9 de junio de 2012

Alegoría de la docencia, la amistad o similares

Todos necesitamos ser admirados, reconocidos, festejados. Me gusta la admiración de aquellos que admiro (que eso es casi amor, recíproco, balsámico). No me gusta el admirador tipo súbdito, tipo escalón, alias felpudo, menospreciado objeto del admirado.

Viene un perro y debatimos





Noelia Vitali Y dónde está Berganza? (No puedo concebir uno sin el otro)

Juan Cruz Lamuedra Acá me dicen que en realidad es Berganza. Hay que debatir!

Noelia Vitali Mirá, a mí también me pareció primero que era Berganza (por el color), pero no quise poner en discusión su identidad! Entonces, dónde estará Cipión? Realmente esa capacidad de formar una comunidad perruna, de rescatar esa amistad entre dos perros es una de las cosas que más me fascinaron siempre del Coloquio!

Julia D'Onofrio ¿Cómo no se nos ocurrió llamarlo "Gavilán" O "Montiel" a ver si respondía a esos nombres?

Julia D'Onofrio El sábado que viene lo llevo a mi perro que se aburre mucho acá metido en casa

Juan Diego Vila Es que Cipión debo ser yo, que escucho las aventuras de todos y comento.... ;)

Noelia Vitali O sea que volviste a tu forma verdadera?

Celia Burgos Yo creo que es Berganza. Fíjense en el detalle del cuello de polar. Cambió tantas veces de collar en el Coloquio! Su nuevo amo habrá decido, en lugar de darle uno nuevo, vestirlo con algo más adecuado a clima de hoy.

Celia Burgos Además, este perro era muy copado. Cipión tiene mucha mala onda, ergo, este perro no es Cipión XD

Juan Diego Vila Bueno -yo ya canté que Cipion sería yo-, ¿están todos de acuerdo en que Julia deberá reiterar la preguntas al perro de si él es el hijo de ella? Quizás logremos una transformación portentosa en el aula la próxima oportunidad en que nos visite.

Celia Burgos jajaja no, Diego no puede ser Cipión porque comenta con la mejor de las ondas. Este perro se adelantó dos semanas al Coloquio y hasta se atrevió a entrar a la 254 XD

Julia D'Onofrio estos chicos no entienden nada ¿Diego comenta con la mejor de las ondas? jajajaja ¡Cómo engaña Vila!

Julia D'Onofrio ‎"Sin ofender" como diría mi hija ;-)

Julia D'Onofrio Y agrego a la mala onda del Cipión cervantino: más que mala onda lo suyo parece inconsecuencia, dice defender una cosa y hace otra. Le cuesta adecuar forma y contenido. Es el crítico por excelencia

Noelia Vitali Sí, igual,la mala onda también suele ser uno de los atributos de los críticos.

Paula Irupé Salmoiraghi Uy, anóten todos estos mensajes para el día de la lectura del Coloquio (¿Quién se hará cargo de las identificaciones ese día, Celia Burgos?)

7 de junio de 2012

Río de las congojas de Libertad Demitrópulos

Domingo, 8 de noviembre de 2009

Río de las congojas de Libertad Demitrópulos

La siguiente es una selección del trabajo:

Epica e inmigración: reescrituras del pasado colonial, Silvia Tieffemberg, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Morón

Prepared for delivery at the 2001 meeting of the Latin American Studies Association, Washington DC, September 6-8, 2001"

La ciudad de Buenos Aires, actual capital de la República Argentina, fue fundada por primera vez en 1536 por Pedro de Mendoza y despoblada por Domingo Martínez de Irala en 1541. Juan de Garay, quien poco tiempo antes había fundado la ciudad de Santa Fe, vuelve a fundarla en 1580.

"La primera fundación de Buenos Aires", dice Enrique de Gandía, "fue determinada por causas políticas y militares: las de ocupar el Río de la Plata e impedir el paso de los portugueses (...) en dirección a las minas del Alto Perú (...)"15. La corriente que originó la primera Buenos Aires vino del Atlántico, siguiendo el derrotero marcado por Gaboto y llevaba el objetivo no declarado de alcanzar el imperio fabuloso del rey blanco y -al menos- emular la gloria y el oro conseguido por Cortés y Pizarro. La corriente que fundó la segunda Buenos Aires, en cambio, llegó desde el interior de América y el interés era puramente comercial: establecer un puerto para agilizar las comunicaciones con Europa. Acompañaban a Garay un grupo de colonos afincados desde tiempo atrás en la región, entre ellos, incluso, se contaba con mayoría de mestizos.

Y en el comienzo fue la memoria

En 1981, cuando Argentina vivía los últimos años de la dictadura que asolaba el país desde 1976, se publica Río de las congojas de Libertad Demitrópulos. El referente vuelve a ser Garay pero el presente de la dictadura exige otra teorización. La inmigración europea se percibe como un hecho consumado que ha modificado la idiosincrasia del "ser argentino", cualquier cosa que esto signifique, pero, fundamentalmente, como un hecho del pasado que no se cuestiona. En la década del ochenta, por el contrario, no pocas familias argentinas habían emigrado ante la posibilidad de "desaparecer" en alguno de los centros de detención clandestina. Los organismos de derechos humanos que, desde los primeros años de la dictadura, habían comenzado a indagar sobre el destino de miles de personas que se suponían muertas pero cuyos cuerpos nunca se habían recuperado, intensifican ahora su labor.

Libertad Demitrópulos no fue la única en articular desde la narrativa un discurso que permitiera enfrentar el silencio monofónico de la dictadura.

Respiración artificial de Ricardo Piglia, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, Nadie nada nunca de Juan José Saer, por citar algunos ejemplos, son textos que hacen gala de no pretender ser "un reflejo real de los hechos", sino que, por el contrario, ponen de manifiesto su carácter de constructo y se repliegan en un discurso que no opone "otra versión" de los hechos al discurso oficial, sino que desnudan los mecanismos ideológicos que hacen que todo discurso sea una versión siempre parcial y provisoria de algo que alguien supone que ocurrió o está ocurriendo. La literatura argentina durante el proceso -dice Francine Masiello- "(...) juega con el orden natural de las cosas; crea otro orden y disuelve el discurso oficial desde dentro."

