13 de febrero de 2015

Para Saer y Tizón:

Geografías estéticas: un itinerario por la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX1

María Bermúdez Martínez





Con este título, «geografías estéticas», propongo seguir un itinerario posible dentro de la multiplicidad de vías que, sin duda, representa la escritura narrativa argentina de medio siglo. No obstante, de acuerdo con la perspectiva adoptada, el recorrido atravesará varias líneas de juego que se entrecruzan para dibujar una «geografía» propia que, al margen de todo criterio extraliterario, no es sino una geografía estética.

En líneas generales, tres criterios han servido de punto de partida, en los estudios críticos, para caracterizar a un «grupo» que inicia y recorre, con sus primeros pasos en los años sesenta, la literatura argentina de la segunda mitad del siglo XX. El más difundido durante largo tiempo -sin duda cansino y agotado en lo que su aplicación a estos autores se refiere- fue el de «escritores del interior» (un término, hay que decir, utilizado incluso por los mismos autores, tal vez como eco de un decir común) o bien, si queremos, escritores «provincianos», «folklóricos», «regionalistas» o «regionales» (y utilizo en todo momento términos acuñados, insisto, por diferentes críticos y escritores). Frente a ese, en mi opinión, confuso y falso criterio geográfico, uno más aséptico, el de «generación del sesenta», ampliamente difundido, que toma en consideración la fecha en que esos autores comienzan a publicar. Y un tercero, motivado por las urgencias de la historia, que algunos de sus miembros, bajo diversas formulaciones, han dado en acuñar: me referiré en principio a las expresiones utilizadas por Daniel Moyano, que habla de sí mismo y de sus compañeros como «escritores del postboom», de la «derrota», de las «dictaduras» o de la «crisis», todos ellos términos íntimamente relacionados pese a que cruzan, a simple vista, variedad de criterios.

Hablo, en suma de los criterios citados, de Daniel Moyano, pero también de Juan José Hernández, Haroldo Conti, Héctor Tizón, Antonio Di Benedetto, Juan José Saer, Juan Carlos Martini, Alberto Vanasco, Rodolfo Walsh... y otros tantos que, pese a la diversa gama de escrituras que desarrollan, representan un amplio cuadro de lo que significó y significa la narrativa argentina desde la segunda mitad de siglo XX. Es evidente, para cualquiera que se haya acercado, aunque sea tímidamente, a la narrativa argentina contemporánea, que los autores citados recorren y desarrollan, como decía, una multiplicidad de itinerarios estéticos. En algunos casos sería hasta casi imposible tratar de hermanar algunos nombres, no obstante, existen ciertas coincidencias entre ellos, de acuerdo con los criterios citados al comienzo. Recupero algunos de esos nombres con palabras de Daniel Moyano:

En mis referencias comparativas, siempre he tenido una especie de cuarteto de cuerdas que formaba así: J. J. Hernández y yo, violines; Antonio Di Benedetto, viola; y Haroldo Conti violonchelo. Un cuarteto si se quiere arbitrario, elegido así por simpatía, amistad o preocupaciones parecidas [...] Con el tiempo fue ampliándose este modesto conjunto interno, con miras a una orquesta de cámara. Y ya teníamos, entre muchos otros, a Héctor Tizón, Juan José Saer, Abelardo Castillo, Amalia Jamilis, Rodolfo Walsh, y un largo etcétera como dicen en Madrid2.



En un reportaje con C. Mamonde y A. Schmidt, ampliará la nómina con los nombres de Vanasco y Verbitsky, incluyendo así no sólo a escritores «del interior» sino también a autores bonaerenses3.

Por otra parte, el criterio «generación del sesenta» se basa, como decía, en la fecha en la que los autores comienzan a publicar y suele caracterizarse por oposición a la generación inmediatamente precedente, la llamada «generación del 55» (representada, entre otros, por Viñas, Riestra o Lynch), inclinada hacia el compromiso político y social que se expresó en la práctica de un realismo directo. Y subrayo esto, «realismo directo», en tanto que, en mi opinión, aquí va a estar la gran renovación estética que afecta a la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX y que tendrá, como iniciadores, pioneros y continuadores a los escritores objeto de estas reflexiones. En ese marco (la «generación del 55») destaca el grupo nucleado en torno a la revista Contorno -los llamados «parricidas»- que, patroneados por David Viñas, desarrollan sus ideas como eco del existencialismo sartreano, centrando sus escrituras en el compromiso del escritor. Frente a ellos, aunque sin descartar su interés por la realidad argentina -es más, poniendo, como veremos, especial intensidad en ello- los escritores del sesenta se inclinarán hacia posturas que indagan nuevas posibilidades estéticas y formales. Suele destacarse, en la crítica que aborda este período de la narrativa argentina, dos importantes «huellas»: las de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, así como la presencia de la narrativa de Juan Carlos Onetti y una intensa relectura, iniciada ya por el grupo «Contorno», del hasta entonces marginal Roberto Arlt. Asimismo, debemos destacar la influencia de la narrativa norteamericana y europea, a través de vías narrativas como el policial o de influjos de teorías como el psicoanálisis, el estructuralismo, la semiología...4 Si nos centramos en las presencias hispanoamericanas citadas, cabe puntualizar que la figura de Borges en los años sesenta es discutida, no ocupa aún el centro de la escena literaria argentina y en muchos casos va a ser cuestionado desde parámetros quizás más éticos que estéticos. Su escritura, no obstante, dejará huella, tanto en aquellos que lo rechazan como en quienes se declaran sus seguidores. Absolutamente reveladoras en este sentido son las siguientes palabras de Daniel Moyano:

Por haberme criado y haber vivido del norte de Córdoba para arriba, o sea en América Latina según Enríquez Hureña [sic], yo siempre me he sentido más cerca de Rulfo que de Borges. La relectura de Borges no me dice tanto como la de Rulfo, que sigue conmoviéndome porque me habla de cosas que siento más verdaderas y más metafísicas que la metafísica repetitiva del maestro porteño. Rulfo, con la fuerza de su lenguaje y su verdad, me hizo olvidar a Borges, que se convirtió en esa novia de la adolescencia con la que no pudimos llegar a nada. No obstante, cada vez que me tocó enfrentarme otra vez con su fotografía, siempre le dediqué una sonrisa melancólica, recordando el antiguo cariño. Después, cuando aceptó que la dictadura chilena lo condecorara (mientras en mi país mataban entre otros miles a Conti y a Walsh) y alabó ante Pinochet a la junta presidida por Videla diciendo que en Argentina también mandaban los militares y que él prefería «la clara espada a la furtiva dinamita», le quité para siempre la sonrisa. Y conste que la pérdida me duele5.



Moyano deja claro el signo de su rechazo, poniendo de manifiesto, como tantos otros miembros de su generación, la conjunción que entre ética y estética marca sus escrituras e introduciendo un nuevo criterio de definición del grupo, aspecto ya apuntado que retomaré más adelante.

A partir de los años cuarenta y cincuenta, el espacio literario argentino experimenta un gran movimiento editorial que culmina en el boomde los años sesenta, con la proliferación de editoriales nuevas como EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), con su serie «Siglo y Medio» que se vendía en quioscos a bajo precio6, y el impulso de editoriales ya existentes (Emecé, Sudamericana, Losada) que convocan concursos literarios presididos por nombres como los de Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos o Leopoldo Marechal (recordemos que el jurado que otorga a Moyano, por su novela El oscuro, el premio Primera Plana-Sudamericana en 1968, estuvo compuesto por Gabriel García Márquez, Leopoldo Marechal y Augusto Roa Bastos). Todo ello contribuyó, a su vez, a la entrada en la escena literaria de autores que hasta entonces habían tenido cerradas las puertas del mercado bonaerense. En este sentido, apunta Daniel Moyano:

En mi caso, pertenezco a un grupo de escritores, no más de una docena, del interior de la Argentina, que teníamos un difícil acceso a Buenos Aires. La capital se manejaba con otras pautas que el resto del país. Están los catálogos de las editoriales como prueba: se prefería siempre publicar a un escritor inglés, sueco o checo que a un escritor nacional.
Así es como estábamos un poco huérfanos de editoriales y de amigos. No íbamos a Buenos Aires por razones obvias, atemorizados por la dificultad de abrirse paso7.



Moyano se refiere al papel que desempeñó Augusto Roa Bastos (por entonces en su exilio argentino) interesándose por su obra:

[...] Digo todo esto en cuanto al aspecto humano de Roa, que nos recibió, habló con nosotros y realizó gestiones ante las editoriales, logrando abrirnos algunas puertas, a nosotros, que éramos jóvenes, noveles y provincianos.
Augusto ya era un escritor muy respetado y una palabra suya, un prólogo suyo eran muy valiosos para escritores como nosotros8.



Idea que ratifica, entre otros, Juan José Saer:

[...] Augusto Roa Bastos supo interesarse por las obras de los nuevos escritores argentinos, de los escritores de mi generación. Gracias a su mediación algunos autores pudieron en algunos casos publicar sus primeros libros y en otros recibir una atención más adecuada de la crítica9.



