6 de febrero de 2012

Yo leí esto en el profesorado pero no me acordaba de ná. Hasta andaba diciendo por ahí que Saer no me llamaba la atención

"Tomatis se sentó al lado mío. Se lo pasó todo el tiempo charlando y riendo, fumando y tomando vino. Y en un aparte se volvió hacia mí y me dijo: “¿Usted no cree en la importancia de la fornicación, Adelina? Yo sí creo. Eso les pasa a ustedes, los de la vieja generación: han fornicado demasiado poco, o en su defecto nada en absoluto. ¿Sabe? Se dice que usted tiene un seno de menos. No, no estoy borracho. 0 sí, capaz que un poco sí. ¿Es cierto? ¿No piensa que usted misma lo ha matado? Yo pienso que sí. ¿Sabe? Usted me cae muy simpática, Adelina. Tiene un par de sonetos por ahí que valen la pena. Perdóneme la franqueza, pero yo soy así. Usted debería fornicar más, Adelina, sabe, romper la camisa de fuerza del soneto porque las formas heredadas son una especie de virginidad y empezar con otra cosa. Me juego la cabeza de que usted es capaz de salir adelante. Usted que la tiene cerca, páseme esa botella de vino. Gracias” . "


JUan José Saer. "Sombras sobre vidrio esmerilado"

Finalicemos

Me acabo de anotar (qué grande la facu) on line a final de Latinoamericana II. Y tengo que ordenarme. Yo soy feliz leyendo a Roa Bastos y a Arguedas y voy del texto a la crítica y a artículos guardados especialmente para este momento y hasta encontré una Antología del cuento de Ecuador que yo leí deslumbrada como una rareza hace mil años y ahora tiene algunos de los cuentos que tengo que preparar... Pero ¿dar un final es esto? ¿Cómo voy a hacer para acomodar lineal, lógica, coherentemente todos mis placeres?

2 de febrero de 2012

Por tu hambriento escorial como los reyes locos

VARIACIONES SOBRE EL TIEMPO - Olga Orozco



Tiempo:
te has vestido con la piel carcomida del último profeta;
te has gastado la cara hasta la extrema palidez;
te has puesto una corona hecha de espejos rotos y lluviosos jirones,
y salmodias ahora el balbuceo del porvenir con las desenterradas melodías de antaño,
mientras vagas en sombras por tu hambriento escorial, como los reyes locos.

No me importan ya nada todos tus desvaríos de fantasma inconcluso,
miserable anfitrión.
Puedes roer los huesos de las grandes promesas en sus desvencijados catafalcos
o paladear el áspero brebaje que rezuman las decapitaciones.
Y aún no habrá bastante,
hasta que no devores con tu corte goyesca la molienda final.

Nunca se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos.
Ni siquiera al comienzo,
cuando me conducías de la mano por el bosque embrujado
y me obligabas a correr sin aliento detrás de aquella torre inalcanzable
o a descubrir siempre la misma almendra con su oscuro sabor de miedo e inocencia.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas!
No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como una manzana de oro.

Demasiado apremiante,
fuiste después el látigo que azuza,
el cochero imperial arrollándome entre las patas de sus bestias.
Demasiado moroso,
me condenaste a ser el rehén ignorado,
la víctima sepultada hasta los hombros entre siglos de arena.

Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo.
Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor,
cada pacto firmado con la tinta que fraguas en alguna instantánea eternidad,
cada rostro esculpido en la inconstancia de las nubes viajeras,
cada casa erigida en la corriente que no vuelve.
Lograste arrebatarme uno por uno esos desmenuzados fragmentos de mis templos.

No vacíes la bolsa.
No exhibas tus trofeos.
No relates de nuevo tus hazañas de vergonzoso gladiador en las desmesuradas galerías del eco.

Tampoco yo te concedí una tregua.
Violé tus estatutos.
Forcé tus cerraduras y subí a los graneros que denominan porvenir.
Hice una sola hoguera con todas tus edades.
Te volví del revés igual que a un maleficio que se quiebra,
o mezclé tus recintos como en un anagrama cuyas letras truecan el orden y cambian el sentido.
Te condensé hasta el punto de una burbuja inmóvil,
opaca, prisionera en mis vidriosos cielos,
Estiré tu piel seca en leguas de memoria,
hasta que la horadaron poco a poco los pálidos agujeros del olvido.
Algún golpe de dados te hizo vacilar sobre el vacío inmenso entre dos horas.

Hemos llegado lejos en este juego atroz, acorralándonos el alma.
Sé que no habrá descanso,
y no me tientas, no, con dejarme invadir por la plácida sombra de los vegetales centenarios,
aunque de nada me valga estar en guardia,
aunque al final de todo esté de pie, recibiendo tu paga,
el mezquino soborno que acuñan en tu honor las roncas maquinarias de la muerte,
mercenario.