Río de las congojas juega a hacer de los márgenes, el centro, desarticulando un discurso que se encuentra instalado en algunos sectores de la sociedad desde mucho antes del inicio del Proceso.

La epopeya permea nuestra producción textual desde la llegada de los europeos a América. De hecho en la Jerusalén liberada de Torcuato Tasso -que sirvió como modelo a muchas de las epopeyas americanas- se encuentra claramente representada la teoría de los dos demonios y la guerra justa, presente también en la llamada doctrina de la seguridad nacional implantada por el gobierno de facto en Argentina.

Frente al discurso monológico de la épica, Libertad Demitrópulos opone un discurso polifónico que narra la segunda fundación de Buenos Aires desde las voces de dos mestizos, una criolla y un negro. Recuerdos y olvidos desgajan versiones a veces contradictorias, de una historia que subsume el centro desde el margen. El lugar de la enunciación se focaliza no en Buenos Aires, sino en Santa Fe, desde donde Garay partió para fundar Buenos Aires, el Río de la Plata cede el protagonismo al Paraná -llamado "río de las congojas y los desabrimientos", la fundación misma de la ciudad queda desdibujada frente a la narración del levantamiento de los mestizos ocurrido en Santa Fe y la figura del héroe épico se desplaza desde Juan de Garay a la criolla María Muratore.

En Río de las congojas, mientras los varones fundan ciudades, las mujeres fundan familias.

La novela lleva como epígrafe un poema del poeta griego contemporáneo Yannis Ritsos donde se nos advierte:

"Conviene que guardemos a nuestros muertos y su

fuerza, no sea que alguna vez

nuestros enemigos los desentierren y se los lleven

consigo. Y entonces

sin su protección nuestro peligro iba a ser doble. (...)

Quizá será más seguro que los guardemos

dentro de nosotros mismos, (...)"

Saber guardar a los muertos se convierte en un punto de inflexión que polariza la trama argumental y determina dos tipos de fundaciones y distintos agentes sociales que las llevan a cabo. Mientras la fundación de una ciudad es un acto casi instantáneo entre la voluntad de un hombre y su concreción, la génesis de una familia es un acto que necesita de la férrea voluntad de una mujer que persiste hasta la concreción, a través del tiempo. La permanencia de estas fundaciones es también disímil: Santa Fe se despuebla aunque Blas de Acuña permanezca en el sitio fundacional, mientras que la familia fundada por Isabel Descalzo perdura más allá de la vida de quien la fundara. De la misma manera, y con esto vuelvo al epígrafe de la novela, los hombres sepultan en la tierra y resguardan tumbas y las mujeres sepultan en el alma y resguardan mitos a través de la memoria.

La identidad de Blas de Acuña, cofundador con Garay de Santa Fe y Buenos Aires, está determinada por el lugar físico: la plaza donde murieron los jefes rebeldes, el naranjo al pie del cual ha enterrado un anillo mágico, la tumba con los restos materiales de María. A ellos se aferra en un intento agónico de contrarrestar la desintegración.

Por el contrario, la figura casi fantasmal de Isabel Descalzo, la esposa no reconocida por Blas, se agranda y adueña del relato hacia el final de la novela. Ella ha decidido emprender la tarea ingente de fundar una familia. Y esa tarea necesita de una mujer que la lleve a cabo y de un sustento histórico: el de la memoria. Si bien cuando Blas regresa a la casa con el cuerpo de María, Isabel ayuda a cavar la fosa y cuida esa tumba en ausencia del marido, su verdadera tarea será narrar a los hijos la historia de María Muratore: "Ella aderezó la historia de la finadita (...) De tanto oír contársela los hijos fueron aprendiéndola". Es decir, para conformar esta familia, Isabel no solo pare los hijos, también les da un pasado común: "Y también fueron entrando en el mito, porque si otros tenían blasones ellos tenían su historia con una mujer que parecía hombre por lo valiente (...)" y por ese pasado común, una identidad: "Cuando les preguntaban en dónde vives, respondían: en lo de Muratore; cuáles son tus bienes: una tumba; tu origen: una mujer heroica; (...)".

En este personaje, costurera de profesión, se pone de manifiesto la factura de la historia: Isabel corta, adereza, cose sus propios recuerdos, recrea los ajenos, compone en su imaginación para producir una historia extraoficial, no documentada, una historia mítica. La novela permite dos finales para la vida de María Muratore. La historia oficial dice que María murió junto a Garay, a la vera del río, mientras dormían la siesta. Para Isabel, María muere en el campo de batalla, vestida de hombre. Y esta historia mítica se trasmite, infinitamente narrada, como único y verdadero legado, de madres -puesto que los hombres escuchan pero no trasmiten- a hijos. Finalmente, cuando Isabel próxima a morir es abandonada en un camastro, se pregunta por qué su hija, anciana también, se ha alejado. Entonces recuerda que aquella -su única hija es ahora portadora del mito y comprende: " A eso se fue. (...) Así, hasta nunca acabar. Hasta la memoria que es no morir. Para eso."

Isabel comprende, en definitiva, que el sentido de la vida no es el cuidado de una tumba en un pedazo de tierra, sino la conservación de la memoria, en algún lugar del alma -que ni siquiera nosotros mismos conozcamos- como única garantía de supervivencia.

A la luz de la desaparición forzada de personas que amenazaba la integridad de la identidad social de la Argentina entre el 76 y el 83, Río de las congojas, no solamente disuelve por dentro el discurso épico de la dictadura, implosionando la historia oficial, también desplaza la problemática: del cuerpo -irrecuperable- a la memoria. De esta manera, cada "ahora" crea un "antes" cuya densidad pone a prueba en la medida en sea capaz de responder los interrogantes que se suscitan. A menudo y simplemente, el pasado es uno de los subterfugios que utiliza el presente para seguir manteniendo la ilusión de que existe la posibilidad de"una proyección en el futuro".