En el famoso prólogo a La lombriz, de Daniel Moyano, Roa Bastos alude a una renovación que viene produciéndose en la «narrativa del interior» argentino, con valores como Antonio Di Benedetto, Ardiles Gray, Manauta, Tomás Eloy Martínez, Lagmanovich, Juan José Hernández, Juan José Saer (entre otros), quienes -en palabras de Roa- «han venido intentando una renovación de las formas y estructuras tradicionales». Se trataría de un grupo de escritores entre los veinte y cuarenta años que, siguiendo caminos muy distintos y sin formar grupos o escuelas definidas, llevan a cabo una superación del regionalismo a través de una «asunción real de lo local»10. Nos encontramos una vez más ante la eterna oposición entre Buenos Aires, la capital, y el interior condenado -por su condición provinciana- a desarrollar lo que se ha dado en llamar una «literatura regionalista»; criterio, como ya apunté desde un principio, absolutamente rechazable en cuanto no es más que el transplante de un conflicto de carácter sociológico -e incluso político- al ámbito literario. Un error de óptica que Roa Bastos delata señalando la superación de dichas limitaciones por estos escritores cuya única condición provinciana radicaría en la imposibilidad de acceder a un mercado editorial con sede en Buenos Aires11. Y aquí se inscribe la labor de apoyo que realizó Roa Bastos.

Los años setenta marcarán un profundo cambio con respecto a la situación precedente, viraje marcado por la crisis editorial, con el consiguiente cierre de muchos sellos editoriales y la falta de apoyo para los escritores que pierden gran parte de su público lector (absorbido por el gran mercado del bestseller). La nueva situación corre paralela al surgimiento de lo que se ha dado en llamar una «literatura de la dispersión y del exilio», con la salida de gran número de escritores fuera del país. Exilio voluntario o forzoso, motivado por razones de carácter económico y, sobre todo, de represión cultural o de raíz política (en 1976 se inicia la dictadura de la Junta Militar). Daniel Moyano hablará así de su generación como la «generación de las dictaduras», una generación que escribirá desde «la derrota»:

[...] hay una diferencia muy grande entre el boom y nosotros, los post-boom [...] El boomcoincide con unas palabras que dijo el Che Guevara «echaron a rodar las ruedas de la historia», se refiere a la gente que luchó en Cuba. Cuba o sea América Latina entra en la historia contemporánea con la revolución cubana [...] Entonces los escritores del boom vienen respaldados por este hecho histórico importantísimo, en cambio nosotros, los escritores del post-boom, somos los escritores -ellos son los escritores del triunfo-, nosotros somos los escritores de las dictaduras, los escritores de la derrota, hablo de Juan José Hernández, Haroldo Conti, Antonio Di Benedetto, de Vanasco, Verbitsky, Rodolfo Walsh12.



Claras y tajantes son las manifestaciones de la mayor parte, por no decir todos, de estos escritores («hijos de la esperanza de la revolución cubana e hijos también de la tortura y del genocidio»«hijos de la escasez y de la crisis», en palabras de Daniel Moyano13) sobre ese trágico período y en sus obras, bien desde claves simbólicas y/o clara y directamente, han tematizado el horror de la apoteosis de violencia que marcó esa etapa de la historia argentina. Puede apuntarse, de manera general, un camino o trayectoria progresiva, desde la alegoría a la expresión directa de esas tremendas realidades.

Figuraciones de ese período de la historia argentina que se unen a una general y amplia desmitificación, en textos de variado carácter, de tópicos de la historia y cultura argentina, junto a un cierto interés o necesidad «testimonial» (y utilizo este término con todas las reservas) que, sin ahogar al relato -ese interés se asume como necesidad ética interior, personal-, subyace en cada una de sus propuestas. Directo es Daniel Moyano a este respecto, cuando se le pregunta las razones que motivaron la escritura de Libro de navíos y borrascas:

porque unos militares en 1976 tomaron el poder y mataron a 30.000 personas, entre ellos a muchos escritores que en su mayoría eran mis amigos. Otros fueron encarcelados y algunos consiguieron la opción de abandonar el país, los sacaron de la cárcel y los metieron en un barco14.



Y cuando alude a la evasiva escritura argentina frente a la tradición marcada por Echevarría, Hernández o Sarmiento, sin por ello abogar por una «literatura testimonial»:

En un encuentro de escritores y críticos que se realizó el año pasado en Alemania, los representantes de la Argentina reivindicaron una literatura de pura imaginación, desentendida de la realidad. Pienso que esa postura era una negación. Era sólo para tratar de huir de una realidad atroz [...] Un relato puede ser comprometido sin dejar de ser imaginativo. También recuerdo que en plena dictadura militar, Abelardo Castillo declara para la TV española que no se podía hablar de la tortura porque eso le correspondía a la próxima generación. Me dolió mucho. Yo creo que hay que hablar de la tortura aun mientras están torturando, pero sin fotocopiarla. Hay que recrearla y contarla para que luego -como decía Sartre- nadie se diga inocente15.



En el estudio de Virginia Gil sobre la obra de Moyano16 puede verse el recorrido que esa figuración de la tortura recorre en la obra del escritor, y a él me remito: desde los viejos habitantes de Villa Violín, de El trino del diablo, con sus dedos artríticos a causa del agua helada que cada día arrojan sobre ellos camiones especiales y que determinados días unos hombres estiran para tomarles huellas dactilares; pasando por los interrogatorios a que se ven sometidos los Aballay en El vuelo del tigre y por la operación para extirpar la memoria en Tres golpes de timbal17, hasta la cruda expresión de la tortura, la violencia y sus consecuencias en el capítulo XI de Libro de navíos y borrascas.

En gran parte de la escritura posterior de los escritores que conforman dicha generación (y de escritores posteriores) puede verse un rechazo al puro «testimonio directo» como opción y vía posible de escritura, si bien muchos de ellos recurren al «género testimonial», a la «escritura histórica» o a la «literatura ensayística» para «contar su verdad» (o cuestionar, en último término, toda Verdad impuesta), pero en todo momento redefiniendo los límites de esos géneros para abordarlos bien desde la parodia, la ironía, el mito o la desmitificación (pensemos en Saer, en Tizón o en el mismo Piglia).

En definitiva, en el marco al que aludíamos, todos estos autores entran sin dificultad dentro de esa «generación de la derrota» de la que habla Daniel Moyano18, escritores que, ante una realidad rota, no duda en hacerse eco de ella, denunciándola. Como decía, la urgencia histórica reclama del escritor la conjunción de ética y estética, si bien, gran parte de ellos lo harán con altas dosis de ironía, utilizando el humor como elemento de choque y sin dejar nunca que su mirada se reduzca a una imagen parcial o concreta del panorama argentino, sino ampliando su visión para dar cuenta de un panorama universal de descentramiento y crisis de los valores humanos. Se convierten entonces, como ha apuntado Virginia Gil19, en «habitantes del pozo», un «pozo» que ya no es patrimonio exclusivo de Onetti, ni de Sábato, sino que también pertenece, por derecho propio, a Juan José Hernández, Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano, Juan José Saer...

La literatura argentina se fractura: por un lado nos encontramos con un conjunto de obras que se producen en el exterior, muchas de ellas desconocidas o mal conocidas en el país y, por otro, con un sector de la narrativa nacional que sufre el exilio interno y su marginación con respecto a la cultura oficial (evidentes dificultades de publicación, literatura alejada y en oposición a los círculos oficiales). Experiencias de escritura que se condensan en una única, la del desarraigo, la marginación, la soledad y, en suma, el exilio, expresada en la obra de estos narradores que, después de un proceso altamente doloroso, convierten ese exilio en una «condición de escritura» que permite -en palabras de Juan José Saer- asumir «la perspectiva exterior» para comprender mejor su situación en el mundo y llegar a descubrir, entre otras cosas, esa patria que es la infancia20.

Cabe preguntarse entonces, y así lo han hecho escritores y críticos, ¿hasta qué punto una experiencia como la de la dictadura puede llevar, o llevó, a la inauguración de un nuevo lenguaje estético? Ante el innombrable horror de la violencia y la represión, un mismo imperativo parece instar a los escritores a escribir esa historia. El propio Daniel Moyano al hablar de su generación, la de los escritores nacidos en torno a los años treinta, matiza señalando «hablo de los escritores que nos opusimos a la dictadura militar iniciada en 1976», como criterio absolutamente unido al grupo del que se considera miembro, un elemento de absoluta importancia al definirse dentro del grupo21. Lo real político, histórico, entra así en la literatura y lo hace abandonando los cauces del realismo tradicional, a través de estrategias narrativas muy elaboradas basadas generalmente en una presentación alegórica de la violencia. Podría pensarse en una suerte de autocensura que obliga a buscar formas alternativas para nombrar la violencia, pero los ejemplos concretos parecen relacionarlo más con las líneas de una escritura que, desde opciones estéticas personales, desde proyectos estéticos claramente definidos en su trayectoria, ha ido abriendo caminos a la experimentación separándose así de las formas del realismo tradicional e inaugurando un nuevo realismo.