Y no escribas entonces en las fronteras blancas “nunca más”
con tu mano ignorante,
como si fueras algún dios de Dios,
un guardián anterior, el amo de ti mismo en otro tú
que colma las tinieblas.
Tal vez seas apenas la sombra más infiel de alguno de sus perros.




OLga Orozco

De sumisas distancias que irremediablemente

Cabalgata del tiempo (Olga Orozco)




Inútil. Habrá de ser inútil, nuevamente,
suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje,
la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria;
penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia
la misma alucinada realidad que hoy contemplo,
ya casi en la mirada;
repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos:
-Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz,
como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río.

Todo ha de ser en vano.
Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal
y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje,
atravesando siglos y siglos de penumbra,
de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí.

Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua,
profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños,
sumirse bajo el verde sopor de las llanuras
o morir con la lluvia, tristemente,
entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes.

Imposible. Sólo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas.
Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos
ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte.
Es la amarga plegaria que levantan los ángeles rebeldes
llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable.
Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados
que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas,
que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla,
agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad.
La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas.

Y nada queda en ti, corazón asediado:
apenas si un color, si un brillo mortecino,
si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros,
se pierden, a lo lejos,
bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad.



Olga Orozco
Cabalgata del tiempo

Ocampo por Mancini: Escalas de pasión


Domingo 03 de agosto de 2003 | Publicado en edición impresa

Una historia del mundo con tortícolis


Por Guillermo Saavedra
De la Redacción de LA NACION



Adriana Mancini ha consagrado los últimos ocho años a estudiar la producción de Silvina Ocampo. Fue guionista de la película Las dependencias, de Lucrecia Martel, y colaboró en la puesta teatral de Cortamos ondulamos, ambas basadas en la vida y la obra de la autora argentina. En esta entrevista habla de su ensayo Silvina Ocampo. Escalas de pasión (Norma), en el que desarrolla los resultados de su investigación



Adriana Mancini explora en su estudio el mundo cruel, inocente y kitsch de Silvina Ocampo. Foto: Sergio Llamera

"Estamos en el paraíso, creemos alcanzar la felicidad, pero viene la serpiente y uno la espera". Esa única frase, con su cintilante ambigüedad, alcanzaría para ubicar a su autora en un lugar central dentro de cualquier literatura. Sin embargo, Silvina Ocampo (1903-1994) fue hasta no hace mucho un lujo secreto de las letras argentinas, una flor extraña oculta tras un frondoso follaje de celebridades cercanas: su hermana Victoria, su amigo Jorge Luis Borges, su esposo, Adolfo Bioy Casares.

Por fortuna, durante la década de 1990 su obra extraordinaria y largamente desatendida comenzó a ser objeto de una reubicación, sobre todo, gracias a una antología de Matilde Sánchez para el Fondo de Cultura Económica, Las reglas del secreto , y a la progresiva reedición de su obra narrativa y poética completa por Emecé.

En este nuevo marco de recepción, se inscribe el flamante ensayo de Adriana Mancini (Buenos Aires, 1948): Silvina Ocampo. Escalas de pasión , que acaba de publicar en la Argentina la editorial Norma. Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, integrante de la cátedra de Literatura Argentina II e investigadora de esa universidad, Mancini dice haber llegado tardíamente a la obra de una autora a la que terminó dedicándole más de ocho años de trabajo: "A comienzos de los años 90, como integrante de la cátedra de Literatura Argentina, preparé para un seminario interno un trabajo sobre su obra. Me llamaron la atención sobre todo dos cosas: por un lado, la dificultad pare decir algo unívoco sobre esos textos; el solo hecho de intentar contarlos provocaba un trabajo infinito, porque siempre quedaba algo por fuera de la trama o del argumento; por otro lado, la disidencia entre las diversas lecturas críticas sobre su obra. Entonces me dije que allí había un objeto interesante para pensar".

Mancini, desde luego, tomó como punto de partida esas disidencias críticas, en el convencimiento de que éstas "ya habían establecido las líneas fundamentales de la lectura de Silvina Ocampo: la iridiscencia, la crueldad, la perversión, la confrontación de los opuestos, la extraña moralidad, la atmósfera kitsch ... A partir de allí, me dediqué a desmontar los mecanismos de esos relatos, un poco a la manera de los chicos cuando desarman un juguete que los fascina".