Tomado de http://letrasenlared.blogspot.com.ar/2009/11/rio-de-las-congojas-de-libertad.html

Ya sin cuidado de la Porá del agua

"El río pasa con su pasar recio y su soñar suave. ¡Válgame el cielo cuando pasa besando la barranca, recio como el hombre que nunca se embravece y másmente si reluce en el verdeo espumoso del camalotal! El camalote es su pensamiento florecido y flotante y por donde empieza a enamorar. ¿Este es un río una persona de lomo divino, o es una fuerza que se le ha escapado de las manos a Tupasy, madre de Dios, o a Olaj, o a mis ojos que ya no pueden espejar la tanteza de su cuerpo sin cuerpo? Rolando en mi anoa muchas veces se me viene con el cielo y me inunda el corazón. Si uno se llega con el mate a su vera comprueba que la vida se le ovilla y desovilla con el correr del agua, se desalma, queda puro huesos del pensamiento, sin carne ni habla, sin sueño en los ojos, y se siente irse en la corriente cuesta abajo, entre pescados y flores, arenas y cañas. Una vez ahí adentro, uno aprende a conocer la historia de sus abuelos comidos por los yacarés. Se entera de que su tata viejo tenía los pies rajados e hinchados como los tuvieron su bisabuelo y su tatarabuelo y su más abuelo que todos, ése que principió el abuelaje; uno sabe así que ellos estaban siempre en el agua buscando pescado hasta que el yacaré se los comía. Entonces, ¿no va a reconocer el espíritu de su principal, vagando por las islas del gran río -ya sin cuidado de la Porá del agua- persiguiendo al pacú cuando sube a comer frutos de varillas, y él va y lo ensarta con esas destrezas propias? Uno lo ve andar por el agua a su principal, barbirrosado, costillar seco, con ese encono en fijar el sábalo en los bañados verdeantes, y emperrado en cazar nutrias y carpinchos, porque esa es la alegría que le enseñaron sus propios principales y que él me dejó. Alegría que consiste en estar alegre también en la tristeza. Alegría que ellos dejaron a mi madre, moza alegre en lo que recuerdo, de cantar aún en la muerte ocurrida por celos de un varón de mucho entrecejo y grandes pasiones, que resultó ser mi padre."




Libertad Demitrópulos. El río de las congojas.

3 de junio de 2012

Sara, Asmodeo y San Rafael



Cuentos con fantasmas y demonios reúne ocho historias fantásticas que la autora escribió —o reescribió— basadas en relatos folklóricos de la tradición judía. Alfaguara incorpora a su colección juvenil, en versión corregida, este libro editado originalmente en 1994 por el Grupo Editorial Shalom.

"Mantengan este libro bien cerrado." —advierte Ana María Shua en la nota introductoria del volumen. "O por lo menos tengan mucho cuidado al abrirlo. Aquí hay Grandes Demonios y Diablos Menores. Hay espíritus sin cuerpo lo bastante tenaces como para seguir a una mujer desde Polonia hasta América. Aquí está Lilith, la que Aúlla en la Noche, y su hijo Asmodeo, cuyo cuerpo es de llama viva. Hay muertos que se levantan de la tumba y mujeres con cabeza de gato. Han llegado hasta aquí convocados por el más temible de los conjuros: el de la palabra inmortal, la palabra que sobrevive a través de los siglos. Han llegado hasta aquí para apoderarse del alma de quien se atreva a leerlos. Como se apodera todo libro del alma de sus lectores."


Sara y el demonio Asmodeo

Un cuento de Ana María Shua



Había una vez, en una ciudad del país de los medos, una muchacha hermosa que se llamaba Sara. Muchos hombres podrían haberla cortejado por sus ojos negros, tan alegres, y también por la fortuna de su padre. Pero todos sabían en Ecbátana que Sara amaba a Uriel, y a él estaba prometida.

Sara y Uriel se conocían desde niños, sus casas eran vecinas y las dos familias estaban felices de concretar esa unión que tanto convenía a todos: la unión de dos jóvenes que se amaban y la unión de los dos rebaños de ovejas más importantes de la región, que cada uno iba a heredar.

Pero los novios no pensaban en las ovejas: pensaban cada uno en el otro y estaban impacientes por encontrarse en el lecho nupcial. Cuando Sara cumplió los quince años y Uriel tuvo diecisiete, se realizaron las bodas, con bailes y festejos y un enorme festín en el que participaron también los pobres de la ciudad.

Esa noche, después del baño ritual y la ceremonia, Sara esperó a Uriel en su habitación. Lo esperó con ansiedad, con miedo, con alegría, y no tuvo que esperarlo mucho. El muchacho se acercó suavemente a su mujer, la tomó en sus brazos, la besó con amor y con deseo. Y entonces cayó hacia atrás, sobre la cama. Tenía la cara muy blanca, los ojos cerrados, una expresión extraña que Sara nunca le había visto.

Sara pensó que Uriel quería jugar: era una broma. Riendo, se dejó caer hacia atrás al lado de su esposo, en la misma posición que él, con una pierna torcida y un brazo colgando fuera de la cama. "Veremos quién puede más", se dijo. Y como era una joven de carácter fuerte, se quedó un buen rato inmóvil y en silencio: hasta que no le importó darse por vencida y abrazarlo.

Pero Uriel no respondió a su abrazo. Su piel estaba fría. Sus brazos eran muy pesados. Cuando Sara puso su boca sobre la de él, no sintió su aliento. Cuando le abrió los ojos, los encontró dados vuelta, blancos debajo de los párpados.