No obstante, y al margen de las impugnaciones del realismo tradicional que recorren las décadas a las que hacemos referencia, está claro que desde los parámetros estéticos y los arquetipos de la experiencia humana tradicionales no va a ser posible explicar una realidad desbordante y excéntrica como fue la de la Argentina de la dictadura. Si Theodor Adorno se preguntaba «¿cómo escribir después de Auschwitz?», los escritores argentinos se enfrentan también al interrogante de ¿cómo nombrar lo innombrable?, ¿cómo narrar cuando no se puede nombrar el horror? El realismo en sí mismo ya no servirá -es una estética agotada- y la literatura argentina responderá a esta pregunta por caminos diversos aunque coincidentes, como apunta Cristina Piña, en el uso de estrategias de descentramiento: la metáfora, la alegoría, la alusión o incluso la representación paródica22. Es reseñable, además, que en la mayor parte de los casos esa figuración de la violencia -que se va haciendo, como apuntaba, cada vez más explícita hasta llegar a la expresión más o menos directa- no se limita a la realidad argentina del momento, sino que trasciende esos límites para aludir a toda violencia, superando cualquier marco temporal y espacial, en una tendencia general hacia el universalismo que traspasa las creaciones. Y no sólo en cuanto a la figuración de la violencia se refiere, ya que su significación alcanza, como ya apuntaba, a cualquier realidad humana, objeto central de los proyectos. Se trata, en suma, como señalaba Roa Bastos, de autores que superan con creces cualquier limitación geográfica para hacer una literatura que ahonda en los conflictos humanos desde un «realismo profundo» que intenta ser un «sondeo de todo lo real, de sus estratos más ricos o inéditos» para lograr «una imagen del individuo y de la colectividad frente a sus propias circunstancias, lo más completa y comprometida posible con la totalidad de la experiencia vital y espiritual del hombre de nuestro tiempo»23.

Se trataría pues de una doble vía, en la que confluirían tendencias de carácter estético (marcadas por un profundo conocimiento del lenguaje y la escritura, tras un intenso ejercicio de experimentación) con claras motivaciones de orden ético (un tener que y un poder hablar de lo innombrable, más allá de toda censura externa), para caminar hacia el encuentro de un nuevo realismo, recogiendo, aquí, el magisterio de la vanguardia:

sin entrar en la obscenidad de los detalles, el realismo mata las cosas y esto lo sabemos desde los poetas surrealistas, nombrar una cosa es quitarle ya, las tres cuartas partes de su valor, hay que sugerirlo o lo que decía Cortázar «No nombrés la gaviota, que vuele en tu cuento»24.



La literatura se concibe así no como copia de lo real, sino como indagación, como «instrumento de investigación» (Moyano), de «conocimiento» o «redescubrimiento» (Saer) de la realidad. Se trataría, en palabras de Roa Bastos de un realismo «profundo» (por el hecho de«ser objetivo»«de querer ser un sondeo de todo lo real, de sus estratos más ricos e inéditos») que opera «en profundidad», no tratando «de duplicar lo visible -módica operación que se resuelve siempre en falsificación- sino, principalmente, de ayudar a ver en la opacidad y ambigüedad del mundo...»; y quizás, sobre todo -podemos añadir-, de redescubrir ese mundo siendo, precisamente, conscientes de su opacidad y ambigüedad. Esta marca, seña de la modernidad, es una de las huellas fundamentales que recoge la narrativa argentina contemporánea, en esa línea se desarrollarán los trabajos posteriores de Saer o Martini, la narrativa de Ricardo Piglia, de Aira, de Fogwill o de Sergio Chejfec25, entre otros.

Desde estos presupuestos, diseñados por la escritura argentina contemporánea, todo «folklorismo», «localismo» o «nacionalismo» aplicado a la literatura queda anulado. En ningún caso podremos hablar de «autenticidad», de recuperación o reconstrucción de una determinada «zona» o lugar, sino de elaboración, de transformación de esa «zona» para la construcción de un mundo, de un espacio poético propio, privado y personal. Ese espacio y esa lengua poética borra así toda frontera para permitirse hablar «de cualquier cosa», para remitirnos no a una zona o mundo determinado sino a «el mundo», constituyendo así una geografía única y esencialmente estética. Porque, como reitera una y otra vez la escritura literaria, si bien lo «nacional», «regional» o «local» puede ser rastreado como componente extraliterario en cualquier obra, la fuerza de esa creación no reside en su valor referencial sino en la posibilidad de acceder, a través de lo particular y propio, a lo general y universal, a la patria misma de la literatura. Una patria literaria que es la que definen, desde distintas y varias perspectivas, las escrituras argentinas de la segunda mitad de siglo XX.

  
1
Este trabajo forma parte de un proyecto de investigación postdoctoral subvencionado por la Consejería de Educación y Cultura del Principado de Asturias dentro del Plan de Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación (I+D+I) de Asturias 2000-2001.
  
2
Entrevista a Daniel Moyano en «Encuesta a la literatura argentina contemporánea. Daniel Moyano. Martha Mercader. Carlos Somigliana. Jorge Cruz», Capítulo. La historia de la literatura argentinan.º 135, Buenos Aires, CEALpp. 173-174. La misma idea en Rita Gnutzmann, «Entrevista con Daniel Moyano», Hispamérica [Gaithersburg], n.º 46-47, año XVI, abril-mayo 1987, p. 114.
  
3
Carlos Mamonde y Andrés Schmidt, «Tres golpes de timbal» (reportaje a Daniel Moyano),El Gran Dragón Rojo [Villa María], mayo 1990, pp. 2-5.
  
4
Vid. a este respecto Ana M.ª Amar Sánchez, Mirta E. Stern y Ana M.ª Zubieta, «La narrativa entre 1960 y 1970. Saer, Puig y las últimas promociones», Capítulo. La historia de la literatura argentina, n.º 126, Buenos Aires, CEAL, 1981.
  
5
Daniel Moyano, «Opinión sobre Borges», Página 12 [Buenos Aires], junio 1988.
  
6
Los veinte primeros números aparecieron en mayo de 1960, con una marcada preferencia por el relato breve o el cuento, que contó con un cultivo destacado por parte de esta «generación del 60» (vid. Seminario de Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz, «El cuento 1959-1970»,Capítulo. La historia de la literatura argentina, n.º 107, Buenos Aires, CEAL, 1981).
  
7
Intervención de Daniel Moyano en Semana de autor. Augusto Roa Bastos (11-14 de noviembre de 1985), Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana-Ediciones de Cultura Hispánica, 1986, p. 23.
  
8
Ibid., pp. 23-24.
  
9
Intervención de Saer en Ibid., p. 64.
  
10
Augusto Roa Bastos, «Realismo profundo en los cuentos de Daniel de Moyano», prólogo a Daniel Moyano, La lombriz, Buenos Aires, Ediciones Nueve de Mayo, 1964, pp. 7-14. Este estudio aparece publicado, a su vez, en La Gaceta [Buenos Aires], domingo 7 de junio de 1964; y, con algunas variaciones, como prólogo a Daniel Moyano, El Trino del Diablo y otras modulaciones, Barcelona, Ediciones B, 1988, pp. 5-8.
  
11

Apunta en este sentido David Lagmanovich: «Cuando Daniel Moyano, Tomás Eloy Martínez y Héctor Tizón vivían respectivamente en La Rioja, en Tucumán y en Jujuy, escribían bien, muy bien, pero tenían pocos lectores. Eran escritores "regionales". Hoy, que tienen acceso a las grandes editoriales e incluso al mercado internacional, son escritores argentinos». Y señala:«Pienso que lo "regional" es aquello no procesado a través de un gran mecanismo de acceso a la cultura, que tiene sede en Buenos Aires. Entonces la literatura del interior, y sus autores, quedan marginalizados» (David Lagmanovich, «La literatura regional argentina y sus claves», La Gaceta [Tucumán], 16 de octubre de 1988).
  
12

Carlos Mamonde y Andrés Schmidt, cit.p. 5.
  
13

Daniel Moyano, «Bioy Casares y nosotros», El Mundo [Madrid], 23 abril 1991, p. 4.
  
14

Daniel Moyano, «Razones de una literatura: Libro de navíos y borrascas», en Lo real maravilloso en Hispanoamérica (Actas del I Simposio Internacional de Literatura Iberoamericana, Cáceres 19-22 noviembre 1990), Junta de Extremadura, Salamanca, 1990, p. 231.
  
15

A. Schettini, «La tortura del verbo», suplemento «Culturas», Página 12 [Buenos Aires], 15 enero 1989.
  
16

Virginia Gil Amate, Daniel Moyano: la búsqueda de una explicación, Oviedo, Departamento de Filología Española-Universidad de Oviedo, 1993, pp. 164-168.
  
17

«Yo no te digo que tenemos que vivir escribiendo de la tortura, en Tres golpes de timbal yo cuento una tortura, pero a mi manera, es un viejo que sabe una canción prohibida, y se la quieren sacar de adentro entonces le meten la mano por el esófago y tratan de sacarle la canción, pero el viejo la ha mezclado con otras cosas para que no se la puedan sacar por la garganta ¿no? y bueno yo he intentado cantar la tortura a través de una canción» (Declaración de Moyano en Carlos Mamonde y Andrés Schmidt, cit., p. 4).
  
18

«Nosotros escribimos desde la derrota, bajo dictaduras, no bajo triunfos. Muchos escritores, como Haroldo Conti o Rodolfo Walsh, murieron a manos de los militares, mientras que A. di Benedetto murió con efectos retroactivos debido a las torturas» (E. Rodríguez, «Daniel Moyano, la literatura hecha música» (entrevista), El Mundo [Madrid], 7 enero de 1990).
  
19

Virginia Gil Amate, «Un presente eterno», suplemento «Cultura», La Nueva España[Oviedo], 10 julio 1992, p. 40.
  
