Autocronograma

AUTOCRONOGRAMA

2008: 23 años deseando esta carrera.

2010: Bitácora de quien estudia en Puán porque la vida es justa y (si te dejás) siempre te lleva para donde querés ir.

2012: Crónicas de la deslumbrada:Letras es todo lo que imaginé y más.

2013: Estampas del mejor viaje porque "la carrera" ya tiene caras y cuerpos amorosos.

2014: Emprolijar los cabos sueltos de esta madeja.

2015: Pata en alto para leer y escribir todo lo acumulado.

2016: El año del Alemán obligatorio.

2017: Dicen que me tengo que recibir.

2018: El año del flamenco: parada en la pata de la última materia y bailando hacia Madrid.

15 de julio de 2013

Ficción fundadora

Fermín Rodríguez: “La ficción fundó el desierto”


De Humboldt y Darwin a Saer y Aira, “Un desierto para la nación” analiza los relatos que hicieron del desierto argentino un patrimonio para la literatura y la política. Aquí, su autor analiza por qué hoy esa noción puede asociarse con “una población que el Estado abandona y excluye de la esfera de lo ciudadano”.

POR JORGELINA NUÑEZ



“La ficción fundó el desierto”
El desierto hay que buscarlo más en el orden de lo dicho que en el de la experiencia sensible”. Fermín Rodríguez no duda a la hora de disparar la frase, sabiendo que ella pone en cuestión un imaginario tan vasto como el mismo territorio sobre el que se sustenta.

Según las ideas que desarrolla en su libro Un desierto para la nación. La escritura del vacío , aparecido recientemente, el desierto argentino es menos una geografía concreta que un espacio capaz de alimentar por siglos las fantasías de viajeros, naturalistas, políticos, militares y escritores.

Una hipótesis que invierte los enunciados del ya clásico texto de Tulio Halperin Donghi Una nación para el desierto argentino –al que homenajea–, para postular que previamente a la formulación de los planes destinados a integrarlo a un proyecto nacional, fue necesario establecer que allí había un vacío sobre el cual era posible –e imperioso– construir un modelo de país.

“El libro de Halperin fue inspirador e ineludible a la hora de empezar a hablar de estas cosas y escribir sobre ellas”, sigue diciendo Rodríguez, que actualmente enseña literatura latinoamericana en la Unversidad Estatal de San Francisco (Estados Unidos), en la entrevista con Ñ . “Entre su libro y el mío hay una especie de círculo que es la figura que trazan estos textos. Los discursos sobre el desierto son performativos: hacen lo que dicen. Y provienen de los orígenes más disímiles: a él le han dedicado sus páginas exploradores, científicos, naturalistas, viajeros, artistas, escritores. Por su parte, la literatura no funciona como un espejo que refleja un conjunto de datos geográficos porque es evidente que cualquier viajero explorador al dar dos pasos se daba cuenta de que en ese espacio supuestamente vacío empezaban a aparecer una plenitud de elementos, de datos de la experiencia sensible. Para no abundar en las poblaciones que de inmediato alejaban la posibilidad de pensar que se trataba de un desierto. Sin embargo, por medio del trabajo de repetición y de inscripción, los textos construyeron laboriosamente este territorio como algo vacío que requería ser llenado. Ese lugar pretendidamente vacante hizo surgir una proliferación inmensa de discursos que no cesan de reafirmar la llaneza libre y vasta. Acá estaría el círculo: un espacio vaciado por este trabajo de la lengua que inscribe reiteradamente una falta ahí donde no faltaba nada.” Entonces, ¿cómo definiría el desierto? Básicamente, como un discurso. Es decir, un conjunto de cosas dichas por la ciencia, la política, el discurso jurídico, la economía, la literatura. En ese sentido traté de promover un recorrido por un conjunto de textos muy heterogéneos, entre los que se establecen una serie de hitos o repeticiones. Leyendo a autores muy queridos, como Juan José Saer o César Aira, encontré que cada texto remitía a otro anterior, y éstos, a su vez a otros. En algún momento se salían de la literatura porque iban hacia textos científicos, por ejemplo, el de un naturalista que a su vez remitía a una teoría económica del momento. Esa heterogeneidad no se da sólo en los libros, sino también en las huellas. El desierto es un espacio en el que se imprimen huellas e inscripciones que pertenecen al orden de lo físico. En la tierra, hay reparticiones y trazas, hay huellas de animales y de fenómenos físicos y geológicos, y hay especialistas que leen esas huellas, como son los baqueanos o los rastreadores. Pero además, la huella es la marca que una cierta cultura y una cierta sociedad dejan en los múltiples niveles de realidad de un espacio.

¿La representación del desierto ratifica o desmiente la experiencia? Este libro es de profundo amor por ciertos paisajes y al mismo tiempo muy antinacionalista en el sentido en que no creo que haya una experiencia pura de lo argentino, un grado cero de lo nacional, sobre la cual fundar una nación. Aun quienes vinieron de muy lejos a vivir esa experiencia –los viajeros, los naturalistas–, la tuvieron mediada por las lecturas previas. El libro empieza con Humboldt mirando un mapa de la zona cartografiada hasta ese momento y decidiendo en su niñez visitar esos lugares incógnitos, en blanco. Hay ahí un texto que funda un deseo. Es muy difícil encontrarse con el momento original, siempre se encuentra un texto anterior que está mediando la experiencia.

Según entiendo, en los autores analizados –Humboldt, Darwin, Hudson, Echeverría, Sarmiento, Mansilla, Zeballos, entre otros– hay una constante: algo que se necesita invisibilizar para construir la imagen del desierto.