Sara lanzó un grito horrible. Estaba acostada al lado de un cadáver. En ese momento un grupo de bailarinas alegraba la fiesta con sus pandereteas. Apenas un eco amortiguado de su grito llegó hasta los invitados, que sonrieron y volvieron a brindar por los jóvenes esposos.

En el cuarto de Sara una extraña figura, traslúcida y roja como una llama, empezaba a tomar cuerpo: era Asmodeo, el Rey de los Demonios.

—Te amo, Sara, mucho más de lo que puede querer un hijo de hombre. Serás mía o no seras de nadie. Si me rechazas, ningún hombre de la tierra podrá ser tu esposo: como Uriel, todos morirán antes de tenerte. Y sobre tu cabeza caerán los crímenes que me obligarás a cometer.

Sara cayó de rodillas. Trató de rezar. Aunque las palabras no salían de su garganta cerrada por el horror, a medida que las sentía formarse en sus labios y en su mente, la monsturosa figura de Asmodeo se iba haciendo más y más transparente, hasta desaparecer.

A la mañana siguiente la encontraron todavía inconsciente junto al cadáver de su esposo. Mientras las dos familias rasgaban sus vestiduras y se cubrían la cabeza de cenizas por la muerte de Uriel, Sara permanecía en su cama, desfigurada por la fiebre, con la mirada perdida y diciendo palabras sin sentido en las que se mezclaban los ruegos con el nombre de Uriel y el de Asmodeo.

Un año es el tiempo del luto y después de un año una viuda puede volver a casarse de acuerdo con la Ley. Pero los sabios sacerdotes de Ecbátana dijeron que, como el matrimonio no había sido consumado, no podía considerarse a Sara verdaderamente viuda. Sin embargo, en cuanto se recuperó, la muchacha contó a sus padres lo sucedido y dijo que no se casaría munca más.

Ragüel y Edna, los padres de Sara, no pensaban como ella. Estaban seguros de que el demonio estaba sólo en la imaginación de su hija. Uriel había muerto por una enfermedad súbita y extraña que detuvo su corazón en el momento más importante de su noche de bodas. No era el primer caso del que se tenía noticia, aunque no solía suceder con hombres tan jóvenes. Encontrándose de golpe abrazada a un cadáver, la pobre Sara había perdido momentáneamente la razón. Asmodeo era parte de su delirio.

Consultados médicos y sacerdotes, todos coincidieron en que lo mejor para la joven era volver a casarse lo antes posible, para que las dulzuras del matrimonio le hicieran olvidar la horrible experiencia.

La fortuna de Ragüel seguía siendo tentadora y los ojos de Sara también. Habían perdido su brillo alegre pero la melancolía no los había vuelto menos hermosos. Al contrario, agregaba profundidad a su mirada. Un amigo de Uriel, que siempre había pensado en Sara con amor sin esperanzas, consiguió convencer a sus padres de que pidieran su mano. Habían pasado unos meses y, no habiendo recibido ninguna otra señal del demonio, Sara misma comenzaba a dudar de que el recuerdo de Asmodeo no fuera simplemente una trampa de la fiebre. No estaba enamorada del amigo de Uriel, pero lo conocía desde siempre, no le resultaba desagradable y aceptó la imposición de sus padres.

Esta vez no hubo fiesta, sino una discreta reunión de las dos familias en la que, sin embargo, se bebió y se comió con tanta alegría como era posible en un caso tan particular. Sara se portaba con gentileza hacia sus futuros suegros y hacía esfuerzos por sonreír. Ya estaba totalmente convencida de que Asmodeo había sido un espejismo de su mente. No se sentía asustada. Ni feliz. No podía separar sus pensamientos de Uriel, su primer y único amor.

El segundo esposo de Sara murió sin dolor en el lecho nupcial, antes de consumar su matrimonio.

—No me temas, mi Sara, mi adorada —rugió esta vez Asmodeo—. Jamás te haría daño. Sólo estoy esperando que te entregues a mí por tu propia voluntad. Entretanto, cada día me recreo mirándote. Siempre estoy contigo. A través de puertas y paredes puedo verte, y a través de tus ropas.

Sara no perdió la conciencia. Salió del cuarto gritando desesperada, en busca de ayuda. Sus padres y los padres de su esposo corrieron hacia el lecho donde encontraron el cuerpo del muchacho, todavía caliente pero definitivamente cadáver.

Ahora Edna, la madre de Sara, comenzó a creer a medias en la historia de Asmodeo, pero Ragüel se negaba a aceptarla. Aunque este matrimonio tampoco tenía validez, dejaron pasar el año de luto antes de proponer a Sara otro marido.

—Si antes te lo pedí por ti misma, por tu salud —le dijo su padre, cuando ya no sabía cómo convercerla—, esta vez te lo ruego por tus padres, por la fama de tu familia. Tenemos que demostrar que nada malo sucede en esta casa.

—¡Pero sucede! —gritó Sara.

—Sara, te lo estoy rogando —pidió Ragüel—. Y también te lo ordeno. Muchos mercaderes se niegan a comerciar mi lana y las jóvenes se tapan el rostro cuando oyen el nombre de tus primos y... Sara, no volverá a suceder, es imposible...

Finalmente la muchacha aceptó volver a casarse, sólo porque estaba convencida de que nadie se atrevería a pedir su mano. Era joven y poco sabía del corazón humano. En su tercera noche de bodas (ya no hubo fiesta ni reunión sino apenas una breve y severa ceremonia) logró acercarse al novio y susurrarle en el oído la verdadera historia de sus matrimonios anteriores. El joven se rió con una carcajada algo brutal.

—Sé luchar. Voy a ensartar a ese Asmodeo en el hierro de mi espada y saldré a mostrárselo a mis amigos que me esperan a las puertas de tu casa.

Así supo la joven que la idea de vencer a Asmodeo se había convertido para muchos en un atractivo mayor que las bellezas de su cuerpo, un atractivo casi tan codiciado como la fortuna de su padres.