20

«[...] el escritor escribe siempre desde un lugar, y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar, porque no se trata de un simple lugar que el escritor ocupa con su cuerpo, un fragmento del espacio exterior desde cuyo centro el escritor está contemplándolo, sino de un lugar que está más bien dentro del sujeto, que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna, voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar, lo escrito [...] Ese lugar no tiene nada que ver con la procedencia genérica que atribuyen los documentos de identidad, sino con los sitios reales en los que, por razones complejas, lo empírico constituye los modelos decisivos de lo imaginario [...] Dondequiera que esté, el escritor escribe siempre desde ese lugar que lo impregna y que es el lugar de la infancia» (Juan José Saer, «Literatura y crisis argentina», en Karl Kohut y Andrea Pagni (eds.), Literatura argentina hoy. De la dictadura a la democracia, Frankfurt am Main, Vervuert, 1993, p. 108).

  
21
Daniel Moyano, «Bioy Casares y nosotros», cit.
  
22
Cristina Piña, «La narrativa argentina de los años setenta y ochenta», Cuadernos Hispanoamericanos [Madrid], n.º 517-519 (La cultura argentina. De la dictadura a la democracia), julio-septiembre 1993, p. 125.
  
23
Augusto Roa Bastos, prólogo cit.
  
24
Palabras de Daniel Moyano en Carlos Mamonde y Andrés Schmidt, cit., p. 4.
  
25
Significativas son las siguientes palabras de Sergio Chejfec: «Nunca será exagerado mi agradecimiento a la obra de Saer y de Aira. Las lecturas me ayuda a escribir, y a veces también me impulsan [...] Saer y Di Benedetto son los dos argentinos que más logradamente han escrito sobre La Gran Trinidad (según el Tomatis de Lo imborrable): el entrelazamiento fluido de percepción, acontecer y recuerdo que nos deposita a cada instante en el mundo como náufragos; allí radica la razón de ser de la literatura.
»Desde otro punto de vista, teniendo en cuenta el riesgo estético implícito en las propias obras, diría que con el tiempo aumenta el asumido por Piglia» (En Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 1993, pp. 151-152).

Siempre desde un lugar

«[...] el escritor escribe siempre desde un lugar, y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar, porque no se trata de un simple lugar que el escritor ocupa con su cuerpo, un fragmento del espacio exterior desde cuyo centro el escritor está contemplándolo, sino de un lugar que está más bien dentro del sujeto, que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna, voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar, lo escrito [...] Ese lugar no tiene nada que ver con la procedencia genérica que atribuyen los documentos de identidad, sino con los sitios reales en los que, por razones complejas, lo empírico constituye los modelos decisivos de lo imaginario [...] Dondequiera que esté, el escritor escribe siempre desde ese lugar que lo impregna y que es el lugar de la infancia»




(Juan José Saer, «Literatura y crisis argentina», en Karl Kohut y Andrea Pagni (eds.), Literatura argentina hoy. De la dictadura a la democracia, Frankfurt am Main, Vervuert, 1993, p. 108).

Literatura regional argentina

Apunta en este sentido David Lagmanovich: «Cuando Daniel Moyano, Tomás Eloy Martínez y Héctor Tizón vivían respectivamente en La Rioja, en Tucumán y en Jujuy, escribían bien, muy bien, pero tenían pocos lectores. Eran escritores "regionales". Hoy, que tienen acceso a las grandes editoriales e incluso al mercado internacional, son escritores argentinos». Y señala: «Pienso que lo "regional" es aquello no procesado a través de un gran mecanismo de acceso a la cultura, que tiene sede en Buenos Aires. Entonces la literatura del interior, y sus autores, quedan marginalizados» (David Lagmanovich, «La literatura regional argentina y sus claves», La Gaceta [Tucumán], 16 de octubre de 1988).

7 de febrero de 2015

Octubre Entre Ríos

XVIII Congreso Nacional de Literatura Argentina
Construyendo un mapa federal de la Literatura Argentina:Hibridaciones, Reescrituras y Conflictos
En el aura de Juan L. Ortiz, Juan José Manauta y Carlos Mastronardi

La Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos, invita a escritores, docentes y estudiantes, investigadores, estudiosos y críticos de la literatura a participar del XVIII Congreso Nacional de Literatura Argentina, a celebrarse en Paraná, Entre Ríos, los días 8, 9 y 10 de octubre de 2015

pdfPRIMERA CIRCULAR



Tomado de http://fhaycs-uader.edu.ar/index.php/secretarias/secretaria-de-comunicacion/novedades-sitio-noticias/actividades-fhaycs/3117-congreso-literatura

22 de enero de 2015

Realismos adjetivados

1º Congreso Internacional CELEHIS de Literatura 
Novela y representación en el discurso crítico de la pos-dictadura[1]
José Luis De Diego - Univ. Nacional de La Plata

