7 de junio de 2012

Río de las congojas de Libertad Demitrópulos

Domingo, 8 de noviembre de 2009

Río de las congojas de Libertad Demitrópulos

La siguiente es una selección del trabajo:

Epica e inmigración: reescrituras del pasado colonial, Silvia Tieffemberg, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Morón

Prepared for delivery at the 2001 meeting of the Latin American Studies Association, Washington DC, September 6-8, 2001"

La ciudad de Buenos Aires, actual capital de la República Argentina, fue fundada por primera vez en 1536 por Pedro de Mendoza y despoblada por Domingo Martínez de Irala en 1541. Juan de Garay, quien poco tiempo antes había fundado la ciudad de Santa Fe, vuelve a fundarla en 1580.

"La primera fundación de Buenos Aires", dice Enrique de Gandía, "fue determinada por causas políticas y militares: las de ocupar el Río de la Plata e impedir el paso de los portugueses (...) en dirección a las minas del Alto Perú (...)"15. La corriente que originó la primera Buenos Aires vino del Atlántico, siguiendo el derrotero marcado por Gaboto y llevaba el objetivo no declarado de alcanzar el imperio fabuloso del rey blanco y -al menos- emular la gloria y el oro conseguido por Cortés y Pizarro. La corriente que fundó la segunda Buenos Aires, en cambio, llegó desde el interior de América y el interés era puramente comercial: establecer un puerto para agilizar las comunicaciones con Europa. Acompañaban a Garay un grupo de colonos afincados desde tiempo atrás en la región, entre ellos, incluso, se contaba con mayoría de mestizos.

Y en el comienzo fue la memoria

En 1981, cuando Argentina vivía los últimos años de la dictadura que asolaba el país desde 1976, se publica Río de las congojas de Libertad Demitrópulos. El referente vuelve a ser Garay pero el presente de la dictadura exige otra teorización. La inmigración europea se percibe como un hecho consumado que ha modificado la idiosincrasia del "ser argentino", cualquier cosa que esto signifique, pero, fundamentalmente, como un hecho del pasado que no se cuestiona. En la década del ochenta, por el contrario, no pocas familias argentinas habían emigrado ante la posibilidad de "desaparecer" en alguno de los centros de detención clandestina. Los organismos de derechos humanos que, desde los primeros años de la dictadura, habían comenzado a indagar sobre el destino de miles de personas que se suponían muertas pero cuyos cuerpos nunca se habían recuperado, intensifican ahora su labor.

Libertad Demitrópulos no fue la única en articular desde la narrativa un discurso que permitiera enfrentar el silencio monofónico de la dictadura.

Respiración artificial de Ricardo Piglia, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, Nadie nada nunca de Juan José Saer, por citar algunos ejemplos, son textos que hacen gala de no pretender ser "un reflejo real de los hechos", sino que, por el contrario, ponen de manifiesto su carácter de constructo y se repliegan en un discurso que no opone "otra versión" de los hechos al discurso oficial, sino que desnudan los mecanismos ideológicos que hacen que todo discurso sea una versión siempre parcial y provisoria de algo que alguien supone que ocurrió o está ocurriendo. La literatura argentina durante el proceso -dice Francine Masiello- "(...) juega con el orden natural de las cosas; crea otro orden y disuelve el discurso oficial desde dentro."

Río de las congojas juega a hacer de los márgenes, el centro, desarticulando un discurso que se encuentra instalado en algunos sectores de la sociedad desde mucho antes del inicio del Proceso.

La epopeya permea nuestra producción textual desde la llegada de los europeos a América. De hecho en la Jerusalén liberada de Torcuato Tasso -que sirvió como modelo a muchas de las epopeyas americanas- se encuentra claramente representada la teoría de los dos demonios y la guerra justa, presente también en la llamada doctrina de la seguridad nacional implantada por el gobierno de facto en Argentina.

Frente al discurso monológico de la épica, Libertad Demitrópulos opone un discurso polifónico que narra la segunda fundación de Buenos Aires desde las voces de dos mestizos, una criolla y un negro. Recuerdos y olvidos desgajan versiones a veces contradictorias, de una historia que subsume el centro desde el margen. El lugar de la enunciación se focaliza no en Buenos Aires, sino en Santa Fe, desde donde Garay partió para fundar Buenos Aires, el Río de la Plata cede el protagonismo al Paraná -llamado "río de las congojas y los desabrimientos", la fundación misma de la ciudad queda desdibujada frente a la narración del levantamiento de los mestizos ocurrido en Santa Fe y la figura del héroe épico se desplaza desde Juan de Garay a la criolla María Muratore.

En Río de las congojas, mientras los varones fundan ciudades, las mujeres fundan familias.

La novela lleva como epígrafe un poema del poeta griego contemporáneo Yannis Ritsos donde se nos advierte:

"Conviene que guardemos a nuestros muertos y su

fuerza, no sea que alguna vez

nuestros enemigos los desentierren y se los lleven

consigo. Y entonces

sin su protección nuestro peligro iba a ser doble. (...)