Esa literatura de secretos renuentes -carozos de la siempre resbalosa fruta del lenguaje- fue sometida por Mancini a un minucioso y lúcido relevamiento: "Primero, preparé pequeños análisis de los cuentos que me resultaban más interesantes. Me pasaba meses trabajando con cada cuento. Tenía una idea que me parecía una intuición primaria pero no podía argumentarla, y me proponía demostrarla rigurosamente, casi como en una ecuación de varias incógnitas. Hasta que, en algún momento, me dije que ese proyecto era digno de una investigación más extensa. Entonces hice un plan para estudiar el trabajo de Silvina con el género fantástico y, por otro lado, para poner esa producción en relación con su contexto histórico, ya que esa obra se lleva a cabo a lo largo de cincuenta años: su primer libro es de 1937 y el último, de 1988. Y comencé por preguntarme qué elementos la diferencian de otros escritores fantásticos, por qué su obra da la sensación de no parecerse a nada, como dijo alguna vez Bioy Casares".

Según Mancini, el mundo fantástico de los relatos de Silvina Ocampo tiene características nítidas: espacios cerrados, erotismo mucha veces perverso, niños crueles con acceso al mundo de la magia. Y en relación a estos rasgos emblemáticos, Mancini analizó el comportamiento de las voces que narran los cuentos, "con la intuición de que ése era un elemento importante para conferir a esos relatos su iridiscencia, su inquietante ambigüedad".

Puntos de vista que cambian en medio de un párrafo o de una frase, o que revelan inesperadamente su equívoca procedencia, tiempos y modos verbales que se suceden también a velocidad lumínica, evitando las formas más habituales del genéro fantástico -el subjuntivo, el condicional-, constituyen lo más visible de un conjunto de procedimientos y técnicas que, en el momento de la aparición de su primer libro de cuentos, como recuerda Mancini, "le hicieron decir a su hermana Victoria que muchas de las imágenes de Silvina tenían tortícolis. Sin embargo, y como ya empezó a reconocerse a comienzos de la década de 1960, todos esos rasgos, más que defectos de una fallida voluntad clasicista, eran parte de un estilo, el modo muy personal en que Silvina Ocampo practicaba el género fantástico".

Desde el título mismo, el estudio de Mancini ubica la pasión en el centro del mundo narrativo de Ocampo. Mientras apura un café, la investigadora aclara que esa decisión se fue imponiendo en el transcurso del trabajo mismo: "En un comienzo, era un eje de búsqueda más, en el mismo plano que el kitsch o los niños crueles y adivinos. Pero cuando comencé a escribir ese capítulo, me di cuenta de que lo que iba trabajando desbordaba los límites de ese capítulo y que todo se reubicaba a su alrededor, al punto que se podía organizar toda mi lectura a partir del eje de la pasión. Los temas seguían siendo los mismos pero cambió el eje, la forma de organizarlos, desde el momento en que todos comenzaron a quedar teñidos por la pasión y sus mecanismos".

Como suele ocurrir, cuando alguien postula un eje que debe ser común a las más diversas manifestaciones de una realidad compleja, algunas piezas suelen resistirse a entrar en el esquema: "Así me ocurría, al principio, con los elementos evidentemente kitsch de la obra de Silvina. Pero, luego de leer la bibliografía sobre este punto, comencé a comprender que lo kitsch aparece en la obra de Silvina sin ninguna ironía; sus personajes manifiestan una fuerte tensión entre la fascinación y el horror ante el kitsch , no se instalan cómodamente en ese universo como los de Manuel Puig. Y eso es así porque lo kitsch aparece como un recurso para atenuar el impacto de algunas pasiones".

Organizar los materiales de su exposición en torno a las pasiones no fue el único problema que afirma haber enfrentado Mancini: "Otra de las complejidades de esa obra es que en cada frase, en cada párrafo y en cada cuento está contenido prácticamente todo su potencial, así como en la oruga está contenido todo el esplendor de la mariposa. Lo más difícil fue, en ese sentido, desplegar esas cuestiones en las coordenadas espaciales y temporales de un libro. Me resultaba muy complejo y a veces me llevaba a volver a usar la misma cita de un cuento que ya había elegido comentar para trabajar otra cosa".

Ese sistema de remisiones múltiples -"un cuento me llevaba a otro cuento, y así al infinito", dice Mancini- está tan plenamente logrado en su libro que uno siente, al recorrerlo, estar moviéndose en una espiral ascendente: se gira en torno a un centro, pero al mismo tiempo se gana altura y el centro aparece cada vez un poco más cerca.