Cuando en el campo de la novela -mucho más que en cualquier otro género- debemos ocuparnos del orden de la representación y de lo representado, parece inevitable enfrentarnos a una de las categorías más transitadas por la crítica: el realismo. Si gran parte de la producción literaria del siglo XX intentó explicarse mediante la oposición realismo/vanguardia, aún es fácil percibir que el realismo pervive en muchos casos como el elemento dado o no marcado, y la vanguardia como lo marcado, como su reverso negativo. Incluso uno de los autores que mejor comprendió la significación de los movimientos de vanguardia, como Adorno, se refiere a la negatividad como una de sus características definitorias. Sin embargo, a medida que el tiempo pasó y que la vanguardia se fue consolidando como una suerte de clasicismo de nuestro siglo -a medida que los extravagantes y sofisticados pintores fueron ingresando al museo, según la conocida reflexión de Edoardo Sanguinetti[2]-, fue perdiendo su carácter transgresivo, y la progresiva aceptación social fue neutralizando los ribetes más escandalosos que rodearon su irrupción en los comienzos del siglo. La asociación entre vanguardia estética y vanguardia política postulada en los sesentas fue el último intento de dotar al campo estético de una virulencia revolucionaria que ya estaba en vías de extinción. A partir de allí, la vanguardia pareció fragmentarse entre los clásicos ya aceptados por el mercado y los nostálgicos de los sesentas -artistas que profesionalizaron su histrionismo, hippies de más de cincuenta años, constantes reciclamientos de grupos y hits musicales de entonces-: hoy, como afirma Piglia, la vanguardia es un género como cualquier otro. Desde esta perspectiva, es menester preguntarse si es posible referirnos a la producción novelística de las últimas décadas sin desembocar en el binarismo fatal de textos realistas vs. textos antirrealistas (otra vez, la negatividad, la definición por oposición). Todo indica que la respuesta a esa pregunta es negativa: a pesar de haber soportado críticas y severos cuestionamientos teóricos, la categoría "realismo" parece soportar inmune esos ataques.
¿Cuáles son las "soluciones" que han encontrado escritores y críticos para continuar aferrados a una categoría tan vapuleada?. Una solución es la adjetivación, un realismo adjetivado. Mediante este procedimiento, la categoría ha sido rescatada aun por sus más acérrimos detractores: así, un realismo de otro signo debía oponerse al realismo ingenuo o realismo decimonónico, un realismo crítico debía afirmarse frente a los imperativos del realismo socialista; y frente al crudo realismo de las llamadas "novelas de la tierra", se levantó en los sesentas la bandera del realismo mágico maravilloso[3]. En nuestro país, ese gesto se puede advertir nítidamente en el "rescate" de la figura de Roberto Arlt; si se trata de un escritor realista, su realismo es metafísico -según la afirmación de Oscar Masotta[4]-, o excéntrico, de acuerdo con la formulación de Piglia ("Es demasiado excéntrico para los esquemas del realismo social y demasiado realista para los cánones del esteticismo"[5]). La adjetivación persiste incluso en escritores más recientes, cuyos textos difícilmente puedan ser calificados de realistas: César Aira, por ejemplo, afirmó que toda la literatura podía reducirse a variaciones sobre el realismo[6]; Marcelo Cohen habló de realismo inseguro[7]; Alberto Laiseca, de realismo delirante[8]. Aun cuando las formulaciones se acerquen a oximora más o menos llamativos, nadie parece escapar a la tentación de hablar de realismo toda vez que se refiere a su propio proyecto creador.
Una segunda solución busca referirse a un orden -o desorden- de cosas previo a su elaboración estética: no se habla, en este caso, de "realismo" sino de lo real. Así lo planteó Beatriz Sarlo con referencia a los textos producidos en años de la dictadura[9]:
En un espacio difícilmente ocupable en los años del proceso, la literatura intentó, más que proporcionar respuestas articuladas y completas, rodear ese núcleo resistente y terrible que podía denominarse lo real. (p. 35)
Y es precisamente esa resistencia de lo real la que parece terminar con la ilusión de la representación mimética:
¿Qué vincula a todos estos textos, diferentes por sus estrategias literarias y por sus posiciones ideológicas, escritos en la Argentina y en el exilio? Por un lado, un grado de resistencia a pensar que la experiencia del último período pueda confiarse a la representación realista. (p.57)
Pero es aquí cuando debemos volver a las formulaciones previas: porque es cierto que la resistencia de lo real acaba con la ilusión mimética, lo que no se puede demostrar fácilmente es que "ese núcleo resistente y terrible" pueda ser asociado a una coyuntura histórica o política determinada. Dicho de otro modo, por lo menos desde Macedonio Fernández y Borges, lo real es siempre "un núcleo resistente y terrible", y cualquier intento de dar cuenta de lo real mediante "un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos"[10] estará condenado al fracaso. Los ejemplos en Borges abundan y han sido citados numerosas veces; baste recordar el breve texto que cierra su primer libro de relatos -"Del rigor en la ciencia", en Historia universal de la infamia; más tarde reeditado en El hacedor-: desde entonces, todo intento de postular alguna forma de coincidencia entre el orden de lo real y el orden del lenguaje será sometido a disparatadas reductio ad absurdum: la memoria de Funes es un "vaciadero de basura", los mapas de los cartógrafos del Imperio perduran despedazados, el intento de Carlos Argentino Daneri es ridiculizado de antemano. Por tanto, si coincidimos en lo tantas veces repetido, en que la figura de Borges es el referente canónico más fuerte durante los ochentas, es posible advertir su legado en los novelistas de entonces: la imposibilidad de representar lo real, la desconfianza en la lengua como instrumento de esa representación imposible, el abandono de motivaciones históricas o psicológicas como órdenes previos a su elaboración discursiva. Los escritores encontraban en los textos de Borges aquello que por los mismos años descubrían en las complejas formulaciones de filósofos y pensadores extranjeros, especialmente franceses. Así, la lectura de Michel Foucault, Jacques Lacan, Roland Barthes, Jacques Derrida y otros, posibilitó dos operaciones: por un lado, de revaloración de o de retorno a Borges desde afuera -baste recordar el celebrado prólogo de Las palabras y las cosas, de Foucault, que comienza con una cita de Borges-; por otro, de coincidencia o confluencia de las llamadas teorías del texto o del intertexto -como prefiere Sarlo- con postulados teóricos que Borges había ficcionalizado treinta o cuarenta años antes. Se puede citar, a manera de ejemplo, la muy difundida Lección inaugural..., de Barthes:
Desde la antigüedad hasta los intentos de la vanguardia, la literatura se afana por representar algo. ¿Qué?. Yo diría brutalmente: lo real. Lo real no es representable, y es debido a que los hombres quieren sin cesar representarlo mediante palabras que existe una historia de la literatura. (...) Podría imaginarse una historia de la literatura (...), que fuera la historia de los expedientes verbales, a menudo muy locos, que los hombres han utilizado para reducir, domeñar, negar o por el contrario asumir lo quesiempre es un delirio, a saber, la inadecuación fundamental del lenguaje y de lo real.[11] (pp. 127-128. La cursiva en el original)
Lo que para entonces resultaba novedoso es que la "inadecuación fundamental" no es sólo un fenómeno del siglo XX; en todo caso, el siglo XX hizo ostensible lo que "siempre es un delirio", aun en los momentos de apogeo de lo que el mismo Barthes llamó "la ilusión referencial". Así, desde mediados de los cincuenta, la crítica francesa brinda los instrumentos teóricos que posibilitarán la demolición de la tradición realista y, en la Argentina de los años setentas, la revalorización de un Borges "procesado en la teoría literaria que tiene como centro al intertexto".
Sin embargo, el aserto de Sarlo en lo que se refiere a "los años setenta" -según lo hemos visto, por ejemplo, en la operaciones críticas de Los Libros, en las que se advierten con nitidez las marcas de la crítica francesa- no parece proyectarse a los ochentas. Porque si a la lectura "contenidista" de los sesentas sucedió la lectura "procesada en la teoría literaria" de los setentas, no es ni una ni otra la que prevalece en los ochentas -recordemos que el texto de Sarlo es del ‘83-. Es posible identificar la recepción de Borges en los ochentas con la tarea crítica -y esto incluye tanto textos ensayísticos como de ficción- de Piglia y de Saer, dos de los escritores "faro" de las últimas décadas: se podría afirmar que esa tarea crítica coincide, por un lado, en un rechazo -o por lo menos abandono- de los postulados de la crítica francesa -la celebrada intertextualidad de los textos borgeanos-; y por otro, en un rescate de cuanto hay en la obra de Borges de irreductibilidad y de radicalidad toda vez que se piensan las sinuosas relaciones entre ficción y política. Es finalmente esta lectura la que permite asociar a Borges con Arlt en el podio canónico, asociación que aparecía como imposible entre dos autores que siempre había sido vistos como antagónicos; a ese podio se sumará también -y diría que por las mismas razones- Macedonio Fernández, otro autor que, salvo en las aisladas reivindicaciones ya mencionadas de Literal y de Crisis, apareció desdibujado en los primerossetentas, frente a la omnipresencia de Cortázar, Marechal y Sábato, entre otros. Desde esta perspectiva, que Piglia y Saer han desarrollado y consolidado, lo real ya no es un orden externo y previo al que la literatura puede -y debe- transformar en su objeto, ni tampoco un orden sólo discursivo, una construcción lingüística, de palabras, que, en el juego intertextual, no hace más que predicar su esterilidad para representar la radical alteridad de las cosas[12]lo real es, ahora, "un núcleo resistente y terrible" (Sarlo), "un núcleo secreto" (Piglia), "una selva espesa" (Saer), una dimensión que es menester explorar, problematizar y densificar, exponiendo su carácter enigmático e irreductible. Contra el afán totalizante del realismo clásico, contra los juegos experimentales de una vanguardia agotada, contra la barbarie monolítica y excluyente del discurso autoritario, contra las variadas formas del progresismo bienintencionado, contra la pretendida transparencia de los mensajes mediáticos: allí es donde la literatura se encuentra con la política, en una política de la escritura, permanentemente atenta no sólo a los modos de situarse en una tradición que reconoce como propia, sino también plenamente consciente de los modos de circulación material de los bienes simbólicos en el mercado. Se postula, de esta manera, un nueva teoría de los vínculos entre literatura y política que a primera vista parece paradójica: en el gesto de retirar la literatura de la política -concebida como en los años setenta-, se reafirma el carácter político de su función:
