Autocronograma

AUTOCRONOGRAMA

2008: 23 años deseando esta carrera.

2010: Bitácora de quien estudia en Puán porque la vida es justa y (si te dejás) siempre te lleva para donde querés ir.

2012: Crónicas de la deslumbrada:Letras es todo lo que imaginé y más.

2013: Estampas del mejor viaje porque "la carrera" ya tiene caras y cuerpos amorosos.

2014: Emprolijar los cabos sueltos de esta madeja.

2015: Pata en alto para leer y escribir todo lo acumulado.

2016: El año del Alemán obligatorio.

2017: Dicen que me tengo que recibir.

2018: El año del flamenco: parada en la pata de la última materia y bailando hacia Madrid.

21 de agosto de 2011

Esa es mi profe

Carta de Márgara Averbach a Revista Ñ a propósito del artículo que copio abajo:


Carta publicada en Ñ, sábado 20, agosto, 2011

Quiero discutir las ideas del artículo “El negocio de pertenecer a la tribu”. No hay duda de que lo que expresa el artículo es una racionalización del rechazo que sienten ciertas partes de la sociedad estadounidense frente a la lucha de las minorías étnico-raciales por sus propios derechos, incluyendo el de conservar sus culturas y visiones del mundo. No es cierto que “es el mercado el motor de la reconstrucción de etnicidades debilitadas y dispersas”; al contrario, el mercado es el enemigo de esas construcciones. Desde la llegada de los europeos al continente americano esas etnicidades (que estaban en su propia tierra, no hay que olvidarlo) se defendieron de diferentes maneras frente a visiones del mundo absolutamente contrarias a la propia y sobre todo, invasoras. Una de esas maneras se llama “apropiación inversa”: apropiarse de herramientas, armas, lenguaje de los invasores y usarlas para los fines de los invadidos. Lo que Joy Harjo y Gloria Bird (dos grandes escritoras amerindias) llaman “reinventar el idioma de los enemigos”.
Las comunidades amerindias son las más pobres en los Estados Unidos, las que tienen menos expectativa de vida y menos ingresos. Los famosos casinos no cambiaron eso. Fueron una forma (que se consiguió con lucha) que se dio a comunidades condenadas a tierras totalmente inservibles (hasta que encontraron petróleo en algunas, claro, y entonces quisieron invadirlas de nuevo) para salir adelante de alguna forma. Los casinos cambiaron parte de la cultura amerindia y eso se relata desde dentro en novelas como El bingo de Louise Erdrich. Pero aquí hay un problema y es que la idea de que habría una “indianidad auténtica” que debería rechazar todo lo tecnológico (como se dice a comienzos del capítulo) es un punto de vista absolutamente blanco. La identidad amerindia es flexible y cambiante, no está congelada en el tiempo como la imaginan los conservadores blancos. Tiene capacidad para adaptarse a los tiempos, como debe hacer toda cultura viva.
¿Un ejemplo de primera mano? El año pasado, fui a un congreso sobre literatura amerindia estadounidense en el casino de una reservación de los indios pueblo cerca de Nuevo México. Hablé con los empleados del hotel (todos de la comunidad) y con los dirigentes y escritores que habían venido al congreso. Lo que me explicó Simon Ortiz, uno de los grandes poetas ácoma pueblo, fue que entre los pueblos, el dinero del casino no se destina a consumos individuales sino a comprar tierra común para las reservaciones. Es decir, se usa dentro de la visión del mundo pueblo, en la que lo esencial es la relación de la comunidad con lo no humano, con el planeta todo. El artículo invisibiliza por completo la fuerza extraordinaria del movimiento amerindio en los Estados Unidos y la forma, nuevamente extraordinaria, en que esas culturas defienden al planeta con visiones del mundo en las que el ser humano es pariente (no dueño) de la Tierra. El hecho de que son, como ha dicho E. Galeano, “la conciencia de la humanidad” entera.


Márgara Averbach






El negocio de pertenecer a la tribu


Las perspectivas comerciales que abre el mercado posibilitan en ocasiones la reconstrucción de etnicidades debilitadas, afirma un ensayo recientemente publicado en castellano. ¿Qué hay detrás del “estilo étnico-chic”?


Por PABLO STEFANONI

Somos indígenas de la posmodernidad, queremos tractores e Internet”, dijo una vez el líder aymara Felipe Quispe, quien se ganó el respeto de los bolivianos a fuerza de bloqueos y cercos a La Paz en los primeros años 2000, al estilo de los que Tupak Katari realizó en 1781 y por los cuales terminó descuartizado. Evo Morales suele repetir que su sueño es que sus “hermanos campesinos” pastoreen sus llamas hablando por celular. Por eso no debería llamar la atención que la consigna del “vivir bien” ( suma qamaña ) o “buen vivir” ( sumaj kawsay ) que hoy intenta constituir un programa poscapitalista desde lo indígena se enfrente a una serie de tensiones, ambigüedades y ambivalencias. Una de las dificultades es que cuestiones como el vínculo indígenas-naturaleza o indígenas-comunidad deja de ser evidente cuando muchos indígenas, hoy, son urbanos y/o migrantes. Otra, quizá más estructural, es que el capitalismo –especialmente en su etapa neoliberal– ha logrado absorber muchas de las reivindicaciones étnico culturales. Una de las vías fue el multiculturalismo (en Bolivia el primer vicepresidente aymara, Víctor Hugo Cárdenas, llegó al gobierno en el auge del neoliberalismo: 1993-1997); otra es, sin duda, el mercado.