Sorprende escuchar a la autora de este libro decir, luego de haber estado trabajando ocho años sobre los cuentos de Ocampo, "Vuelvo a leer cualquiera de ellos al azar y siento el mismo escozor que la primera vez. Es que, más allá de las técnicas y los procedimientos asombrosos que allí se despliegan, creo que lo que pasa en esta obra es que están expuestos los más sutiles afectos en forma descarnada. Yo padecí la envidia, el odio, la venganza, las crueldades... a medida que aparecían en esos cuentos, me atravesaban a mí también. Comencé a verlos como radiografías de las pasiones, pasiones que, si uno se detiene a leer y explorar en esos cuentos, también termina por padecer".

La autora, que trabajó también en el guión de la película Las dependencias , una cautelosa aproximación a la vida de Silvina Ocampo producida por Lita Stantic y dirigida por Lucrecia Martel, y asesoró a la directora y actriz Inés Saavedra en la realización de la obra teatral Cortamos, ondulamos , basada en textos de Silvina, parece realmente alcanzada por la inquietante gracia de una escritura que fue capaz de decir: "Estamos en el paraíso, creemos alcanzar la felicidad, pero viene la serpiente y uno la espera". En cualquier caso, hay que agradecer a Mancini que haya puesto su espiralada lucidez a comentar una obra que puede leerse, como dijo alguna vez la propia Silvina, "como una pequeña historia del mundo". .

Arnés reseña a Mancini y a Dominguez que compilan sobre Ocampo

RESEÑAS

Domínguez, Nora y Mancini, Adriana (compiladoras), La ronda y el antifaz. Lecturas críticas sobre Silvina Ocampo, Buenos Aires, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2009, 344 págs