Si se piensa en Roberto Arlt, se ve que Arlt es la verdadera literatura política. Un tipo que nunca hablaba de Irigoyen, que nunca hablaba de lo inmediato, que nunca hablaba de lo que estaba pasando. Y en su tiempo había, claro, muchos otros que estaban escribiendo novelas simultáneamente con él, que hablaban de las huelgas y de los conflictos y los contenidos inmediatos; pero fue Arlt el que captó el núcleo secreto de la política argentina... (Ricardo Piglia, Critica y ficciónCit.; pp. 192-193)
No se trata de ver la presencia de la realidad en la ficción (realismo), sino de ver la presencia de la ficción en la realidad (utopía). El hombre realista contra el hombre utópico. En el fondo son dos maneras de concebir la eficacia y la verdad. (Ricardo Piglia, Critica y ficciónCit.; p. 206)
Pero pienso que es imposible no tener en cuenta las objeciones fundamentales que Macedonio opone a la novela, porque su crítica de la novela no es otra cosa que una crítica de lo real. Mi primera preocupación de escritor es, en consecuencia, esa crítica de lo que se presenta como real y a la cual todo el resto debe estar subordinado. (Juan José Saer, El concepto de ficciónCit.; p. 268)
Un escritor no se representa más que a sí mismo (...). Preservar la capacidad iluminadora de la experiencia poética, su especificidad como instrumento de conocimiento antropológico, éste es, me parece, el trabajo que todo escritor riguroso debe proponerse. Esta posición, que puede parecer estetizante o individualista, es por el contrario eminentemente política. (Juan José Saer, El concepto de ficciónCit.; pp. 291-292. La cursiva en el original)
Cuando el Proceso agonizaba, el lector argentino fue bombardeado con una cantidad enorme de textos -que sólo misericordiosamente podríamos llamar narrativos- que trataban de la tortura, de la crueldad de los verdugos, de la eventual santidad de los torturados. Creo que, aún con todas las deficiencias de la prensa argentina, ésas que no eran más que crónicas, podían leerse mucho mejor en las páginas de cualquier diario. (Andrés Rivera, en Saavedra, Guillermo. La curiosidad impertinenteCit.; p. 60).
Cuando el contexto se satura de discursos sobre la realidad, todos esos escritores realistas o populistas se ven en un callejón sin salida y toman dos caminos: o se ponen a escribir novelas históricas o escriben novelas utópicas, en ambos casos alegóricas y de ningún modo verdaderamente políticas. (Luis Gusmán, en Saavedra, Guillermo. La curiosidad impertinenteCit.; p. 130).
Como se ve, la impugnación del realismo ya no viene de la mano de poéticas vanguardistas o antirrealistas, en el sentido de una oposición que marcó las prácticas estéticas de los sesentas y los primeros setentas, y demuestra hasta qué punto esa oposición -todavía presente en numerosos esquemas de la crítica literaria- resulta insuficiente y aun anacrónica para intentar explicar o meramente caracterizar la producción literaria de los ochentas. Porque al desplazar el objeto de la discusión desde el realismo -y con él, del valor representativo de la literatura (por ejemplo, los debates teóricos sobre la teoría del reflejo)- a lo real, el interrogante que se plantean los escritores -y con ellos, los críticos[13]- cambia: ya no es cómo dar cuenta de la totalidad del mundo social, ni tampoco cómo dar cuenta de ciertos fragmentos de esa totalidad que por su carácter significativo permitan ver el todo; pero tampoco el gesto vanguardista -antirrealista- que celebra la autonomía del arte como una forma de emancipación de la fidelidad al realismo para afirmar otra fidelidad a otra realidad, a la que sólo podrá accederse en la medida en que se modifiquen radicalmente los instrumentos y las técnicas de representación. Lo que aparece ahora, y es perceptible en la narrativa de los ochentas, no es ni la fidelidad ni la ruptura respecto de lo real, sino la incertidumbre; se abandonan las actitudes celebratorias y arrogantes (ya sea en el sentido que la literatura puede modificar la realidad, o en el sentido que la literatura puede emanciparse de la realidad) y se instala el interrogante: quiero decir que el interrogante no es previo a la representación, sino que el interrogante es el principio constructivo de la representación. Es el interrogante que atraviesa los principales textos de los inicios de la década: Respiración artificial (1980), de Piglia;Nadie nada nunca (1980), de Saer; La vida entera (1981), de Martini; El vuelo del tigre (1981), de Moyano.
¿Es posible explicar -o al menos conjeturar- las causas de estas transformaciones?. En diciembre de 1983, dijimos, Beatriz Sarlo publica su "Literatura y política", y en el número previo de Punto de Vista, de agosto del mismo año, Nora Catelli escribe un artículo titulado "La vuelta a la narración"[14]. Lo interesante de contrastar ambos textos, tan cercanos en el tiempo, es el hecho de verificar que lo que Catelli describe como un fenómeno generalizado, aplicable a la literatura occidental, Sarlo lo describe como un fenómeno localizado, aplicable a la literatura argentina. En su trabajo, Catelli se refiere a la publicación en 1981 de La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa, y de Il nome della rosa, de Umberto Eco (traducida al castellano en 1982 y editada por Bruguera). Estos textos parecen demostrar una serie de transformaciones que caracterizarán la novela de los ochentas: el agotamiento de la experimentación y la "vuelta a la narración". Catelli se vale de la figura de la célebre parábola bíblica para hablar del "novelista pródigo": el novelista que ha vuelto a la narración ya no es el mismo:
Existe entonces la certidumbre, en muchos escritores, de que los caminos experimentales han llevado a la novela a un estado de súbita caducidad, de inmediata obsolencia [sic] y vejez.(...) Retorno ambiguo, cargado de interrogantes el del novelista pródigo.(...) Esta novela híbrida -que quizás no existe particularmente pero cuyas características se pueden esbozar a partir de muchas- debe ser, para satisfacer el "gusto", más y menos que la historia, más y menos que la aventura y el crimen. Su exceso o su carencia deben apuntar al reino de la escritura donde se sigue novelando, de una vez para siempre, el acto mismo de escribir. Escribiendo una novela nueva-vieja donde pasan cosas que no son las de la escritura sino las del mundo, el novelista vive la ilusión de un encuentro placentero con el lector, de un encuentro más fácil. Pero el novelista pródigo no ha renunciado a su pasado experimental. (p. 39)
La emergencia del novelista pródigo y de la vuelta a la narración implica, según Catelli, un replanteo de la cuestión del realismo, y se pregunta: "¿No es esta vuelta a la narratividad un experimentalismo al revés?". El novelista pródigo ha perdido la inocencia: quiere volver a narrar y sólo tiene entre manos un instrumento del cual desconfía. Ya no puede haber pacto de transparencia ni ilusión de totalidad. Concluye Catelli:
Se ha dicho y es aceptado que lo narrativo tradicional tiende a la transparencia y que la novela de vanguardia opaca las palabras, enrarece sus resonancias más habituales, "dialectiza" la visión y la lectura. Pero lo narrativo tradicional era transparente cuando era completo... (...) En cambio, la nueva narrativa es neuróticamente parcial, es conscientemente expresionista, está abiertamente fracturada, fraccionada, dividida. (p. 40)
En "Literatura y política", Sarlo reafirma este diagnóstico de "novela híbrida" (Catelli) o de "discurso mestizo" (Avellaneda) y, en el rastreo de los "varios orígenes" de estas mutaciones, menciona dos. Por un lado, "la crisis de la forma ‘relato’, que es un capítulo más de la larga crisis del realismo"; y agrega: "Este sería su origen literario..." (p. 8); por otro,
la búsqueda de formas narrativas que permitan la reflexión y que, al mismo tiempo, no sean las de la típica "novela discursiva", frente a un conjunto de experiencias sociales que suscitan la perplejidad y el sentimiento de que una explicación es necesaria. (p. 8) (...) Asaltados por la historia, los escritores no eligieron hablar en nombre de ella, porque en la violencia de esta década se disolvieron algunas de las certidumbres más sólidas del pasado político reciente. En rigor, casi no podría llamarse historia a ese conjunto de fragmentos, marcados por la interrogación, que constituye la Argentina de estos años... (p. 9)
Esta hipótesis de los dos "orígenes" para caracterizar -y aun explicar- la literatura argentina de los segundos setentas y principios de los ochentas resulta coincidente, sólo parcialmente, con el diagnóstico establecido un año antes por Juan José Saer. En un trabajo titulado "Literatura y crisis argentina", de 1982[15], Saer explicita otra versión de la "doble determinación":
La literatura argentina actual, a pesar de los brutales cambios políticos de los últimos tiempos, no escapa a dos determinaciones fundamentales que, en el siglo XX, contribuyen a configurar toda literatura. En primer lugar podemos hablar de una determinación interna, que hubiésemos podido llamar nacional si la noción misma de literatura nacional no estuviese puesta en tela de juicio, un poco más adelante, en este mismo trabajo. Esa determinación interna está constituida por elementos lingüísticos e históricos, cuyas relaciones la praxis literaria concreta reactualiza constantemente incorporando en esas relaciones entre lengua e historia el elemento imaginario que es su razón de ser fundamental.
En segundo lugar, podemos hablar de una determinación externa, de orden planetario, cuya ausencia misma en el interior de una literatura concreta puede ser considerada como un síntoma y que presenta, también, dos aspectos: el del rico fondo de la creación planetaria, que pertenece a todos los hombres y del que ninguna pretendida literatura nacional puede acordarse el derecho de propiedad exclusiva, y el de la implantación multinacional de la industria cultural que substituye la creación artística por una mercancía indiferenciada y opone al impulso antropológico del arte las leyes económicas de la oferta y la demanda. (pp. 99-100)
Como vemos, Sarlo establece un "origen literario" -las transformaciones producidas en la evolución del sistema literario- y un origen histórico-contextual: "experiencias sociales", escritores "asaltados por la historia". Saer coincide, a grandes rasgos, con el primero -la "determinación interna"-, pero minimiza el segundo, ya que las determinaciones operan "a pesar de los brutales cambios políticos de los últimos tiempos"; postula, en cambio, una segunda determinación "de orden planetario". Sarlo parte de la oposición literario / histórico-social; Saer autonomiza la discusión, se sitúa en el campo de lo literario y desplaza la oposición hacia lo interno-nacional / lo global-planetario.