Sin embargo, cuando el tercer marido murió en la noche de bodas, el cuarto en ofrecerse ya no fue un joven, sino un anciano que no tenía mucho que perder, porque ni siquiera de su propia vida le quedaba mucho. Era un mendigo harapiento al que hubo que bañar y despiojar y vestir para la ceremonia. El cuarto marido se negó a comer o beber en la casa de Sara el día de la boda. Lo mismo hicieron los siguientes.

El quinto marido fue uno de los esclavos de Ragüel, dispuesto a desafiar la maldición con tal de comprar su libertad.

El sexto estaba loco y ya había tratado de terminar con su vida arrojándose al río y comiendo frutos venenosos.

El séptimo fue un extrajero recién llegado de Egipto, un ambiciosos camellero que se negó a escuchar esos ridículos rumores de aldea.

Después de la muerte del camellero nadie más quiso casarse con Sara.

* * *

Las opiniones de los vecinos de Ecbátana estaban divididas. Los más generosos estaban dispuestos a creer que Sara tenía tratos con el demonio Asmodeo, que se había convertido en su verdadero marido y asesinaba, celoso, a sus rivales. Los malintencionados pensaban que Sara era una envenenadora, una demente que gozaba matando a los hombres que la deseaban. Afirmaban, para sostener su opinión, que existen muchas formas de administrar un veneno, no sólo a través de la bebida y los alimentos sino, por ejemplo, frotándolo sobre la piel húmeda.

Un día, una de las esclavas que la servían dejó caer a propósito una copa llena de vino caliente con especias sobre la túnica de Sara. Era la hermana de aquel joven esclavo que había intentado ser su quinto marido. Sara lanzó un grito y quiso castigarla.

—¡Eres tú la que matas a tus maridos! —le gritó la esclava—. ¡Ya has tenido siete, pero ni de uno siquiera has disfrutado! ¿Nos castigas porque se te mueren los maridos? ¡Vete con ellos y que jamás le des nietos a tus padres!

Entonces Sara, con el alma llena de tristeza, se echó a llorar y subió a la habitación de su padre con la intención de ahorcarse.

Ató el cinturón de su túnica de la viga que sostenía el techo y estaba a punto de colocar el lazo sobre su cabeza, cuando de pronto vio su cara reflejada en el metal pulido de un espejo.

Sara tenía diecinueve años y su cara seguía siendo muy joven. Las mejillas estaban cubiertas de una pelusa suave, casi invisible. Se miró las manos, movió los dedos y pensó en la maravilla de la Creación, que permitía, mediante delicadas articulaciones, que esos cilindros de carne y piel y hueso pudieran doblarse hasta cerrarse en un puño y después volver a extenderse al abrir la mano.

"Dios sabe que soy inocente. Demasiado dolor he causado ya a mis padres. Si me mato, se hablará peor aún de mi familia en toda la ciudad. No aceptaré que mi padre, en su ancianidad, baje con tristeza a la mansión de los muertos. " Así pensó Sara. Y decidió, en vez de ahorcarse, rogar al Señor que le enviara la muerte, para no tener que sufrir más insultos, más dolor.

Su oración fue escuchada. Pero en lugar de enviarle al Ángel de la Muerte, el Señor mandó a la Tierra al ángel Rafael, para librar a Sara del demonio.

Y sin embargo, un ángel solo no puede vencer a un demonio, como tampoco puede un mortal y es necesario que los dos se pongan de acuerdo para combatirlo.

* * *

En esos días, lejos de allí, en una ciudad de Asirira, un hombre viejo y ciego buscaba un guía capaz de acompañar a su hijo hasta el país de los medos para cobar una deuda. El muchacho se llamaba Tobías, tenía dieciocho años y muchas ganas de conocer el ancho mundo. Pronto encontró un hombre que se jactaba de conocer todas las rutas y lo llevó ante su padre. El hombre dijo llamarse Azarías, dio pruebas de pertenecer a una buena familia y acordaron un salario razonable por el trabajo de guiar y acompañar al muchacho: un dracma por día.

Tobías y Azarías emprendieron el largo viaje. Iban a pie. El anciano padre de Tobías había perdido su fortuna. Ese dinero que había mandado a cobrar a su hijo era toda la herencia que podía dejarle.

En el camino se descalzaron para atravesar un río poco profundo, de aguas transparentes. De pronto, un gigantesco pez se abalanzó con la boca abierta, listo para devorar uno de los pies desnudos de Tobías. El muchacho gritó y retrocedió asustado, pero Azarías, muy tranquilo, le mostró cómo atrapar al pez tomándolo de las agallas y sacándolo fuera del agua. Lo abrieron en canal para limpiarlo. Su carne parecía buena para comer. Azarías aconsejó tirar el intestino pero guardar el hígado, el corazón y la bilis, que podían ser remedios muy útiles.

Salaron una parte del pescado como provisión para el resto del viaje y asaron el resto allí mismo, a las orillas del río. Mientras comían bajo las estrellas, Azarías comenzó a hablarle a Tobías, como solía hacerlo, de la próxima ciudad que encontrarían en su ruta: Ecbátana, la ciudad de la bella Sara. Tanto habló Azarías de Sara, de su inteligencia, de su fuerza, de su simpatía, de su modestia, de su belleza incomparable, que Tobías empezó a sentir curiosidad.

—Amigo mío, me hablas de esa muchacha como si fueras un casamentero. ¿Acaso quieres que pida su mano?

—Deberías hacerlo —dijo muy serio Azarías—. Ella es de tu misma tribu y su padre es pariente del tuyo.

—¿Me salvaste la vida en el río para que la pierda en la cama de Sara? ¡Desde Ecbátana hasta Asiria ha llegado la fama de esa mujer terrible, cuyos maridos mueren sin sangre en la noche de bodas! —dijo Tobías.

—¿Tienes miedo a los demonios, Tobías? ¿O a los ojos de las muchachas hermosas? —se burló Azarías.

