Autocronograma

AUTOCRONOGRAMA

2008: 23 años deseando esta carrera.

2010: Bitácora de quien estudia en Puán porque la vida es justa y (si te dejás) siempre te lleva para donde querés ir.

2012: Crónicas de la deslumbrada:Letras es todo lo que imaginé y más.

2013: Estampas del mejor viaje porque "la carrera" ya tiene caras y cuerpos amorosos.

2014: Emprolijar los cabos sueltos de esta madeja.

2015: Pata en alto para leer y escribir todo lo acumulado.

2016: El año del Alemán obligatorio.

2017: Dicen que me tengo que recibir.

2018: El año del flamenco: parada en la pata de la última materia y bailando hacia Madrid.

26 de abril de 2014

Buscar y leer, buscar y leer, más, más, más

Rita Gombrowicz: “Falta una verdadera biografía sobre Witold”

La última esposa de Witold Gombrowicz estuvo nuevamente en Buenos Aires y habló sobre las peleas del escritor polaco con Victoria Ocampo, Borges, y su amor por la Argentina.

La historia fue repetida hasta el hartazgo, pero vamos a emularla una vez más. En 1939 una partida polaca llega a Buenos Aires en una comitiva naviera. Ahí está Witold Gombrowicz, un escritor poco conocido pero ya extraordinario, al que la guerra lo sorprendería en nuestras costas. Completamente a la intemperie, se queda en la Argentina por casi 25 años y se rodea de un grupo de iniciados, discípulos que lo visitan en oscuras piezas de pensión y en las mesas de confiterias de trasnoche. Gombrowicz le dice a todo el mundo que es un conde, pero que los enroques de la vida lo han hecho vivir como un mendigo. En la Confitería Rex traduce, en jornadas oníricas y plurilingüísticas, su novela icónica, Ferdydurke , para que los “lectores de la pampa salvaje”, como le gustaba decir, entiendan por fin que estaban ante un escritor genial.
Durante aquellos años argentinos, Gombrowicz no se mezcló ni fue a rendirle pleitesías a lo más consagrado del canon nacional (en ese momento cristalizado en el cuerpo del grupo Sur) y prefirió siempre una circulación marginal, menor, tangencial. Se rodeó de jóvenes alucinados que lo veneraron y lo amaron, a los que Gombrowicz los influyó a veces dolorosamente, y es posible que ese cariño devocional lo haya convencido para quedarse tantos años en nuestro país. Pasó algunos años en Tandil, y para los jóvenes de esos lares la llegada de ese tipo alto, de sombrero e impermeable beige, de humor penetrante y prosa corrosiva, fue un deshielo difícil de dimensionar, un antes y un después. Esos testimonios están, todos juntos, como en un retrato coral, en Gombrowicz en Argentina (El Cuenco de Plata, 2009), el libro que organizó su mujer Rita, que ahora visita Buenos Aires y se junta con nosotros para volver a hablar de Gombrowicz.
Hay un punto en el que Gombrowicz podría entrar en sintonía con Luca Prodan: dos extranjeros que llegaron un poco de casualidad y, con un idioma endeble, casi nonato, entendieron algo de lo argentino que a todos se nos escapa. Nos enseñaron a leernos, y cambiaron la música y la literatura argentina desde adentro.
Gombrowicz no sólo modificó la literatura argentina, sino que la Argentina, por supuesto, lo modificó a él de un modo profundo, inolvidable. Rita alguna vez recordó: “en julio de 1969, durante los días finales de su vida, hacía mucho calor en Vence. Witold sufría crisis de asma. Yo había puesto un ventilador cerca de él. Sus cabellos revoloteaban con el viento. Para que no recibiera tanto aire le pregunté si quería que lo apagara. Dejalo, me respondió, esto me hace acordar a la Argentina. Una parte de su vida se murió en la Argentina”.
¿Cuándo vino usted a la Argentina por primera vez?
En 1973. Sentía una curiosidad gigante por la Argentina, porque Gombrowicz me había hablado tanto de la Argentina, de los amigos. Recibía cartas y tarjetas todo el tiempo. Cuando llegué, el que me guió fue el primo de él, que vivía acá en Buenos Aires. Esa primera visita fue una especie de fiesta, porque los amigos sentían unas ganas feroces de evocarlo y de hablar de él. La relación de estos jóvenes discípulos con él se había cortado cuando viajó a Berlín, y daba la sensación de que todavía tenían cosas que hablar con él, temas pendientes. Cuando yo llegué, se largaron a hablar casi con urgencia. Witold estaba vivo a través de ellos, fue muy impresionante. Por eso decidí hacer un libro con todo eso.
