesidades del grupo y ninguna competencia; la idea de futuro y de “éxito”, tan esenciales para el modo de vida estadounidense, no existen si el supuesto “éxito” no significa el de todo el grupo y el de la Naturaleza, o la Madre Tierra.

Ese fue el contexto en el que hice tres entrevistas para el Archivo de Historia Oral de la Facultad de Filosofía y Letras con tres grandes escritores amerindios estadounidenses: Gordon Henry, LeAnne Howe y Simon Ortiz.

No tienen la misma edad (Henry, que es de la tribu ojibwe y Howe, choctaw, tienen alrededor de cincuenta años; Simon Ortiz, el gran poeta acoma pueblo, más de sesenta); ni las mismas ideas sobre la literatura aunque sí ciertas actitudes semejantes frente al mundo en general. Gordon y LeAnne hablan el inglés como primera lengua, Simon pasa al acoma cuando toca temas importantes.

Cuando el tema lo entusiasma, Gordon se inclina sobre el sillón en el que estamos charlando, cuarto piso del hotel, y habla más rápido. LeAnne tiene una compostura firme y apasionada y dice que siempre fue un poco mandona porque en su tribu, la cabeza de la familia es la mujer y hace tiempo que ese papel le toca a ella. Simon habla horas sin cansarse. Busca con cuidado las palabras en inglés. Cuando cuenta ideas de los acomas, se pasa a ese idioma y la voz se le vuelve caricia. Después traduce al inglés.

Pregunto si el contacto con la vida comunitaria de la Reservación tuvo importancia para ellos; si sintieron mucho la diferencia entre esa forma de vida y la estadounidense. Gordon explica: “Una de las experiencias más interesantes que tuve fue cuando aprendí a leer y a escribir. Yo entré y salí varias veces de la Reservación. Afuera me dijeron que tenía que leer en voz bien alta para que todos pudieran escucharme. Después volví a la Reservación y leíamos en voz alta en clase y los estudiantes leían en voz muy baja y yo casi no conseguía oírlos. Era muy diferente.” LeAnne dice que siempre vivió rodeada de lo que nosotros llamaríamos “familia extendida” y que eso es esencial para su escritura: “Sin eso, no tendría historias..., sin una familia bien grande, muchas tías, muchos tíos y una abuela que era contadora de cuentos en casa, sin esa familia inquieta, no tendría un baúl grande de historias..., no tendría la memoria larga de los choctaws. No puedo imaginarme sin ese tipo de familia en la que todo el mundo cuenta historias. No es que yo cuente las historias de ellos pero fue un entrenamiento. Y ahora a mis nietas y a mis nietos, los oigo repetir los esquemas que yo les instalé cuando contaba nuestras historias”.

Simon Ortiz habla casi una hora sobre su vida de infancia en la Reservación. Cuenta cómo fue ir a las escuelas pupilas a las que obligaron a ir a los chicos amerindios. Dice que si les debe algo a esas escuelas es el “panindianismo”, la relación que crearon entre miembros de tribus diferentes. Dice que para los amerindios siempre hubo dos educaciones: la de la escuela, impuesta por los blancos, y la tradicional de la tribu. “Los padres se veían frente a un dilema. Podían decir ‘No, no vayas, no tiene sentido, no queremos que tengas contacto con esas malas maneras de vivir. (La idea era que la forma de vivir estadounidense era mala) no quiero que vayas porque va a romper la unidad, la integridad, la solidez de la comunidad’. Y es que eso va siempre antes [y esto lo dice en acoma primero]: la tierra, la cultura y la comunidad. A veces, cuando uno se iba a la escuela sentía que traicionaba toda esa cultura. Uno estaba aprendiendo individualismo. Si uno tenía buenas notas en la escuela..., yo tenía buenas notas y era bueno para estudiar pero después sentía ¿por qué tengo buenas notas?”.