Si bien es cierto que, a lo largo de los últimos años, la obra de Silvina Ocampo, en particular sus cuentos, ha merecido la atención de la crítica literaria argentina, también resulta evidente que, como señala Sylvia Molloy en su artículo "Identidades textuales femeninas. Estrategias de auto-figuración del yo", Ocampo ha sufrido, al igual que tantas otras mujeres escritoras, los vicios de una crítica que muchas veces se sintió inclinada a dramatizar las anomalías que se le atribuían antes que a leer sus trabajos: Silvina Ocampo corporizando a la excéntrica perversa. Pero, además, tampoco salió ilesa de esa otra tendencia crítica que figuraba a las escritoras a partir de sus relaciones con aquellos escritores legitimados, portadores del poder intelectual: hablar de los vínculos que unieron a Silvina Ocampo con Borges o Bioy Casares es hoy casi un lugar común.
La ronda y el antifaz no ignora esto. Lo incorpora y lo reformula para devolverle al lector una imagen sorprendente, de múltiples caras y de múltiples miradas que delatan la posibilidad del relato unívoco, imposible.
La ronda y el antifaz es una compilación de textos críticos sobre Silvina Ocampo reunidos por Nora Domínguez y Adriana Mancini, producto de las jornadas sobre la autora realizadas en agosto de 2003 (MALBA/IIEGE, UBA). Si bien el subtítulo aclara: Lecturas críticas sobre Silvina Ocampo, nada resulta tan sencillo. Como las compiladoras explican en el prólogo, este libro no pretende marcar direcciones de lectura sino, más bien, abrir el juego y, en el mismo gesto, ser parte de él; mantener la singularidad de la autora y, simultáneamente, trazar genealogías, descubrir herencias.
Si bien este libro es parte del movimiento de proliferación que tuvo el formato compilación en el mundo académico, es posible afirmar que no solo viene a satisfacer una necesidad teórica pendiente sino que se convertirá en un aporte ineludible sobre el tema Ocampo. Por encima de los artículos, parciales en su naturaleza, La ronda y el antifaz cobra importancia en el modo en que se constituye como más que la suma de sus partes; en la forma en que genera un excedente a partir del diálogo entre abordajes plurales.
El volumen abre con un prólogo y una cronología pormenorizada -en un guiño al lector, lleva como epígrafe una cita de Silvina: "Odio las fechas (será porque la vejez llega a través de ellas)" (9)- que recorre la vida y obra de la autora (incorpora, además, datos de artículos y entrevistas) desde el año 1903 hasta 1993, y continúa hasta el año 2009 con el detalle de las publicaciones póstumas.
El cuerpo del libro, dividido en seis partes que esbozan un círculo o una ronda (entrada/salida, figuras, lugares, interiores, relaciones, salida/entrada), acompañado por ilustraciones de Hugo Padeletti y con notas introductorias -reflexiones teóricas, casi poéticas- para cada título, propone un pacto en el que vida, obra y lectura se acercan y se alejan pautando ritmos, abriendo puertas, tendiendo lazos: "En el espacio Ocampo que aquí se abre", escriben las compiladoras y coautoras: "no hay pórticos sino mirillas, no hay centros sino puntos mínimos, no hay gritos sino voces sinuosas, entonaciones y miradas femeninas, declives melancólicos o excesos de lo imaginario [...] Se debaten entre la dirección de la mirada y la punción de una escucha, entre el testimonio y el pliegue sutil de un saber Ocampo" (38).
El libro cobra la forma de lo potencial: nos ofrece un (des)orden posible (uno de los tantos) para adentrarnos en la compleja y extensa obra de Silvina Ocampo en su "[...] variedad de voces infinita" (67); en "[...] esa fuerza que nos sigue arrastrando [...] clave de su contemporaneidad" (91). Pero al hacerlo también nos enfrenta a ciertos problemas: ¿dónde empieza y dónde termina la obra de Silvina Ocampo? ¿En qué momentos es Silvina la que escribe y cuándo es la escritura la que le da cuerpo? ¿Es posible leer de modo conjunto a sus pinturas, sus cuentos y poemas e incluso sus traducciones, sus cartas o las fotos que de ella fueron tomadas (como aquella de Sara Facio, en la que la mano con la que escribe se convierte en su máscara; en velo para su rostro)?
Propuesta lúdica y ambiciosa desde su misma forma, este libro activa un acercamiento crítico que hace honor a la escritura de Ocampo: no le tiene miedo a los desvíos, al detalle ni a lo excéntrico. Tampoco a las aparentes contradicciones ni a la inclusión de experiencias personales. Porque, justamente, entiende a la vida como texto que permite reflexionar sobre la misma escritura. Pero, además, no resulta detalle menor que a este libro, a esta "casa autobiográfica" (5) lo integren muchas de las voces académicas argentinas más reconocidas:
Sylvia Molloy abre el círculo con un bello título: "Para estar en el mundo: los cuentos de Silvina Ocampo", en el que anécdota y teoría se fusionan de modo sugerente y productivo; Jorge Panesi inaugura las "Figuras" citando a la autora y ofrece un profundo análisis sobre las prisiones especulares, los espejos (y los reflejos) que proliferan en la obra ocampiana. En un movimiento que, de algún modo, apunta hacia la misma dirección, Jorge Monteleone parte del análisis de la foto de Sara Facio para rápidamente proponer una lectura de "Las caras de Silvina Ocampo", ya rostros ficcionales, momentos imaginarios. Daniel Balderston, por su parte, se aboca, en un texto conciso, a la impronta religiosa -lo católico- en los cuentos y poemas de la autora. Valentín Díaz lee el proyecto estético de Silvina como "verdadera experiencia-Silvina Ocampo" (91) y analiza los diálogos que este establece (e incluso esconde) con la filosofía, específicamente la bataillana. Y Adriana Mancini lee en los textos de Silvina, sobre todo en el libro Cornelia frente al espejo (1988), una indagación sobre la muerte y la vejez (y su relación con la infancia).
José Amícola -su reflexión sobre la malseance (la falta de decoro) en los relatos de Silvina y su relación con la recepción de su obra- comienza a dibujar los "Lugares". El artículo de Annick Mangin, que al igual que el de Graciela Tomassini (Menos que un puñado de polvo. Acerca de 'Fragmentos del Libro Invisible' de Silvina Ocampo) construye una mirada con perspectiva de género, aborda "el género en tanto forma literaria y construcción sociocultual de la diferencia sexual en la literatura y en la trayectoria de Silvina Ocampo" (141) y elabora su reflexión alrededor de lo que ella llama "recursos de la transgeneridad", mientras que Mónica Zapata analiza en los cuentos, con el psicoanálisis como herramienta, los modos del funcionamiento de los pares humor-horror, estereotípico-inquietante. Noemí Ulla se aboca a la obra poética de Silvina y Cristina Fangmann lee su correspondencia, especialmente aquella que mantiene con Pepe Bianco y su hermana Angélica. Gloria Pampillo se centra en esa mirada atenta que Silvina despliega sobre su entorno y que rescata detalles, objetos imaginarios que se repiten a lo largo de sus páginas. Andrea Ostrov, también desde una mirada de género, lee los cuentos de Ocampo contraponiendo la noción de escritura epitáfica y escritura-lugar de pasaje. Por otro lado, Judith Podlubne propone, de modo extremadamente productivo, a la fuerza ilocucionaria de la confesión y/o de la confidencia como punto de partida de análisis de ese Yo al que le da cuerpo la escritura de Ocampo.
Y entonces, se arman las "Relaciones" (las asociaciones, las series). El artículo de Nora Domínguez construye una interesante lectura en paralelo de Silvina Ocampo y Norah Lange a partir de la idea de "iniciaciones" (el ingreso al campo literario, las novelas de aprendizaje, los retornos a/de la infancia). Mientras que Anahí Mallol fija su mirada en los relatos de maternidad y de las relaciones madre-hija que construyen los poemas. Adriana Astutti dibuja y descubre una estirpe o genealogía literaria de mendigas que atraviesan a la literatura latinoamericana y Eduardo Paz Leston afirma a la traducción, en tanto experiencia de y con la lengua, y a "la pintora que fue" Silvina, como elementos fundamentales al momento de leer, de entender, su poética. Y, finalmente, el círculo se cierra (o se vuelve a abrir) con el recuerdo -y el agradecimiento- de Hugo Padeletti.