¿Y cómo fue el proceso de composición?
Bueno, volví en el otoño del 78 y me quedé siete meses. Se armó una especie de club, elcircus gombrowicz . Todos se entendían muy bien, había una especie de código secreto y palpable que compartían. Yo tenía un grabador en el bolso y con eso iba registrando lo que hablaban. Yo les preguntaba si los podía grabar, y me decían que podía grabarlos durante semanas hablando de Witold. El provocaba alegría, risas, ideas; era una suerte de Charles Chaplin, y eso lo vi en sus amigos más jóvenes de la Argentina. Había gente que quedaba impactada de modo negativo, pero en su mayoría la sensación era positiva. Lo que era seguro era que no quedabas indiferente frente a Witold.
¿No pensó en la posibilidad de entrevistar a gente que no fuera tan cercana ni afín, como la gente del grupo Sur?
Sí, y de hecho lo hice. Cuando vine, Victoria Ocampo acababa de morir, pero me pude encontrar con Silvina Ocampo. También con Borges. Tenía una vocecita muy tenue, y me dijo que no había leído a Gombrowicz y que era un tema que no le concernía. Yo creo que el grupo Sur nunca le perdonó a Gombrowicz haber escrito en polaco, en una revista polaca, cosas terribles sobre Sur. Gombrowicz dijo: “yo soy el único que no hice el peregrinaje hasta Victoria Ocampo porque el olor de sus millones me cae mal”.
¿Qué leía Gombrowicz en sus últimos años? Mucha filosofía y relatos de guerra, como la toma de Berlín por los rusos. Le gustaban las biografías de Stalin y los relatos de la Segunda Guerra. A los escritores como Dostoievski o Thomas Mann ya los conocía de memoria. Leía también a Heidegger, el estructuralismo, y de lo más contemporáneo leía lo último de Sartre. Lo último que leyó fue el diario de un polaco. Estaba acostado en la cama leyéndolo, y yo escuchaba desde el living las risas y los comentarios. Por lo demás, cuando escribía su obra, le era imposible leer a otros novelistas.
Usted armó además un proyecto similar, “Gombrowicz en Europa”. ¿Qué le quedó de esa investigación?
Todo eso fue muy diferente, porque fueron los años más dolorosos de su vida. El capítulo sobre Berlín fue terrible. Ahí fue atacado por el régimen comunista, había una campaña feroz contra él. No sé si por esa causa, pero después de la campaña contra él estuvo dos meses en el hosptial. Aplicaban métodos para inculcarle miedo, como hacer sonar el teléfono de la casa cada diez minutos durante todo el día. Y el capítulo sobre Royaumont fue doloroso de otra manera, porque yo estaba incluida en esa historia. Fue el lugar donde lo conocí. La escritura de ese libro fue mi verdadero psicoanálisis.
¿Qué le parece que falta ser escrito sobre Gombrowicz?
Falta mucho trabajo todavía. Falta una verdadera y buena biografía, pero según los criterios de Gombrowicz. Su vida es huidiza, es muy difícil de apresar un sentido único, si es que lo tiene. En ese sentido, una biografía tradicional debería basarse sobre todo en documentos comprobables, porque por fuera de eso la ficción se mezcla íntimamente con la realidad.
¿Witold estuvo escribiendo algo hasta último momento?
Hasta último momento estuvo escribiendo su diario. Lo escribía en hojas de resma blanca, nunca tenía cuaderno, nunca tenía lapicera, nunca tomaba notas, nunca tenía diccionario. Escribía con una parker en esas hojas blancas. En los últimos meses dijo “ya no sé qué escribir”. Se le ocurrió un día una obra de teatro, de un hombre que vive con una mosca enferma. No la escribió. Hay un pintor lituano, que me escuchó decir esto en algun lado, y que hace diez años trata de concretar en pintura esa idea. Tiene una larga serie que se llama “Gombrowicz y las moscas”, así que me gusta pensar que de algún modo la obra finalmente fue escrita.

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