Quizá será más seguro que los guardemos

dentro de nosotros mismos, (...)"

Saber guardar a los muertos se convierte en un punto de inflexión que polariza la trama argumental y determina dos tipos de fundaciones y distintos agentes sociales que las llevan a cabo. Mientras la fundación de una ciudad es un acto casi instantáneo entre la voluntad de un hombre y su concreción, la génesis de una familia es un acto que necesita de la férrea voluntad de una mujer que persiste hasta la concreción, a través del tiempo. La permanencia de estas fundaciones es también disímil: Santa Fe se despuebla aunque Blas de Acuña permanezca en el sitio fundacional, mientras que la familia fundada por Isabel Descalzo perdura más allá de la vida de quien la fundara. De la misma manera, y con esto vuelvo al epígrafe de la novela, los hombres sepultan en la tierra y resguardan tumbas y las mujeres sepultan en el alma y resguardan mitos a través de la memoria.

La identidad de Blas de Acuña, cofundador con Garay de Santa Fe y Buenos Aires, está determinada por el lugar físico: la plaza donde murieron los jefes rebeldes, el naranjo al pie del cual ha enterrado un anillo mágico, la tumba con los restos materiales de María. A ellos se aferra en un intento agónico de contrarrestar la desintegración.

Por el contrario, la figura casi fantasmal de Isabel Descalzo, la esposa no reconocida por Blas, se agranda y adueña del relato hacia el final de la novela. Ella ha decidido emprender la tarea ingente de fundar una familia. Y esa tarea necesita de una mujer que la lleve a cabo y de un sustento histórico: el de la memoria. Si bien cuando Blas regresa a la casa con el cuerpo de María, Isabel ayuda a cavar la fosa y cuida esa tumba en ausencia del marido, su verdadera tarea será narrar a los hijos la historia de María Muratore: "Ella aderezó la historia de la finadita (...) De tanto oír contársela los hijos fueron aprendiéndola". Es decir, para conformar esta familia, Isabel no solo pare los hijos, también les da un pasado común: "Y también fueron entrando en el mito, porque si otros tenían blasones ellos tenían su historia con una mujer que parecía hombre por lo valiente (...)" y por ese pasado común, una identidad: "Cuando les preguntaban en dónde vives, respondían: en lo de Muratore; cuáles son tus bienes: una tumba; tu origen: una mujer heroica; (...)".

En este personaje, costurera de profesión, se pone de manifiesto la factura de la historia: Isabel corta, adereza, cose sus propios recuerdos, recrea los ajenos, compone en su imaginación para producir una historia extraoficial, no documentada, una historia mítica. La novela permite dos finales para la vida de María Muratore. La historia oficial dice que María murió junto a Garay, a la vera del río, mientras dormían la siesta. Para Isabel, María muere en el campo de batalla, vestida de hombre. Y esta historia mítica se trasmite, infinitamente narrada, como único y verdadero legado, de madres -puesto que los hombres escuchan pero no trasmiten- a hijos. Finalmente, cuando Isabel próxima a morir es abandonada en un camastro, se pregunta por qué su hija, anciana también, se ha alejado. Entonces recuerda que aquella -su única hija es ahora portadora del mito y comprende: " A eso se fue. (...) Así, hasta nunca acabar. Hasta la memoria que es no morir. Para eso."

Isabel comprende, en definitiva, que el sentido de la vida no es el cuidado de una tumba en un pedazo de tierra, sino la conservación de la memoria, en algún lugar del alma -que ni siquiera nosotros mismos conozcamos- como única garantía de supervivencia.

A la luz de la desaparición forzada de personas que amenazaba la integridad de la identidad social de la Argentina entre el 76 y el 83, Río de las congojas, no solamente disuelve por dentro el discurso épico de la dictadura, implosionando la historia oficial, también desplaza la problemática: del cuerpo -irrecuperable- a la memoria. De esta manera, cada "ahora" crea un "antes" cuya densidad pone a prueba en la medida en sea capaz de responder los interrogantes que se suscitan. A menudo y simplemente, el pasado es uno de los subterfugios que utiliza el presente para seguir manteniendo la ilusión de que existe la posibilidad de"una proyección en el futuro".



Tomado de http://letrasenlared.blogspot.com.ar/2009/11/rio-de-las-congojas-de-libertad.html

3 comentarios:

  1. Hola. Quisiera saber cual es la interpretación del muchacho pelirrojo que aparece tres veces en el libro con los nombres de: Sálocin, Nicolás y Laconis, o sea anagramas de Nicolás.

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  2. Vaya una a saber... Si se te ocurre algo avisame... Yo solamente pude pensar en qué momento aparece y que siempre guía a alguien hacia un pasaje o un cambio de lugar.

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  3. Mirá, en este mismo blog, el trabajo que escribí:
    http://digame-licenciada.blogspot.com.ar/2013/06/rio-de-las-congojas.html

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