Laura A. Arnés

Primer día de clases

Me faltó la foto en la puerta hoy a la mañana. Porque la emoción es la misma de cuando llevaba el guardapolvo blanco, el pelo tirante en una cola de caballo y el portafolio (iba a poner mochila pero mentira)rojo en la vereda de la calle Giribone.
Seminario: Incidencias del tiempo en narrativa y poesía de la liteatura argentina y latinoamericana (no sé por qué estos pdf en que ponen los programas ya no me dejan copiarlos acá).
Mi profe, Adriana Mancini, planteó lineamientos generales pero lo mejor que dijo fue que su tesis fue sobre Silvina Ocampo. Ya llegué a casa y me puse a buscar. Ya encontré, ya estoy metida en la ola (en una de las olas) que me lleva de un lado a otro (de un texto a otro) uniendo costas conocidas y revolcones insospechados.
Yo ya elegí tema para exponer: OLga Orozco. Y ya se lo dije a la profe: orgullosa yo de levantar la mano cuando preguntó si había interesados en poesía o todos iban a elegir narrativa.

20 de enero de 2012

Recuerdos de la toma

Segundo cuatrimestre 2010. Yo recién los conocía. Aunque este blog es testigo de que amé Española II desde su programa y Julia D´Onofrio me dio su primera bienvenida con un comentario aquí.
Hoy copio las fotos de la toma (que sobrevivimos juntos) del muro de Julia.




28 de diciembre de 2011

De la utopía como inconducente al "siempre luché por las utopías" consolador

“Las generaciones de la postdictadura cargan con la angustia y con la lucidez de que estar arriba de la torre (metáfora para la generación más joven que se levanta sobre los hombros de la anterior) es estar presos, y desde esa angustia y esa lucidez escriben. Porque además de experimentar intensamente su condición de reclusos, perciben que sus pies se afirman en huesos NN y en hombros de sobrevivientes de la militancia, que por su parte tienden a mantener con su pasado un vínculo demasiado conflictivo: no consiguen examinar abiertamente su lucha, sus errores, sus aciertos, sus viejas certezas, no logran criticarse y valorarse sin tapujos ni eufemismos, ofrecerse con sinceridad a la crítica implacable de los que nacieron después.
¿Es necesario dar ejemplos? Vamos a uno: el cambio de valoración de la palabra “utopía”. Quienes en los años 60 y 70 utilizaban esa palabra con desprecio, para indicar el carácter inviable y políticamente inconducente de un proyecto político que, porque era una utopía, debía desecharse para buscar uno realmente posible y transformador, hoy suelen decir “yo siempre luché por las utopías”. Cambian sin admitirlo y empiezan a resignarse a “la utopía” como algo valorable, sin hacerse cargo de la derrota que semejante cambio implica. No explican que hoy entienden que sus anhelos eran en verdad una utopía: eso supondría una evaluación crítica de su pasado que se puede compartir o no. Más bien pronuncian el sustantivo utopía desafiantes, insinuando o afirmando claramente que les pertenece desde siempre, que los caracterizó como gente militante y los caracteriza hoy, al contrario del escepticismo y la resignación de sus hijos y nietos. Es decir, proyectan en los nuevos la derrota que ellos –no los nuevos- sufrieron, para no pensarla, para no examinar la resignación con que caracterizan hoy sus pasiones políticas. Son ellos los que están vencidos pero para sentirse vencedores proyectan sus desastres sobre los que nacieron después y no participaron de esa guerra.”



Elsa Drucaroff. Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura. Emecé. 2011.

13 de diciembre de 2011

Final de Norteamericana

Maravilloso final para maravillosa cursada con maravilloso programa y docentes y lecturas. Libreta con 9: 10 en el final y ocho de promedio de cursada.

Me tocó Huckleberry Finn. Plantée la pregunta inicial de Said sobre quién tiene permiso para narrar y desde allí la elección de Twain del niño semianalfabeto, semihuérfano y marginal como voz que describe la sociedad sureña norteamericana.
Enganché con la idea de Spivak de que el sujeto subalterno no tiene voz (su artículo "¿Puede hablar el sujeto subalterno?" es muy interesante) y la forma en que el negro fugitivo, Jim, es narrado por los niños Huck y Tom Sawyer adjudicándole desde un escudo de armas hasta inscripciones en piedra sacadas de novelones para representar su papel de cautivo. El único momento en que Jim habla por sí mismo es el que le cuenta a Huck sobre su hijita sordomuda y eso no es retomado nunca más en la novela.