Esa experiencia de mestizaje se da también a nivel del lenguaje. Como dicen dos poetas amerindias, Joy Harjo y Gloria Bird, los escritores amerindios “reinventan el idioma del enemigo”, es decir, el inglés. Ortiz dice algo interesante al respecto: “Tenemos que tener mucha conciencia de lo que hacemos cuando usamos el inglés. Porque el inglés es una forma de expresión muy centrada en sí misma. Y cuando lo usamos, tenemos que estar alerta y pensar en nosotros mismos, recordar que venimos de otros lenguajes y otras filosofías. Porque las dos filosofías, las dos culturas se pueden fusionar pero esa colaboración puede ir hacia un lado o hacia el otro... Nosotros, los que tenemos un inglés muy fluido, a veces lo usamos con demasiada facilidad, con demasiada velocidad... Y tenemos que tener cuidado con esa... esa falta de conciencia. Cuando yo uso el inglés, me recuerdo siempre ‘Estás diciendo esto en ingles’”.

Cuando le pregunté a Gordon Henry si estaba de acuerdo con Ortiz, pensó un poco antes de contestar: “Hablábamos de eso con una mujer que habla ojibwe y lo enseña y ella dijo que nuestro idioma está basado en los verbos. Que uno tiene que conectar a la persona con lo que hace mientras que en inglés, hay un énfasis en la importancia del sujeto, del individuo. Así que sí, en cierto sentido, usar inglés es peligroso pero hay que…, y esto lo dijo un estudiante en un panel, hay que ser seguro, olvidarse, dejar de tener miedo del inglés porque si no, uno termina retrocediendo.” LeAnne aclara que su madre quería que hablaran inglés solamente, como todos en su generación pero dice que cuando escribe (en inglés), está segura de expresar el mundo choctaw. “Me paso mucho tiempo pensando en eso, espero lograrlo, espero que mi pueblo lea ahí una sensibilidad especial. Y confío en que en ese proceso me guíe mi familia, mis parientes. Yo escribo en la casa que siempre tuvimos y siento en ella la ayuda de mi abuela y mi bisabuela. Creo en los ritmos internos que tienen que estar ahí para mi trabajo”.

Para estos tres autores y para otros grandes autores amerindios (Leslie Silko, Louise Erdrich, la única traducida), el lugar y el clan son esenciales. Culturalmente, la escritura y la narración de historias no es una actividad individual: el lugar y la comunidad se expresan en ellas.

LeAnne cuenta que fue la tierra choctaw la que de alguna forma le exigió que escribiera Miko Kings , su libro sobre el origen del béisbol como juego choctaw. Fue así: le dieron una beca que no había pedido para ir a escribir a Mississippi, el lugar en el que transcurre la novela. “Ese lugar, que es nuestra tierra, me llamó y yo volví a casa y terminé el libro en ese lugar. Cuando la tierra me llamó, estuve ahí. Así es como trabaja la tierra.” Gordon Henry está de acuerdo. “A veces lo único que tengo que hacer es pensar en un lugar. El lugar donde mi abuela crió a mi padre, por ejemplo. Si pienso en ese lugar, me llegan imágenes y veo cómo se desarrollan las cosas que oí decir a otros de mi pueblo... Lo que nos conecta con la tierra es el recuerdo y esa tierra, una vez que uno empieza a desenrollarla, empieza a trabajar y uno entiende lo que pasó en ella”. Y Ortiz: “mis abuelos y abuelas que no eran escritores, yo los respeto, los admiro y los reverencio porque yo soy su voz, me reconozco parte de esa continuidad humana..., hay que reconocer el lugar de uno en el círculo de la vida. Así que cuando hablo o cuando escribo, también mis abuelos y abuelas hablan en mí y mi tierra”.

La literatura de Henry, Ortiz y Howe, y la de otros autores amerindios es absolutamente original y mestiza y reniega de la división entre el artista como individual excepcional por un lado y su pueblo o su tierra por otro. En palabras de Simon (las dijo primero en acoma, después en inglés): “Los amerindios son artísticos, eso se dice, y sí, pero yo creo que son artísticos solamente como seres naturales. Creo que todo el mundo es artístico como ser natural. Y sin embargo, por esa idea jerárquica occidental, algunos creen que hay quienes son artistas y otros no... Un ejemplo. Mi madre era alfarera. Todas las mujeres hacían alfarería en mi casa y no lo hacían por premios... Recibieron premios, sí pero mi madre era una persona muy simple. Hacía alfarería porque era algo natural, porque era algo práctico. Como cocinar. Hacía las piezas, las vendía porque podía y era..., era hermoso. Eso solamente, era hermoso el trabajo que ella hacía. Así que el arte es en realidad una parte natural y orgánica de uno. Y así es como debería ser el lenguaje, escrito u oral”.