—No temo por mi vida —dijo Tobías—. Es que soy hijo único. ¡Mis padres morirían de pena si algo me pasara!

—Nada te pasará —dijo Azarías— si haces exactamente lo que yo te digo.

La noche era cálida y la brisa traía el olor pesado y dulce de los dátiles maduros. Tanto habló Azarías con la voz de un encantador de serpientes (o con la voz de un ángel), que Tobías sintió encenderse en su corazón un amor inesperado y terrible por esa muchacha a la que todavía no había visto.

Y soñó con ella sin conocerla, y a la mañana siguiente, cuando llegaron a Ecbátana, le rogó a Azarías que lo llevara directamente a la casa de Ragüel.

Edna y Ragüel los recibieron amablemente, como se debe hacer con los viajeros que llegan cansados y polvorientos, sobre todo si se trata de israelitas y gente de la misma tribu. La misma Sara, con el cabello cubierto como una mujer casada, y la cara escondida en el rebozo, les llevó agua para lavarse.

—Mira, Edna —comentó Ragüel, cuando los viajeros se habían lavado y descansado—, cómo se parece este muchacho a mi primo Tobit.

—¡Tobit es mi padre! —dijo Tobías, contento de encontrar algo más en común con la familia de Sara.

Ragüel lo abrazó con mucha emoción, porque hacía mucho que no tenía noticias de aquella rama de su familia que vivía en Asiria. Ordenó matar un carnero del rebaño y preparar un banquete. Mientras esperaban que la comida estuviese guisada, no dejaba de hacerle preguntas a Tobías sobre su padre y su madre.

Pero cuando se sentaron sobre los almohadones del banquete y el dueño de casa empezó a comer, para dar ejemplo a los invitados, Tobías dijo en voz alta.

—Hermano Azarías, di a Ragüel que me dé por mujer a mi amada Sara.

Ragüel se atragantó con un bocado de carne. Empezó a toser con angustia. Las lágrimas saltaban de sus ojos. Tobías le palmeó la espalda y Azarías le dio a beber un vaso de vino.

—Come y bebe, mi querido Tobías —dijo Ragüel, en cuanto se sintió mejor—. Y disfruta de esta noche. Que el Señor te dé paz y en otro momento hablaremos de esto.

—No comeré ni beberé hasta que no me contestes —dijo Tobías.

Y por más que Ragüel intentó convencerlo contándole toda la verdad, el joven se mantuvo firme en sus intenciones. Para Ragüel era espantoso ver morir a los hombres en brazos de Sara, pero más terrible resultaba todavía perder así al hijo de su primo, convertir la alegría del reencuentro en el horror de la muerte.

Sin embargo, tan firme fue Tobías que por fin Ragüel, enojado y también lleno de pena, decidió terminar rápidamente con lo que consideraba un verdadero crimen. Llamó a su mujer Edna, escribió allí mismo en una hoja de papiro el contrato matrimonial, ofreció sus propios anillos para la boda, seguro de recuperarlos muy pronto y ordenó a Edna que preparara una vez más a Sara para otra boda, esa misma noche.

Los preparativos se hicieron en silencio y la ceremonia fue breve y triste. Edna llevó a Sara, que lloraba con desesperación, a una habitación cercana a la del banquete y preparó el lecho.

—Confianza, hija... ten confianza... que tengas alegría en vez de esta tristeza —le decía, tartamudeando, llorando también ella.

Entonces, terminado el banquete, acompañaron a Tobías hasta la habitación de Sara y lo dejaron allí. Pero Ragüel, en lugar de acostarse, llamó a sus esclavos y les mandó cavar una tumba en el jardín de atrás de la casa.

—Vamos a entrerrarlo rápidamente sin que nadie se entere —le dijo a su mujer—. Es extranjero y nadie en la ciudad tiene porqué saber que estuvo aquí.

Entretanto, Sara había recibido una extraña sorpresa. El joven extranjero, en lugar de abalanzarse groseramente sobre ella para caer muerto en el acto, como lo habían hecho sus tres o cuatro últimos maridos, al entrar en su habitación cayó de rodillas y comenzó a rezar. Curiosa pero más tranquila Sara se hincó a rezar a su lado, mirándolo de vez en cuando de reojo. De acuerdo con las instrucciones de su amigo Azarías, Tobías pasó la noche rezando y conversando tranquilamente con Sara.

Todavía era de noche cuando Edna mandó a una esclava para ayudar a Sara a sacar el cadáver. La muchacha volvió corriendo a la habitación de sus amos con la feliz novedad de que el hombre seguía vivo. Ragüel se apresuró a ordenar que la fosa fuera rellenada antes del amanecer, para que Tobías no la viera.

Más tarde, mientras Tobías dormía reuniendo fuerzas para la noche siguiente, Sara le confesó a su madre que el matrimonio todavía no había sido consumado. Por supuesto, esta noticia disminuyó en parte la felicidad que sentían, pero al concocer el extraño comportamiento de Tobías, la familia comenzó a alentar esperanzas. Y Sara ya se permitía sentir algo más que compasión por ese muchacho de gestos firmes, de dulce voz y mirada ardiente pero contenida.

La segunda noche, siguiendo siempre las instrucciones de Azarías, Tobías tampoco se acercó a Sara. Otra vez hablaron como buenos amigos, se miraron, se conocieron y se gustaron. Sara sintió por fin que alguien era capaz de alejar de ella, si no al demonio Asmodeo, por lo menos al recuerdo de su primer amor, el desdichado Uriel.

Y la tercera noche Tobías le dijo a Sara que había llegado el momento. Sara empezó a llorar con amargura.

—¡No me toques, Tobías ¡ ¡Huye! ¡Que no tengan que echarte tierra en los ojos antes de que rompa el día!

Pero Tobías no le contestó. Siguiento las instrucciones de Azarías, sacó de su bolsa un trozo del hígado seco y salado del pescado que había intentado morderlo. Lo puso sobre el brasero donde se quemaban los perfumes que aromaban las casas.