La primera es más conocida, autores como Frederic Jameson o Slavoj Zizek entre muchos otros, han escrito sobre los vínculos entre neoliberalismo, debilitamiento del Estado y multiculturalismo. La segunda está a menudo menos explorada de manera sistemática, al menos en los textos que circulan en América Latina. Por eso el libro Etnicidad S.A., de los antropólogos sudafricanos John y Jean Comaroff recientemente editado en español contribuye a llenar este vacío y a posibilitar un diálogo entre las visiones que prevalecen en nuestra región con lo que ocurre por ejemplo en EE.UU. Allí una parte de los indígenas se ha integrado de manera eficaz y perdurable con el “capitalismo de casino” mediante un sistema de autonomías soberanas que les permite no pagar impuestos federales y monopolizar gran parte del negocio del juego de azar.

Que los montos que manejan muchas tribus no son despreciables lo deja en claro una contundente declaración del vicejefe de la tribu seminole, Max Osceola, en 2006: “Nuestros antepasados vendieron Manhattan por baratijas. Hoy, con la adquisición del Hard Rock Cafe, recuperaremos Manhattan hamburguesa por hamburguesa”. Vestidos con atuendos típicos los indios seminole anunciaron la compra de la emblemática cadena de hoteles, cafés y casinos por... 965 millones de dólares. Pero no obstante esta imagen tan alejada de los estereotipos creados por las series de televisión estadounidense, el proceso de transformación de la etnicidad en empresa –eje de Etnicidad S.A. –está bastante alejado de la abundancia generalizada y equitativa: mientras algunas tribus participan de las grandes ligas de inversores otras quedaron rezagadas a las reservas, entre el alcholismo y la pobreza.

Según un estudio de la consultora Pricewaterhouse Coopers difundido en la prensa, en 2006 los casinos de las tribus nativas ingresaron 25.100 millones de dólares, lo que hizo palidecer los 6.000 millones que obtuvieron el conjunto de casinos que operan en Las Vegas. Según los datos oficiales de la Comisión Nacional del Juego Indio, el volumen de negocio conseguido en 2006 duplicaba el logrado tan sólo cinco años antes, en 2001. Sobre este tema, John y Jean Comaroff se permiten un comentario ácido: “Para nosotros la ironía no radica tanto en que estos pueblos no veían contradicción alguna entre cultura y capitalismo como en el hecho de que sí la hayan visto tantos antropólogos alguna vez”. Otros “indios” usaron la autonomía soberana con otros fines: los navajos, por ejemplo, firmaron acuerdos con Cuba de nación a nación para venderle maíz Navajo Pride; mientras que el grupo Agua Caliente de indios cahuilla entró, en 2002, en una serie de demandas y contrademandas con la Comisión de Prácticas Políticas Imparciales de California por no haber declarado contribuciones políticas por más de ocho millones de dólares.

Pero quizás uno de los hallazgos del libro de los Comaroff es mostrar cómo a veces, contra la intuición corriente, es el mercado –las perspectivas comerciales que abre– el motor de la reconstrucción de etnicidades debilitadas e identitariamente dispersas. Obviamente, a menudo esta etnicidad reconstituida responde más a ciertos factores globales (incluyendo estéticas adaptadas al mundo global que un medio llamó “estilo étnico-chic”) que a simples retornos a los orígenes.

Como señala la pareja Comaroff, el espíritu de empresa está presente incluso para poner en acto la otredad. De hecho, los originarios a menudo son tan otros como los extranjeros frente a sus propias prácticas ancestrales reconstituidas. Un anciano tsuana (sudafricano) expresaba sin ambigüedades el pasaje de la supervivencia cultural a la supervivencia por medio de la cultura: “Si no tenemos nada nuestro que vender, ¿entonces no tenemos cultura?”.

Con todo, la transformación de la etnicidad en empresa genera un problema adicional. Si en la actualidad la identidad étnica suele considerarse un tema de autoidentificación (así es por ejemplo en el censo boliviano), ello se complica cuando hay centenares de millones en juego. Poder o no formar parte de un consorcio de etnoaccionistas requiere, sin duda, criterios más objetivos. Por ello algunas empresas –como DNA Tribes, Ethnoancestry, GeneTree– se dedican a testear, por módicas sumas, la “mezcla racial” de una persona. En 2002, la firma DNA Print Genomics logró –mediante el test AncestrybyDNA 2.0– que un hombre de Utah probara sus orígenes indígenas y fuera admitido en una etnoempresa. Pertenecer al mundo indígena no siempre es fácil: hubo casos de expulsiones masivas de miembros/socios y un chiste resumía los entuertos señalando que “cuanto más rica es una tribu más alto es el porcentaje de sangre necesario para demostrar que se pertenece a ella”.

Es claro que el interés por las manifestaciones políticas de la etnicidad ha desplazado otras vías de análisis (como la etnicidad-empresa), que complejizan más aún la dialectica resistencia/asimilación. No se trata solamente de EE.UU. –aunque allí se condensa más–: el caso de los indígenas ecuatorianos que controlan “etnobancos”, y cuyos gerentes elogiados como emprendedores por la CNN visten ponchos tradicionales, es otro ejemplo de esta tensión. Y de las complejidades que por momentos no deja ver el término indígena, a veces pronunciado como si se tratara de grupos que simplemente “están ahí”, o mejor, que “siempre estuvieron ahí”, sin más.

¿Simpatizarán los dueños del Hard Rock con Evo Morales? Quizá sí porque reivindica una identidad indígena (subalterna) a escala global; quizá no mucho cuando habla contra el capitalismo mundial y estadounidense en particular.

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