Resuena, en las diferencias entre ambas hipótesis, la controversia que planteáramos al comienzo del capítulo con relación a los textos benjaminianos, y podríamos decir que éste fue uno de los núcleos que marcaron las posiciones de los escritores en el campo literario de los ochentas. Porque es posible advertir un primer momento -aproximadamente entre el ‘82 y el ‘86- en el que se tiende a privilegiar el segundo "origen" que plantea Sarlo: las marcas de la experiencia histórica, la presencia de esas marcas en el procesamiento simbólico de la experiencia; y un segundo momento -fechable hacia el ‘89, con la asunción de Carlos Menem y el conjunto de transformaciones que se resumió en la fórmula "reforma del Estado"-, en el que la "segunda determinación" que plantea Saer ocupa el centro del debate. El desplazamiento, por lo tanto, va desde cómo hablar, cómo representar o qué testimonio se puede brindar de un contexto político que alteró decisivamente el orden de la experiencia, hacia cómo posicionarse, en tanto escritores, ante la omnipresencia del mercado y el imperio de medios de comunicación que parecen amenazar con la fórmula: a mayor sofisticación tecnológica, mayor frivolidad. Ya en 1990, en el periódico encuentro de escritores y críticos que organiza la Fundación "Dr. Roberto Noble", el tema de la convocatoria fue "Literatura y medios de comunicación": mercado, cine y televisión, videoclips, zapping, ordenadores y realidad virtual se suceden en las intervenciones de los participantes quienes, en muchos casos, lejos de lamentar la agonía del libro y la literatura, celebran su "inutilidad" y, por ende, su definitiva autonomía.[16] Esta preocupación creciente por la relación con el mercado -que desplaza a la discusión acerca de la política y, mucho más, acerca de la revolución- puede leerse también en la opiniones de dieciocho escritores argentinos que publicó La Maga en 1993.[17]
A la distancia, es posible reflexionar sobre los efectos de ese juego de determinaciones que de algún modo testimonian las obras que por entonces se estaban publicando. Mirado el problema desde ese lugar, es posible señalar -con Sarlo- que existe en la mayoría de aquellos textos una suerte de doble fidelidad: por un lado, a cierta tradición en la retórica de la representación -no hay que olvidar que la mayoría de los escritores reconocían en los sesentas sus años de aprendizaje-; por otro, a la necesidadd de testimoniar, de algún modo, los hechos de horror que ocurrían -o habían ocurrido- en el país. Sin embargo, no parece haber una fuerte imbricancia entre estas dos fidelidades, ya que, contra lo que suele afirmarse, el impacto de la dictadura no fue una "determinación" relevante a la hora de evaluar la evolución de la serie literaria. Pongamos por caso a los tres autores que ocupan un lugar central en el interés crítico de los noventas: Manuel Puig, Juan José Saer y Ricardo Piglia.[18] Si contrastamos la producción de los autores citados anterior al golpe militar con la producida durante o publicada poco después del fin de la dictadura -de La traición de Rita Hayworth El beso de la mujer araña, y de allí a Pubis angelical; de El limonero real La mayor Nadie nada nunca; de "Homenaje a Roberto Arlt" a Respiración artificial-, es notable hasta qué punto en todos los casos la realidad política que vivía la Argentina aparece incorporada en los textos como material, pero se elabora a partir de proyectos creadores con un alto grado de autonomía, como si la segunda de las "fidelidades" debiera adecuarse a la primera. Insisto: la incorporación a los textos de ese material contextual -la cárcel y la tortura en El beso..., la asfixia y los asesinatos en Nadie..., la censura y el exilio en Respiración...- no alteró sustancialmente los modos de procesar la experiencia mediante la narración, ni las marcas retóricas de ese procesamiento, ni lo que podemos llamar genéricamente el orden de la representación. Lo que resulta relevante y diferencial en la poética de los tres autores es llamativamente coherente en la producción de antes, durante y después de la dictadura. Lo dicho intenta demostar -como tantas otras pruebas a lo largo de la historia- que modificaciones profundas de orden político-social no implican necesariamente modificaciones significativas en el orden de las representaciones simbólicas. Si uno piensa en otros autores que publicaron por aquellos años, como Rodolfo Rabanal, David Viñas, Osvaldo Soriano o Jorge Asís, se encontrará que allí también existe una fidelidad mayor a un proyecto creador previo y en él se pone de manifiesto la necesidad de dar testimonio de un durísimo impacto sobre la experiencia mediante la incorporación del material contextual. También existen, seguramente, excepciones: quizás un caso a considerar sea el de Juan Martini, ya que La vida entera sí representa una transformación significativa en su narrativa respecto de su producción anterior y es, además, llamativamente diferente de su producción posterior -las cuatro novelas "de Juan Minelli"-; paradójicamente, se trata de un autor que se sitúa insistentemente en la defensa de la autonomía del escritor ante las presiones de lo real.[19] Sí, en cambio, se pueden advertir transformaciones más críticas en lo que llamamos el segundo momento de los ochentas, cuando la "segunda determinación" de la que hablaba Saer se ubica en el centro de la escena, transformaciones acentuadas por una suerte de recambio generacional en el censo de escritores[20] y por un proceso creciente de recanonización de la tradición literaria argentina.
Notas
[1] Este trabajo -con ligeras modificaciones- reproduce un fragmento del capítulo VII de la tesis doctoral Campo intelectual y campo literario en Argentina (1970-1986), presentada y aprobada en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, y editada con el título "¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?". Intelectuales y escritores en Argentina (1970-1986). La Plata, Editorial Al Margen, 2001.
[2] Sanguinetti, Edoardo. "Sociología de la vanguardia" (En: V.A. Literatura y sociedad. Traducción de R. de la Iglesia. Barcelona, Martínez Roca, 1969; pp. 13-33).
[3] En oportundidad del traslado de los restos de Pablo Neruda en 1992, el Presidente del Partido Comunista chileno, Volodia Teitelboim, dijo: "Aquí el realismo mágico de García Márquez o lo real maravilloso de Alejo Carpentier se transformaron en lo real espantoso" (En: Boletín de la Fundación Pablo Neruda, Año V, Vol. 6, Nº 15. Santiago de Chile, 1993; p. 20).
[4] Masotta, Oscar. Sexo y traición en Roberto Arlt. Buenos Aires, Jorge Alvarez, 1965; p. 19.
[5] Piglia, Ricardo. Crítica y ficciónCit.; p. 32.
[6] Aira ha manifestado constantemente su admiración por los grandes textos del realismo clásico, incluso con relación a su propia tarea de novelista: "Cuando era joven quería escribir grandes novelas realistas y a los cuarenta años me di cuenta que había escrito veinte novelas chistosas" (En: Speranza, Graciela. Primera persona. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 1995; p. 229).
[7] Cohen, Marcelo. "Apuntes para un realismo inseguro". (En: El Cronista Cultural. Buenos Aires, 15 de mayo de 1993). Véase, al respecto,: Chiani, Miriam. "Escenas de la vida postindustrial. Sobre El fin de lo mismo de Marcelo Cohen" (En: Orbis Tertius, Nº 1. Centro de Teoría y Crítica Literarias, Facultad de Humanidades, UNLP, 1996; pp. 117-129).
[8] Dice Laiseca: "Lo que se ha dicho siempre es que sos realista o sos delirante, como si fueran incompatibles. Justamente la idea es que armonicen. No es en absoluto incompatible lo realista con lo delirante, uno es motor del otro" ("Deschavar la metafísica, los plagios y las ontologías chichi". Entrevista de Verónica Delgado y Federico Reggiani [En: La Muela del Juicio, Nº 5. La Plata, diciembre de 1994-abril de 1995; p. 11]).
[9] Sarlo, Beatriz. "Política, ideología y figuración literaria". (En: Balderston, Daniel y otros. Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar. Buenos Aires, Alianza, 1987; pp. 30-59).
[10] Borges, Jorge Luis. "El idioma analítico de John Wilkins" (En: Otras inquisiciones. Buenos Aires, Emecé, 1951).
[11] Barthes, Roland. Lección inaugural de la cátedra de semiología lingüística del Collège de France, pronunciada el 7 de enero de 1977. Trad: Oscar Terán. 3º edición. México, Siglo XXI, 1986.
[12] Dice Piglia: "Yo tomo distancia respecto a la concepción de Foucault que a menudo tiende a ver lo real casi exclusivamente en términos discursivos" (En: Crítica y ficciónCit.; p. 15)
[13] Sirva como ejemplo, una vez más, la "recanonización" de Roberto Arlt: "Pero el mal no es solamente la consecuencia o el efecto de la jerarquía social, ni tampoco que las novelas de Arlt representan -como doblándolo en la ficción- a un mundo donde las jerarquías existen. Sino que en el mal (...) ese mundo se nos presenta." (Masotta, Oscar. Sexo y tración en Roberto Arlt. Buenos Aires, Jorge Alvarez, 1965; p. 66. La cursiva en el original). "Este es el material que él [Arlt] transforma, que hace entrar en ‘la máquina polifacética’, para citarlo, de su escritura. Arlt transforma, no reproduce. En Arlt no hay copia del habla." (Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Buenos Aires, Pomaire, 1980; p. 170). "Los actos que la conspiración arltiana programa constituyen a la sociedad entera en un cuerpo sobre el cual ejercer una fuerza; de ahí que no aspiren a reproducir lo real, sino a producirlo." (Pauls, Alan. "Arlt: la máquina literaria" [En: Montaldo, Graciela y colaboradores. Yrigoyen, entre Borges y Arlt (1916-1930). Viñas, David (dir.). Historia social de la literatura argentina. Tomo VII. Buenos Aires, Contrapunto, 1989; p. 318]). Presentar, transformar, producir, son los términos que la crítica opone a la representación/reproducción de lo real -y el itinerario que va de Masotta a Piglia y de Piglia a Pauls no es casual ni inocente: los sesentas, los setentas, los ochentas-.
[14] Catelli, Nora. "La vuelta a la narración" (En: Punto de Vista, Nº 18. Buenos Aires, agosto de 1983; pp. 38-40). Catelli volvió sobre el tema, una década más tarde, con su excelente artículo: "¿Ya no hay invitados a la mesa de Orlando?" (En: Letra Internacional, Nº 27. Madrid, invierno de 1992; pp. 57-60).
[15] El trabajo se encuentra reproducido en: Kohut, Karl y Pagni, Andrea (eds.). Op. cit.; pp. 105-121; y en: Saer, Juan José. El concepto de ficciónCit.; pp. 99-126. Cito por el número de páginas del segundo.
[16] Narrativa argentina. Tercer Encuentro de Escritores Dr. Roberto Noble. "Literatura y medios de comunicación". Presentación y selección de textos: Liliana Lukin. Buenos Aires, Serie Comunicación y Sociedad, Cuaderno Nº 5, Fundación Dr. Roberto Noble/Clarín, 1990.
[17] "Los escritores argentinos debaten acerca de la relación entre la literatura y el mercado". Entrevistas de Miguel Russo (En: La Maga, Nº 71. Buenos Aires, 26 de mayo de 1993; p. 47).
[18] En el ya citado Tomo 11 de la Historia crítica..., aparecido en el 2000, son los únicos tres autores cuya obra merece una consideración exclusiva (Cfr., en el apartado "Figuras", los trabajos de José Amícola [Puig], de Miguel Dalmaroni y Margarita Merbilháa [Saer] y de Jorge Fornet [Piglia]).
[19] Cfr. Martini, Juan. "Espeficidad, alusiones y saber de una escritura" (En: Sosnowski, Saúl [comp.]. Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino. Buenos Aires, EUDEBA, 1988; pp. 125-132).
[20] Respecto de ese recambio, se pueden mencionar los fallecimientos de Cortázar (1984), Mujica Láinez (1984), Borges (1986), Di Benedetto (1986), Costantini (1987), Puig (1990), Moyano (1991) y, algunos años después, Soriano (1997).