Bueno, ya dije que tendría que ponerme a escribir mis hipótesis prolijamente...

11 de diciembre de 2011

5 hipótesis sobre Literatura Norteamericana

Ya están las 5 listas para el final del martes. Sobre mis cinco temas: Huckleberry Finn, "Recitatif" de Toni Morrison, poesía de Lagston Hughes, poesía amerindia contemporánea y Faulkner (Intruso en el polvo + cuatro cuentos).
Debería escribirlas. Preparar cinco divinos artículos que, por lo que vi en la red, no hay demasiados sobre este enfoque.
Además, de las cinco solamente voy a poder hablar de la única que me toque en el final: ¿Y las otras cuatro a quién se las cuento?

La casa hecha de atardeceres


Premio Pulitzer en 1969 e inicio del Renacimiento amerindio, recién se acaba de traducir al castellano. (¿La casa está hecha de alba, de aurora o de atardecer?)

Ayer leí sobre esta autora en Cuerpos que importan. Hoy me la encuentro blogueando


Granite & Rainbow




“Claroscuro”, de Nella Larsen (Editorial Contraseña)

Recomendaciones Reseñas — 11 diciembre 2011



“Claroscuro” es una sorpresa. Quizás porque el final te deja con la boca abierta, quizás porque nada tiene que ver con esa obra maldita que nos enseñan a los filólogos ingleses en la carrera “El hombre invisible”, de Ralph Ellison, quizás porque tiene mucho de “Diario de un ama de casa desquiciada”, de Kaufman, un poco de Sylvia Plath, un poco de “Reina Lucía”, de Benson. Es una sorpresa por la fluidez con la que narra el racismo, la marginación, el falseamiento de identidad, el querer y no ser. Es una sorpresa conocer, en las primeras páginas del libro, la realidad de la escritora. Desde el título de la novela, a la ilustración de la siempre genial Sara Morante, hasta el final mismo, “Claroscuro” es una novela de lectura obligatoria.

Esconderse para no huir. Disfrazarse para no sufrir. Enmascararse (qué razón tenías, Françoise, cuando decías que nada aliviaba más que una máscara) para poder vivir. Esconder el alquitrán para no desistir en el ahogo de la sociedad. Así podría definirse “Claroscuro”: el paso del negro al blanco sin encontrar en el camino menos sufrimiento que si lo hiciésemos al revés. Conclusión: el dolor no desaparece con el blanco; el blanco es, en sí, el epitafio. Las dos protagonistas de la novela, Irene Redfield y Clare Kendry (Bellew de casada), son negras blancas. Es decir, su aspecto no las delata como negras, perteneciendo a esa raza. Y mientras la primera, Irene, no esconde su identidad, la segunda sí que lo hace. Y lo hace, al menos, hasta que se reencuentran, muchos años después, y comienza a echar de menos habitar entre gente que es igual a ella. Las raíces, se llaman, y ella las redescubre. Tarde o no, acertadamente o no, justamente o no, Clare Kendry pasa a formar parte de la vida de una Irene Redfield a la que no acaba de gustarle esa intromisión en su vida. Es el hogar el poder, igual que pasaba en “Reina Lucía“. Y, en cierto modo, Irene Redfield es la Sylvia Plath de “Diario de un ama de casa desquiciada”, publicada en Libros del Asteroide: es esa mujer encerrada en una caja de cristal que ve su vida pasar al lado de un hombre infeliz que busca consuelo en otro cuerpo, en otra casa, en la calle misma si hace falta; es esa mujer insatisfecha que, pese a no esconderse, necesita de un refugio donde estar, sin más: estar. Y ese sitio donde está lo invade la bella y egoísta Clare Kendry, a la que es difícil resistirse. Y su castillo en el aire comienza a dar bandazos. Sálvese quien pueda.

“Claroscuro” habla de la verdad, sin tratarla, porque de lo que habla en realidad es de la mentira, y del egoísmo, y de las apariencias. Y la envidia. Por momentos le parecerá al lector encontrarse en el Londres o en la Nueva York victoriana más asquerosa, donde lo único importante, como en “La edad de la inocencia”, es la apariencia: pretender. Y habla también de la manipulación como único modo de supervivencia. El principio y el fin es la falsedad. De ahí que la novela hable de la verdad sin tocarla ni mirarla a los ojos: porque nos muestra la sociedad más repelente de todas, la racista, la de los guettos, la de los prejuicios. Y es que América siempre ha sido el mejor protagonista principal; el personaje al que más amamos odiar. “Claroscuro” vuelve a conseguirlo.