Diario de la Feria
El blog de la Revista Ñ para la Feria del Libro

Medicine River



11 de septiembre de 2011

Tibio tibio

Me encantó La llaga. Me pareció brutal, potente, con muchas puntas para darle a lo psicológico y a lo político.
Lástima que no la había leído ayer para el seminario (la devoré hoy) porque no sé por qué se habló tan tibiamente del incesto pero no se pasó a nada político, se habló de "lugares que parecen" y nada, pif.
Nunca leí tan bien mostrada la situación entre dictaduras y revolucionarios, entre civiles y militares, entre "no se metás" y miedo, entre tortura y exilio. Las dos páginas finales son magistrales (lástima que dicen que el desaparecido "aparece" en la novela siguiente).

La llaga de Gabriel Casaccia

LA LLAGA Y SU METALENGUAJE:
DE LA SIGNIFICACIÓN AL SENTIDO
FRANCISCO E. FEITO

"Un sistema connotado es un sistema
cuyo plano de expresión está constituido
por un sistema de significación".
Roland Barthes

** A pesar de haber estado precedida por el prestigio que de alguna manera implica siempre un premio literario (1), LA LLAGA no fue acogida con el mismo entusiasmo crítico que desde una posición u otra, despertó LA BABOSA. Si bien La Prensa de Buenos Aires la presenta como una obra en la que se manifiesta la madurez del escritor (2), la detracción, por supuesto, estuvo presente. Sin embargo, fue más serena y literaria que otra cosa. Desde esta perspectiva por ejemplo, Reinaldo Montefilpo Carvallo le dicta una sentencia condenatoria e inapelable: "Digamos que en cuanto a estilo -y queda tácitamente dicho en cuanto a los demás rubros- esta novela se halla a mil codos por debajo de LA BABOSA... en la cual, amén de cuajar tantas virtualidades legítimas... dejaba traslucir una irrecusable delicadeza estética” (3).
** El encomio, en cambio, se carga de matices político-sociales y por tanto apasionados en la expresión, por más exacto que su contenido pueda ser. Así, Josefina Plá reclama que... "Nos hacen falta muchas novelas como ésta, descarnadas, acusadoras, revulsivos". Roque Vallejos, para quien Casaccia enriquece su mundo narrativo con esta metáfora de la realidad nacional, se une al carro reivindicador al afirmar que... "El que quiera conocer al Paraguay de ayer o de hoy, no tiene más que levantar el telón de la fecha de esta novela"
** LA LLAGA presenta dos aspectos, siendo el primero y enmarcador lo que pudiéramos llamar una situación freudiana primordial representada por la represión de un régimen político capaz de usar cualquier método para mantenerse en el poder y anular la subversión que brota en el país. La acción principal, sin embargo, se da en el conflicto madre/hijo que se plantea. Situación freudiana también, pero individual, que cobra forma y crece en el terrible complejo de fijación materna que invade al personaje Atilio.
** Casaccia escoge otra vez un título simbólico, evocador, y así como afirmamos que existen dos aspectos, también hay dos Llagas, cada una segregando su propio pus e infectando todo lo que toca. Primero, la Llaga sicológica, neurótico que existe en la mente de Atilio, el pobre muchacho de dieciocho años que sufre de un marcado complejo de Edipo. Su madre, Constancia, llamada también "la viuda de Cantero", contribuye a empeorar aún más la situación emocional de Atilio al excitar sus deseos, unas veces inconscientemente, aunque otras, su conducta da la impresión de ser premeditada. Un hecho evidente es su necesidad de sentir que siempre puede atraer a los hombres porque en el fondo la invade un miedo sicopático de envejecer. Por eso, quizás, se siente más mujer cuando su propio hijo la desea. De ahí que Atilio no pueda vivir tranquilo con ella; pero, al mismo tiempo, no puede existir sin ella. Por eso, como apunta Gladys Marín, la inclinación que Atilio siente hacía Cipriana, mujer de unos treinta años, de profesión costurera, y su encuentro con ella a nivel carnal, en realidad no es más que su unión con la madre. En este sentido es importante el sueño que tiene Atilio: tres policías (el censor, el Super Ego) lo sacan a puñetazos del lecho de Cipriana, pero, al final, ésta se transforma en Constancia, se le abraza y lucha para que no se lo lleven. Atilio está, pues, en la cama con su madre, la autoridad (la policía, el censor, el Super Ego, el padre y las prohibiciones contra el incesto) lo ataca y castiga, pero la madre, identificada sexualmente con el hijo, lo retiene.
