Autocronograma

AUTOCRONOGRAMA

2008: 23 años deseando esta carrera.

2010: Bitácora de quien estudia en Puán porque la vida es justa y (si te dejás) siempre te lleva para donde querés ir.

2012: Crónicas de la deslumbrada:Letras es todo lo que imaginé y más.

2013: Estampas del mejor viaje porque "la carrera" ya tiene caras y cuerpos amorosos.

2014: Emprolijar los cabos sueltos de esta madeja.

2015: Pata en alto para leer y escribir todo lo acumulado.

2016: El año del Alemán obligatorio.

2017: Dicen que me tengo que recibir.

2018: El año del flamenco: parada en la pata de la última materia y bailando hacia Madrid.

22 de enero de 2015

Más Saer

FRAGMENTO
La narración - objeto






JUAN JOSE SAER





Macedonio Fernández ha sido considerado, en la literatura argentina, como un marginal. Durante su larga vida, sus oyentes podían contarse con los dedos de una mano. Y es correcto decir oyentes, porque hace unos años escuché, de los labios mismos de Borges, la confesión compungida de que el primer libro de Macedonio había decepcionado a sus discípulos. Macedonio sería mejor conversador que escritor. Su talento sería, como el de Sócrates, puramente oral.Sin embargo, Macedonio ha dejado, por escrito, un monumento teórico único en lengua española, por no decir en la literatura moderna. Si la literatura argentina puede pretender a la universalidad, una de sus pocas posibilidades se encuentra en el Museo de la novela de la eterna. Creo que es la única novela abstracta que conozco. Borges, que tanto despotrica contra la vanguardia, hubiese debido leer con más atención las obras de su maestro. No sé por qué, me hace sentir orgullosamente feliz que esa novela abstracta haya sido escrita por Macedonio. Como tantos otros de sus textos, el Museo... vuelve anticipadamente anacrónica mucha literatura narrativa, aun escrita por sus epígonos, entre los que me atrevo a contarme.La etiqueta de marginal aplicada a Macedonio -o a cualquier otro- tiene la virtud sospechosa de ser útil únicamente para los que se la estampan. Calificándolo de marginal, anulan la obligación de tener en cuenta sus escritos. La tradición está hecha en su mayor parte por marginales, sobre todo en la época moderna, de modo que habría que exigir, cortésmente desde luego, a quienes emplean ese concepto, una descripción un poco más precisa de ese misterioso centro respecto del cual Macedonio sería un escritor marginal. Kafka era un marginal; Sade era un marginal; Faulkner lo fue durante mucho tiempo; Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Poe, Melville, Svevo, Gadda, Musil, Pessoa, Artaud, Lowry, Felisberto Hernández, Vallejo, Benjamin, Celan, Beckett, entre muchos otros. En la Argentina, Juan L. Ortiz y Antonio Di Benedetto son marginales. Al escriba obediente, al comerciante con pretensiones vanguardistas o supuesta representatividad social, el marginal le resulta útil, ya que la atipicidad de su arte, opuesta en todo a los meros productos ideológicos o industriales, sería el resultado de su extravagancia, y por lo tanto su experiencia artística, consecuencia de la excentricidad de su persona, y de lo excepcional de su situación, no sería universalizable. Es obvio que se trata de un puro sofisma, ya que se ha observado mil veces que es la extrema singularidad de la obra de arte lo que la hace universal y explica el hecho de que la gran tradición de Occidente, sobre todo en la época moderna, esté compuesta casi exclusivamente de marginales. El saber de Borges es una herencia problemática. Su origen es incierto: ¿es enciclopédico o se alimenta, condensado, de enciclopedias? Algo hay que es seguro: su erudición es dudosa -lo cual, lejos de ser un defecto, en un artista sería más bien una virtud. Se trataría, en su caso, de una temática recurrente, casi cíclica, que le sirve para metaforizar, una y otra vez, sus propias intuiciones: el laberinto, por ejemplo, presentado como dato cultural es, en realidad, en su proyección lírica, un modo de representarse la objetividad. La impresión de que Borges lo ha leído todo se desvanece después de relecturas sucesivas: se diría que sus mecanismos de apropiación dejan de funcionar, cuando mucho, alrededor de 1940.No hay que pedirle peras al olmo (si el olmo no afecta darlas). Nadie se plantearía estos problemas con Vallejo, Rulfo o Felisberto Hernández. Pero la crítica literaria que brega por consolidar las instituciones -guardianes de cementerios según Sartre- ha hecho de Borges una institución y de su saber un coto de caza: los mortales, inmersos en la arena movediza de la contingencia, tienen, a estar con los decretos de esa policía, la entrada prohibida. Las mil y una noches, el Simurg, Kafka, De Quincey, Stevenson, etcétera: no tocar. La obra de Borges no es ajena a esta conspiración: su sapiencia explícita paraliza a sus críticos. Para esta horda de profesores, Borges representa no solamente la literatura sino el horizonte cultural entero. La visión pequeñoburguesa del saber como una adquisición y como un poder encuentra en este complejo (como quien diría, otra vez, complejo urbano) su expresión más perfecta. Los ricos son los propietarios indiscutibles de la riqueza y han sido ricos siempre; no se trata de un hecho histórico, sujeto al vaivén de la contingencia, sino de un absoluto ontológico, casi metafísico. El caso es semejante al del pretendido derecho que se autoatribuye la monarquía, sus fundamentos son indiscutibles y eternos. Importa poco que De Quincey, Stevenson, Kafka, etcétera, se vendan en el mundo en ediciones de bolsillo, que se trate de escritores universalmente conocidos: si algún otro autor argentino, contemporáneo de Borges, hablase con ellos, la jauría de críticos se le echaría encima: en los campos de Borges, la caza está prohibida.Es sabido que Borges es el espantapájaros cultural que blanden en la Argentina los pistoleros iletrados que usurpan el poder. La explicación sería esta vez, y por qué no, de índole histórica y sociológica: el saber de Borges sería una consecuencia, en la dimensión imaginaria, del modelo de apropiación de la riqueza que se arrogan los grupos que en Argentina manejan la economía; el tabú de la cultura borgeana es la persistencia simbólica de una falsificación histórica. A Borges se lo estima no por su intemperie lírica o sus intuiciones metafísicas sino por la opulencia de su saber. Se pretende que se tenga, ante sus conocimientos, el mismo respeto temeroso que los verdugos transformados en gobernantes nos quieren inculcar respecto de la propiedad privada y de los dividendos de sociedades anónimas que reposan sobre el cimiento de treinta mil muertos. (Whose world, or mine or theirs or is it of none? ¿De quién es el mundo, mío o de ellos o de nadie?, Ezra Pound, Canto LXXXI) (1979).

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