El hígado comenzó a quemarse despidiendo un olor repugnante. Sara tuvo náuseas. Tobías le indicó que se tapara la boca y la nariz con un trozo de tela mojada. Furiosamente rojo, llameante, apareció la horrenda figura del demonio. Estaba loco de odio y amenazó a Tobías con garras de uñas deformadas y tan largas como cuchillos.

—¡Cobarde, hijo de un cobarde y de una puerca inmunda sin narices! ¡Atrévete a luchar contra mí sin ayuda! ¡Apaga ese fuego y veremos quién es más fuerte!

Pero Tobías sabía que no debía responder a los desafíos del demonio. Así como pudo contener durante dos largas noches su inmenso deseo de abrazar a Sara, pudo contenerse ahora ante los insultos del demonio. Sin contestarle, tratando de no mirarlo, elevó una oración.

La puerta de la habitación se abrió de golpe. Apoyada en el marco, a punto de caer, con los vestidos en desorden y cubierta por el polvo de los caminos, estaba la madre de Tobías.

—¡Hijito, mi bien, tanto tiempo sin saber de ti! Hice un viaje muy largo para verte. Estoy agotada. ¡Ese olor maldito me está matando, ayúdame por favor, apaga esas brasas!

Pero Tobías se acercó al brasero y sopló las brasas para avivar el fuego. Y el falso cuerpo de su madre desapareció para dejar paso otra vez a la llama viva de Asmodeo.

Ahora Sara lo llamaba desde un rincón de la habitación. Su cara estaba pálida, sus ojos desencajados y su cuerpo sacudido por las arcadas.

—Me muero, mi amor, sálvame. No voy a poder resistirlo. ¡Apaga las brasas!

Y Tobías soportó ver cómo su amada expulsaba un largo vómito de sangre, cómo caía al suelo retorciéndose de dolor y agonizaba entre gritos desgarradores. Pero no apagó las brasas. Y en el momento de la muerte el falso cuerpo de Sara desapareció para dejar ver nuevamente la llama viva de Asmodeo.

—¡Está bien, ridículo mortal! ¡Esta vez me obligaste! ¡Vas a sentir lo que yo siento!

Y Tobías empezó a sentir en su propio cuerpo las más espantosas torturas, el tormento del fuego y el tormento del hielo, el dolor de sentir que la carne se le separaba de los huesos, pero sobre todo el horror de la asfixia, el humo inmundo del hígado de pescado entrando por sus narices, quemando a su paso la laringe, envolviendo sus pulmones en dolor y en fuego y en muerte. Pero no apagó las brasas.

Entonces Asmodeo se fue. Voló sin despedirse. De un solo salto llegó hasta el Alto Egipto, donde pensaba reunir fuerzas para volver a la batalla. Pero apenas hubo cruzado la puerta de la habitación de Sara, el ángel Rafael dejó el cuerpo de Azarías y voló detrás de él. Tan debilitado estaba Asmodeo, que sin combate lo ató el ángel de pies y manos, encadenándolo con los mágicos eslabones que llevan el nombre de Dios, la única cadena que no puede romper el Rey de los Demonios.

Y esa misma noche Edna y Ragüel, los padres de Sara, tuvieron la inmensa dicha de que empezara una nueva historia: la historia de su primer nieto.

Ilustración de Jorge Sanzol

Sobre Sara y Asmodeo

Durante muchos años busqué demonios para mis cuentos. No me conformaba con demonios comunes, de todos los días: los quería también espantosos, sabios y temibles.

Asmodeo fue uno de los primeros que encontré: el Rey de los Demonios. Muchos dicen que fue el primer hijo de Adán con su mujer-diablo, la feroz Lilith.

Es, por lo tanto, un demonio muiy antiguo. Que reúne, por su origen, la crueldad salvaje, casi inocente de su madre diablesa, con la maldad inteligente y controlada de un hijo de hombre, creado para el bien y para el mal.

Al demonio Asmodeo me lo encontré desafiando al rey Salomón, que se vio obligado a exigir su ayuda para construir el Gran Templo de Jerusalén. En efecto estaba prohibido por las Escrituras construir un sagrado símbolo de la paz, como el Templo, usando instrumentos de hierro, el metal de la guerra por excelencia. Pero ¿cómo partir las piedras para construir sin usar herramientas? Salomón necesitaba el Shomir, que en algunas versiones de esta historia es una piedra capaz de partir rocas y metales, y en otras es un gusano. (Prefiero al gusano.)

Benaia, el más valiente de los generales de Salomón, logra dominar a Asmodeo y traerlo a su presencia. Y a través de Asmodeo, el rey obtiene el Shomir.

Pero Asmodeo, en venganza, toma la forma del rey Salomón y lo reemplaza durante cierto tiempo en el trono, mientras el verdadero rey vaga como un mendigo en tierras extranjeras.

Pensé que un demonio tan importante debía haber tenido otras actuaciones registradas. Buscando, por casualidad, en una enciclopedia cualquiera, encontré esta frase:

ASMODEO: Demonio que, enamorado de Sara, mató a sus siete maridos (Tobías 3:7).

En esa simple frase había ya un cuento. Leí en la Biblia la historia de Tobías y decidí contar la parte que faltaba: las penas de la pobre Sara.