Actas 1º Congreso Internacional CELEHIS de Literatura
Mar del Plata, 6 al 8 de diciembre del año 2001 / ISBN 987-544-053-1
Centro de Letras Hispanoamericanas - Facultad de Humanidades - UNMDP

Más Saer

FRAGMENTO
La narración - objeto






JUAN JOSE SAER





Macedonio Fernández ha sido considerado, en la literatura argentina, como un marginal. Durante su larga vida, sus oyentes podían contarse con los dedos de una mano. Y es correcto decir oyentes, porque hace unos años escuché, de los labios mismos de Borges, la confesión compungida de que el primer libro de Macedonio había decepcionado a sus discípulos. Macedonio sería mejor conversador que escritor. Su talento sería, como el de Sócrates, puramente oral.Sin embargo, Macedonio ha dejado, por escrito, un monumento teórico único en lengua española, por no decir en la literatura moderna. Si la literatura argentina puede pretender a la universalidad, una de sus pocas posibilidades se encuentra en el Museo de la novela de la eterna. Creo que es la única novela abstracta que conozco. Borges, que tanto despotrica contra la vanguardia, hubiese debido leer con más atención las obras de su maestro. No sé por qué, me hace sentir orgullosamente feliz que esa novela abstracta haya sido escrita por Macedonio. Como tantos otros de sus textos, el Museo... vuelve anticipadamente anacrónica mucha literatura narrativa, aun escrita por sus epígonos, entre los que me atrevo a contarme.La etiqueta de marginal aplicada a Macedonio -o a cualquier otro- tiene la virtud sospechosa de ser útil únicamente para los que se la estampan. Calificándolo de marginal, anulan la obligación de tener en cuenta sus escritos. La tradición está hecha en su mayor parte por marginales, sobre todo en la época moderna, de modo que habría que exigir, cortésmente desde luego, a quienes emplean ese concepto, una descripción un poco más precisa de ese misterioso centro respecto del cual Macedonio sería un escritor marginal. Kafka era un marginal; Sade era un marginal; Faulkner lo fue durante mucho tiempo; Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Poe, Melville, Svevo, Gadda, Musil, Pessoa, Artaud, Lowry, Felisberto Hernández, Vallejo, Benjamin, Celan, Beckett, entre muchos otros. En la Argentina, Juan L. Ortiz y Antonio Di Benedetto son marginales. Al escriba obediente, al comerciante con pretensiones vanguardistas o supuesta representatividad social, el marginal le resulta útil, ya que la atipicidad de su arte, opuesta en todo a los meros productos ideológicos o industriales, sería el resultado de su extravagancia, y por lo tanto su experiencia artística, consecuencia de la excentricidad de su persona, y de lo excepcional de su situación, no sería universalizable. Es obvio que se trata de un puro sofisma, ya que se ha observado mil veces que es la extrema singularidad de la obra de arte lo que la hace universal y explica el hecho de que la gran tradición de Occidente, sobre todo en la época moderna, esté compuesta casi exclusivamente de marginales. El saber de Borges es una herencia problemática. Su origen es incierto: ¿es enciclopédico o se alimenta, condensado, de enciclopedias? Algo hay que es seguro: su erudición es dudosa -lo cual, lejos de ser un defecto, en un artista sería más bien una virtud. Se trataría, en su caso, de una temática recurrente, casi cíclica, que le sirve para metaforizar, una y otra vez, sus propias intuiciones: el laberinto, por ejemplo, presentado como dato cultural es, en realidad, en su proyección lírica, un modo de representarse la objetividad. La impresión de que Borges lo ha leído todo se desvanece después de relecturas sucesivas: se diría que sus mecanismos de apropiación dejan de funcionar, cuando mucho, alrededor de 1940.No hay que pedirle peras al olmo (si el olmo no afecta darlas). Nadie se plantearía estos problemas con Vallejo, Rulfo o Felisberto Hernández. Pero la crítica literaria que brega por consolidar las instituciones -guardianes de cementerios según Sartre- ha hecho de Borges una institución y de su saber un coto de caza: los mortales, inmersos en la arena movediza de la contingencia, tienen, a estar con los decretos de esa policía, la entrada prohibida. Las mil y una noches, el Simurg, Kafka, De Quincey, Stevenson, etcétera: no tocar. La obra de Borges no es ajena a esta conspiración: su sapiencia explícita paraliza a sus críticos. Para esta horda de profesores, Borges representa no solamente la literatura sino el horizonte cultural entero. La visión pequeñoburguesa del saber como una adquisición y como un poder encuentra en este complejo (como quien diría, otra vez, complejo urbano) su expresión más perfecta. Los ricos son los propietarios indiscutibles de la riqueza y han sido ricos siempre; no se trata de un hecho histórico, sujeto al vaivén de la contingencia, sino de un absoluto ontológico, casi metafísico. El caso es semejante al del pretendido derecho que se autoatribuye la monarquía, sus fundamentos son indiscutibles y eternos. Importa poco que De Quincey, Stevenson, Kafka, etcétera, se vendan en el mundo en ediciones de bolsillo, que se trate de escritores universalmente conocidos: si algún otro autor argentino, contemporáneo de Borges, hablase con ellos, la jauría de críticos se le echaría encima: en los campos de Borges, la caza está prohibida.Es sabido que Borges es el espantapájaros cultural que blanden en la Argentina los pistoleros iletrados que usurpan el poder. La explicación sería esta vez, y por qué no, de índole histórica y sociológica: el saber de Borges sería una consecuencia, en la dimensión imaginaria, del modelo de apropiación de la riqueza que se arrogan los grupos que en Argentina manejan la economía; el tabú de la cultura borgeana es la persistencia simbólica de una falsificación histórica. A Borges se lo estima no por su intemperie lírica o sus intuiciones metafísicas sino por la opulencia de su saber. Se pretende que se tenga, ante sus conocimientos, el mismo respeto temeroso que los verdugos transformados en gobernantes nos quieren inculcar respecto de la propiedad privada y de los dividendos de sociedades anónimas que reposan sobre el cimiento de treinta mil muertos. (Whose world, or mine or theirs or is it of none? ¿De quién es el mundo, mío o de ellos o de nadie?, Ezra Pound, Canto LXXXI) (1979).

20 de enero de 2015

Cambiar las imágenes

Queremos siempre que la imaginación sea la facultad de formar imágenes. Y es más bien la facultad de deformar las imágenes suministradas por la percepción y, sobre todo, la facultad de librarnos de las imágenes primeras,
de cambiar las imágenes.



(Bachelard 1943: 9).

Saereando


“... definir la literatura en relación con el término “nación” o con algunos de sus derivados no corresponde a
ninguna realidad y en cambio presenta el inconveniente de crear toda una serie de confusiones. Una, y no la menor, es la transformación del concepto puramente informativo y clasificatorio de “literatura nacional” en categoría normativa y en modelo. De la serie de individuos concretos que ha chapaleado, en el pasado, como cualquier hijo
de vecino, en el barro histórico, se deduce una “tradición”. Esta tradición se presenta como única, lineal, necesaria.”



Juan José Saer

12 de enero de 2015

De Laurentis para La Galatea

"Con 'la mujer' hago referencia a una construcción ficticia, a un destilado de los discursos, diversos pero coherentes que dominan las culturas occidentales (discursos críticos y científicos, literarios o jurídicos), que funcionan a la vez como un punto de fuga y su peculiar condición de existencia. Un ejemplo nos será útil. Digamos que este libro trata de la mujer de la misma forma que la ciencia ficción trata del futuro: una especulación sobre la realidad social actual modelada por una perspectiva particular cuyo punto de fuga es “el futuro”, ya sea éste, “1984”, “2001” o “mañana hace un año”. A partir del estado actual de la teoría y la investigación científicas, el autor de ciencia ficción extrae y proyecta las posibilidades que, si pudieran ser realizadas y completadas en una tecnología social, formarían un mundo alternativo; ese futuro, por tanto, sería a la vez el punto de fuga de la construcción ficticia y su condición textual específica de existencia, es decir, el mundo en el que existen los personajes y sucesos ficticios. Del mismo modo, “la mujer”, lo-que-no-es-el-hombre (naturaleza y Madre, sede de la sexualidad y del deseo masculino, signo y objeto del intercambio sexual masculino) es el término que designa a la vez el punto de fuga de las ficciones que nuestra cultura se cuenta sobre sí misma y la condición de los discursos en los que están representados esas ficciones. Pues no habría mito sin una princesa por casar o una bruja que vencer, ni cine sin la atracción que ejerce la imagen sobre la mirada, ni deseo sin objeto, ni parentesco sin incesto, ni ciencia sin naturaleza, ni sociedad sin diferencia sexual.
Con “mujeres”, por el contrario, quiero referirme a los seres históricos reales que, a pesar de no poder ser definidos al margen de esas formaciones discursivas, poseen, no obstante, una evidente existencia material. La relación entre las mujeres en cuanto sujetos históricos y el concepto de mujer tal y como resulta de los discursos hegemónicos no es ni una relación de identidad directa, una correspondencia biunívoca, ni una relación de simple implicación. Como muchas otras relaciones que encuentran su expresión en el lenguaje, es arbitraria y simbólica, es decir, culturalmente establecida".



DE LAURETIS, TERESA. Alicia ya no. Cátedra, Madrid: 1992. P. 15-16





Las estrategias de la lectura y de la escritura son formas de resistencia cultural. No sólo pueden volver del revés los discursos dominantes (y mostrar que puede hacerse) para poner en evidencia su enunciación y su destinatario, para desenterrar las estratificaciones arqueológicas sobre las que han sido levantados; al afirmar la existencia histórica de contradicciones, irreductibles para las mujeres, en el discurso, también desafían la lectura en sus propios términos, los términos de un espacio semiótico construido en el lenguaje, que basa su poder en la validación social y en formas bien establecidas de enunciación y recepción.



DE LAURETIS, TERESA. Alicia ya no. Cátedra, Madrid: 1992. P. 18