** El conflicto sicológico que se plantea es más profundo y sin duda está mejor trabajado que el político-social ... Mas, ambos se enlazan en la trama mediante otro flanco de la úlcera incurable que habita en la mente de Atilio, 1insistente en el misterio que rodea el suicidio de su padre Francisco. El muchacho sospecha que su madre lo torturaba mentalmente, y cuando se entera de que Gilberto Torres es amante de su madre, comienza a elucubrar la hipótesis de que su padre se suicidó en un amueblado (en el mismo cuarto que usaban los amantes para sus citas clandestinas) porque sabía de la traición de su rabosa Constancia y quería denunciarla póstumamente.
** Poseída la madre en Cipriana, unido al odio impotente que Atilio siente por Gilberto Torres, lo sitúan en aptitud de revelar el paradero del coronel Balbuena (jefe de la revolución clandestina), a sabiendas de que este acto acarreará el castigo de Gilberto y la separación definitiva de éste y Constancia. Simbólicamente la delación -en ese complicadísimo proceso que se opera en la mente de Atilio- equivale al acto de matar a su padre, con lo cual, finalmente, va a tener a la madre sólo para sí. La tiene, efectivamente, pero no puede soportar el peso de esta culpa; y en un final lleno de connotaciones simbólicas, como su padre, y con el mismo revólver, Atilio se pega un tiro. Su cadáver está echado sobre el costado izquierdo (imagen de lo siniestro), y está cubierto de barro que bien puede representar su libido incestuosa. Además, se mató en el mismo sitio donde Gilberto solía clavar su caballete para pintar. Esto último puede referirse al acto sexual con la madre o como protesta final porque el lugar está asociado con el adulterio, paralelo al caso del padre que se suicida en la casa de citas llamada "LA PARRALERA VERDE".
** Al darnos el retrato de Gilberto Torres, Casaccia le otorga muchos de los rasgos que ya vimos en el Ramón Fleitas de La Babosa. Básicamente es el mismo tipo de paraguayo o, como dice el novelista, "son hermanos por la sangre y estén hechos del mismo barro"' pues, Gilberto aunque esté educado en la Universidad de Asunción y tenga sueños de ir a Europa para perfeccionar su arte, también es un campesino de corazón. Aconsejado por un amigo se mete en la conspiración que habrá de deponer al general Raimundo Alsina, pero su motivación es oportunista, ya que "si la revolución sale bien, le prometieron darle un cargo en el extranjero". No obstante los rasgos negativos con que Casaccia lo presenta, llega a sentir cierta conmiseración por el personaje y se solidariza con él, así como con Rosalía, su mujer, haciendo que el lector comparta el sufrimiento y llegue a sentir simpatía por la situación de ambos.
** El coronel Balbuena, por su parte, es el tipo de caudillo clásico que ha llenado el ambiente político-militar de Hispanoamérica desde el primer cuarto del siglo XIX. Este "encarnizado enemigo del general Raimundo Alsina" comanda la revolución simplemente porque "ese cobarde lo ha traicionado miserablemente". Al fracasar la subversión, viciada desde sus cimientos, el general Alsina sigue siendo el Jefe supremo del país, lo que le da a Casaccia ocasión para introducirse en la novela con una de sus manifestaciones pesimistas. Este gobernante -dice- "se morirá de viejo en la presidencia, es fuerte, agudo y tiene siete vidas como los gatos”. Además, uno de los elementos que con más vigor contribuye a su perpetuación es el jefe de investigaciones Romualdo Cáceres, "de quien se contaban atrocidades y crueldades cometidas con los presos, famoso por sus escándalos y farras con prostitutas y contrabandistas..."