En efecto. El desierto como representación es una máquina que determina lo que se puede ver y, por lo tanto, no ver, en determinado momento de una sociedad. Así habría toda una población animalizada o naturalizada por el discurso que de alguna manera entra quedándose afuera. En La cautiva de Esteban Echeverría, aparecen los aullidos, los gritos, la idea de un lenguaje inarticulado que se encuentra entre lo humano y lo animal. Esa es la manera como una cantidad de sujetos aparecen en los textos, como un ruido de fondo contra los cuales se construye el sentido de lo nacional. También están las mediaciones de los lenguaraces y los baqueanos, los que traducen los signos del desierto e indican lo que es importante ver. Esas voces han sido silenciadas o apropiadas por el discurso científico europeo, pero dejaron huellas en él, expresadas como un conflicto entre registros diferentes. Así se perciben jerarquías fluctuantes: los informantes nativos que también podían ser los desinformantes, calculando mal las distancias o cambiando las coordenadas.

¿Por qué le da a la ficción preeminencia sobre otros discursos? La operación ficcional es fundadora del desierto, porque le da entidad a cosas que existen por los efectos que producen. Hubo efectivamente un desierto porque hubo una sociedad dispuesta a creer que lo había, y esta organización de la creencia depende justamente de la circulación de ficciones que parten de un orden de dominación. Pero así como la ficción es fundadora de este espacio y produce un deseo sobre él, también se podría rastrear el discurso contemporáneo acerca de la inseguridad en aquellos otros que cuentan cómo se miraba el horizonte esperando la llegada del otro, del que venía de más allá de la frontera, el malón dispuesto a atacar en cualquier momento. La literatura posee una especie de plus a la hora de adelantarse a otros discursos haciendo ver lo que otros todavía no pueden. Tiene la capacidad de cartografíar el espacio y al mismo tiempo poner en evidencia las grietas o fisuras que amenazan determinados discursos sociales. Y no sólo eso: de alguna manera la literatura modela la palabra de quienes no pertenecen al orden de lo literario. Si analizamos la operación propia de la gauchesca, vemos que el escritor letrado le da la palabra al gaucho para que hable en nombre de los intereses del patrón. Hay una alianza entre la voz escrita del letrado propietario y la oralidad del gaucho. Esto que es un procedimiento literario que funda el género gauchesco reaparece en lo que dice, por ejemplo, el ruralista Alfredo De Angelis cuando asume la voz del hombre de campo. No de otra manera funciona el discurso de la dominación en la Argentina.

¿De qué manera se produce la reconversión del desierto? Cuando Echeverría lo define como “el más pingüe patrimonio”, desde una mirada romántica que encuentra allí una reserva estética, lo que hace es tratar de inscribir una cultura nacional en un orden mundial. Es decir, lo que tenía un signo negativo, se vuelve positivo. No muy lejos de la escritura de La cautiva , Echeverría estaba redactando un proyecto de ley que giraba alrededor del valor de las tierras. En este gran relato nacional, el fin del desierto estaría marcado por la implantación del sistema capitalista y ocurre cuando en su lugar se empieza a hablar del campo argentino. Lo que fue vaciado es ahora fertilizado para dar importantes frutos. Las razones no son científicas, no tienen que ver con un conocimiento que avanza, lo que se produce es una reconversión del espacio en la que el desierto empieza a ser explotado y marca la entrada de la Argentina al orden mundial del mercado como exportadora de materias primas. El gaucho que hasta entonces era enemigo del Estado, se convierte en cifra de la nacionalidad y todo se articula en un nuevo sistema. Al afirmar que “los gauchos no tienen necesidades” lo que se está señalando es un sujeto impenetrable o refractario para la economía, con cierta libertad de movimiento, autonomía y soberanía; un sujeto que el mercado necesita desarticular para convertirlo en un trabajador en relación con ciertos consumos.

Usted define el desierto como una representación cambiante y fluida que escapa a una serie de regulaciones jurídicas, económicas, políticas. Según esta concepción ¿podría pensarse hoy, incluso dentro de las ciudades? Así como el desierto nombra menos una localización de lo geográfico que una dimensión de la imaginación de lo social y lo nacional, uno podría encontrar, mirando el plano de las ciudades, que los nuevos espacios en blanco de los mapas son las villas miseria. Allí donde las zonas no están cartografiadas, donde el tejido urbano se interrumpe, donde no hay nombres de calles, donde no todo el mundo puede adentrarse. Sin embargo, hay una diferencia: en el siglo XIX lo que estaba más allá de la frontera suponía una amenaza pero también encerraba un deseo de apropiación, de incorporación, era una zona civilizable. Ahora, en cambio, los espacios en blanco del desierto contemporáneo, lo que suele llamarse “marginal”, son una rémora de las políticas neoliberales, señalan una franja abandonada activamente por cierto orden de cosas que decide dejarlas a su suerte. Así los sujetos que la habitan quedan afuera de la salud, de la educación y de otros tantos derechos.

¿El Estado neoliberal produjo una nueva desertificación? Sí, pero no en el mismo sentido que lo hizo su pariente liberal del siglo XIX, que puso en marcha un aparato de disciplinamiento, incorporación y formación de la clase trabajadora a través de una serie de acciones sobre los cuerpos incorporables al capital. O bien determinó el exterminio de aquello que estaba en la frontera de lo racional. Mientras entonces al desierto se lo pensaba como territorio, hoy es una población que decididamente el Estado abandona y excluye de la esfera de lo ciudadano.

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