Dicen en la introducción del libro que “Claroscuro”, “no sólo trata la identidad racial, sino que también explora la relación entre apariencia y realidad, el engaño, la manipulación y la identidad sexual”. Sólo falta que el lector descubra quién encarna qué: ¿Será Irene Redfield la manipuladora o lo será Clare Kendry? ¿Escapa alguna de las dos del pecado recurrente de la sociedad americana de la Nueva York de los años veinte? ¿Se salvará alguna de nuestro juicio? “Claroscuro” es toda una sorpresa, no por el final, ni por la fluidez, ni por estar bien escrita, ni por conocer la realidad de la autora o la realidad de los personajes; es una sorpresa por su genialidad. Quien se acerca a este libro no espera lo que le viene encima, y esa es su grandiosidad. Es difícil que una novela sorprenda, y “Claroscuro” lo consigue. Quizás por la distancia con la que la leemos, pero qué más da. “Claroscuro” es un pequeño gran milagro que hay que disfrutar.



Tomado de http://www.graniteandrainbow.com/?p=2553

3 de diciembre de 2011

Sincretismo faulkneriano

"—Jej —dijo Aleck Sander. No era risa. Pero nadie creyó tampoco que lo fuera—. ¿Cómo puedes pensar que este caballo va a cargar con lo que desentierres cuando no quiere cargar siquiera aquello con lo que pretendes desenterrarlo?
Pero él había pensado ya también en eso, recordando lo que le contara su abuelo de los viejos tiempos cuando podía cazarse el ciervo y el oso y el pavo salvaje en el condado de Yoknapatawpha a doce millas de Jefferson, de los cazadores: el mayor de Spain que había sido primo de su abuelo y el viejo general Compson y el tío Ike McCaslin, tío abuelo de Carothers Edmonds, vivo aún y con noventa años, y Boon Hogganbeck la madre de cuya madre había sido una chickasaw y el negro Sam Fathers cuyo padre había sido un jefe chickasaw y la mula de caza tuerta del mayor de Spain, Alice, que no se asustaba siquiera del olor del oso y pensó que si uno fuese realmente la suma de sus ancestros era una lástima que a aquellos ancestros que le habían convertido en furtivo violador de cementerios rurales no se les hubiese ocurrido equiparle con algún descendiente de aquella mula tuerta inespantable para transportar sus instrumentos de trabajo."



William Faulkner. Intruso en el polvo.

Efecto Faulkner

Empecé a leerlo y mi primera reacción fue de rechazo completo: ¿Qué hace este WASP asqueroso en el programa de Averbach? Después de Morrison, de Hughes, de Erdrich, no podía avanzar ni con Intruso en el polvo ni con los cuentos de indios de cartón pintado y negros estereotipados.

Y de repente fui encontrando cositas... Creo que avancé por la rareza de la prosa, por el modo de enredar en lo que cuenta.
Y terminé poniendo en mi blog (el otro) un post titulado: Faulkner feminista y otro, Faulkner mulato. Hasta creo que se me está ocurriendo una de esas cosas que nunca sé cómo plantear delante de docentes serios pero que siempre intento pintar de academicismo aunque sean delirios totales: ¿Qué tal una hipótesis para mi final sobre las formas de penetración negra, india y femenina que este blanco sureño aristocráico ha dejado entrar en su literatura?

Copio de allá:

Faulkner mulato
"...la vieja Molly, la mujer de Lucas, cuya madre había sido esclava del anciano doctor Habersham, el abuelo de la señorita Habersham, y ella y la señorita Habersham tenían la misma edad, nacidas la misma semana y amamantadas ambas por la madre de Molly y criadas juntas casi como hermanas, como gemelas, durmiendo en la misma habitación, la blanca en la cama, la negra en un catre a los pies casi hasta que Molly y Lucas se casaron, y la señorita Habersham había sido madrina del primer hijo de Molly en la iglesia de los negros."



William Faulkner, Intruso en el polvo.



Faulkner feminista

"Los jóvenes y las mujeres, ésos no tienen prisa. Pueden escuchar. Pero un hombre de mediana edad como su pa o su tío, ésos no pueden ya. No tienen tiempo. Están demasiado ocupados con los hechos. Procure no olvidarlo; algún día puede serle útil. Si necesita hacer alguna vez algo que se salga de lo normal, no pierda el tiempo con los hombres; procure que le ayuden las mujeres y los niños."


William Faulkner. Intruso en el polvo.