** De nuevo, el estilo de Casaccia en LA LLAGA es simple, directo, y de gran calidad. Difiere de LA BABOSA en que la prosa es más dinámica y enérgica porque aquí no se trata de pintar un ambiente estético, sino un proceso revolucionario en acción. La estructura de la novela, como en la anterior, es lineal y en ella se van tejiendo dos planos paralelos cuyos vínculos resultan indisolubles. Porque el Paraguay como Atilio han perdido su impulso vital, "esa fuerza profunda que está en la raíz del ser". Y se ha perdido porque la Llaga de la sociedad (la dictadura del general Alsina) ha carcomido la identidad individual y la nacional. ** Como dice Gilberto Torres en crítica vertical: "...estos gobiernos sin ley quitan hasta esa felicidad pequeña, simple, mediocre, de todos los días, la felicidad minúscula de lo cotidiano, como desayunar tranquilo y leer en el diario lo que a uno se le antoja".
** O sea, que LA LLAGA demuestra que el país de Casaccia es un caso sin solución inmediata, sin esperanzas, sin salida aparente porque ni siquiera una revolución puede ayudar. El único tipo de revuelta posible es la realizada con personas como Gilberto Torres o el coronel Balbuena, arribistas natos que sólo persiguen su propio bienestar.
** Todo el simbolismo pesimista que encierra la novela puede transponerse a un nivel nacional si se piensa en Constancia (no se pase por alto el simbolismo del nombre) como una gran MADRE, veleidosa, emasculadora (la nación) que elimina a los más débiles (su marido Francisco, su hijo Atilio) y que a la vez se siente más mujer cuando su HIJO (los ciudadanos) la quieren poseer. Es aquí donde se llena de sentido la figura del típico PADRE primordial freudiano, el general Alsina o tipos que aspiran a sustituir la posesión de la MADRE bajo las mismas prevenciones.
** El resultado de esta situación perenne ha sido la emigración masiva, voluntaria o forzosa, que constituirá el tema central de la siguiente novela: LOS EXILIADOS. Pero si se practica un balance comparativo entre LA BABOSA de 1952 y esta novela escrita once años después, se observa que subsiste el mismo símbolo de tristeza y miseria encarnado en los pies del campesino: "Todo la historia dolorosa de nuestro pueblo se resumirá en esos pies con sus plantas rugosas, y tristes a la vista. Pies grandes, anchos, deformados, de color terroso, con los talones agrietados como barro reseco. Algo impresionante y horrible". Gilberto Torres quería pintar esos pies, quería crear una obra maestra como los zapatos de Van Gogh. Sin embargo, aunque nunca llegó a realizar este sueño, Casaccia se encargó de llevarlo a cabo con tonalidades indelebles y universales.




(1) Véase: "Palabras de Mauricio Rosenthal, reproducidas en La Tribuna. Asunción, 26 de febrero de 1964, p. 4; y; "Discurso de Gabriel Casaccia", recogido en Alcor, Asunción, Nro. 28, 1964.
(2)En "Secciones ilustradas de los domingos", 20 de diciembre de 1964.
(3) Véase: "La Llaga o la opacidad de una novela", en La Tribuna, Asunción, 27 de setiembre de 1964.

7 de septiembre de 2011

Ando por Areguá

"Aquí nadie me apura. Leo casi todo el día. De noche duermo tranquilo y por las tardes hago unas largas siestas, que es uno de mis grandes placeres. No sé quién me dijo una vez que me gusta esta clase de vida porque soy perezoso, y que Areguá alienta mi pereza. Tal vez. Pero podía ser lo contrario. Que parezca perezoso porque vivo sin prisa. A menudo se toman las virtudes por vicio."

La Babosa. Gabriel Casaccia