Tomado de http://www.imaginaria.com.ar/02/5/shua.htm


Una novela para llorar en el bondi

Para este sábado me tocaba leer "Las dos doncellas". Terminé mi viernes muy apurada y no me quedó otra que "pegarle una leída" en el 163 (una hora 40 alcanzó para una lectura completa).
En general no puedo leer en el colectivo, sí en el tren, porque me mareo o me duele la cabeza. Pero ayer me acomodé, me puse los anteojos adecuados (que a veces pretendo leer con los de lejos) y la empecé. Fue esos momentos en que una desaparece de su lugar para irse al que las letras te muestran. No supe exactamente por qué en medio de la novela la emoción me puso a llorar. ¿Fue cuando Rafael va a buscar a Leocadia a la playa? ¿O cuando Rafael le dice a su hermana que no va a matarla sino a ayudarla en todo lo que pueda? ¿O cuando Teodosia oye la confesión de Leocadia y se sobrepone a los celos y se ponen en camino para ser "unas nuevas Bradamante y Marfisa"?
No sé. La cosa es que, en clase, fui ordenando mi emoción desclasificada (¿sentimental, fraternal?) y vimos cómo el remedio, la reparación, la reconstrucción de los caminos y los "errores" podía llevar a un final realmente feliz para todos.
La maestría de Cervantes nos pone esta novela detrás de "La ilustre fregona" y los mismos hechos pueden tranformarse en completamente otra cosa según quién los viva y cómo y por qué y para qué y por decisión de quién.
El punto cúlmine del análisis emotivo-académico fue pensar en San Rafael (el árcangel) en relación con el personaje del hermano (Rafael) y con mi propio hijo menor (llamado, sin conocimiento alguno del santoral, Rafael): "Remedio de Dios" significa el nombre, el que cura, el que trae el bálsamo para las heridas.

Copio y pego:

La misión de San Rafael es la de derramar bálsamo sobre vuestras heridas.

¡Cuántas veces Satanás logra heriros con el pecado, golpearos con sus solapadas seducciones!

Os hace sentir el peso de vuestra miseria, de la incapacidad, de la fragilidad y os detiene en el camino de vuestra perfecta donación.

San Rafael tiene entonces la misión de acompañaros en el camino que os he trazado, dándoos aquella medicina que cura todas vuestras enfermedades espirituales.

Cada día él hace vuestro caminar más seguro, más firmes vuestros propósitos, más valerosos vuestros actos de amor y de apostolado, más decididas las respuestas a mis deseos, más atenta la mente a mi designio materno, y fortalecidos con su bálsamo celestial, proseguís vuestros combate.





San Rafael Arcángel es el ángel que Dios envió para remedio de Tobías, a quien, para probar su paciencia, le había quitado la vista y la hacienda. Al propio tiempo auxilió a una doncella llamada Sara, que, casada siete veces, no pudo ver llegar hasta ella sus maridos, porque un demonio se los mataba. El Arcángel San Rafael, apareciéndose en forma de un gallardo joven al anciano Tobías, ofrecióse a acompañar a su hijo a cobrar cierta cantidad de dinero. En el camino, lavándose el joven Tobías los pies, vio que salía a él un gran pescado, y, habiéndole cogido y desentrañado, guardó la hiel, hígado y corazón. Aconsejado por el ángel, lanzó Tobías al demonio del aposento de Sara con el hígado del pescado, y después se casó con ella. Regresando a casa de su padre, le dio vista con la hiel del mismo pescado. La esclarecida orden española de San Juan de Dios venera a San Rafael por su especial protector.


2 de junio de 2012

Mi amiga Eugenia y la didáctica

Eugenia sale embolada de Didáctica Especial. No es la única: sus compañeros hablan de "didactonta" y cuentan anécdotas trágicas. Lo mismo me pasaba en el profesorado y en las malditas prácticas.
Me quedo pensando que es un bajón pero que, en realidad, está muy bien que "joda" ser docente, que una no encuentre del todo su lugar, la función exacta de su vocación ni de su trabajo, su función social ni su relación con la materia adorada y poco trasmisible.
Creo que lo malo es que los docentes llegan a un punto de sus vidas en que se creen completamente conformados como docentes, cuando ya no tienen dudas, cuando ya no se enojan ni con los colegas ni con los alupnos ni con el sistema. Llega un punto en que su esencia de docente parece completada, redonda, sin conflictos y es ahí cuando todo empieza a decaer, cuando creemos que estamos sobre un pedestal que merece ser admirado, cuando usamos demasiadas oraciones en modo imperativo y un tono de voz permanentemente exclamativo.
Es que la docencia es un lugar de poder tan fácilmente conseguible y conservable que tienta, que logra que todo aquel que no ha percibido en sí mismo la necesidad de terapia psicológica, se crea dueño de un "puesto" que repara sus falencias más primitivas.
Qué feíto. Por eso es bueno que Euge sufra, porque mientras sufra y busque estará en marcha y no subida al pedestal de cemento que clava los pies y no deja buscar nada más interesante que demostrarle a los demás lo irremplazable que es nuestra "didáctica" palabra.

26 de mayo de 2012

La fregona que no friega y otras chicas del montón

Hoy: La ilustre fregona en mi Seminario.
La bola de nieve que fuimos armando entre todos sigue creciendo: Ya todos leemos ejemplaridades desviadas, desciframos ironías contra la normatividad reguladora, rastreamos críticas a la institución matrimonial, al silencio de los personajes marginales, a la violencia de género, a la represión de las relaciones desreguladas entre varones y mujeres.

Los temas y casos se repiten con modificaciones, con apuestas más elevadas: Si en "La fuerza de la sangre" había violación reparada alegremente por matrimonio, en "La ilustre fregona" hay violación con adulterio, más casi hermanos enamorados (menos mal que Carriazo prefería los atunes a la belleza de Constanza), más pactos masculinos a puertas cerradas para rectificar lo insostenible, más nombre de la madre completamente borrado, más madre adoptiva e hija mudas y llorosas. (Sigo diciendo que acá falta un poco de Philomene).

Y agregamos el matrimonio como forma de darse placer entre hombres (te doy a tal mujer para casarte), y la relación heterosexual como lo más falso, lo más imposible hasta para la ficción que reclama protocolo de final feliz. ¿Feliz para quién nos preguntábamos? Y es que en el recorrido de cada novela ejemplar vemos que la regulación de la sexualidad no solamente somete los cuerpos femeninos sino que somete a los varones a sus destinos de "letras o armas" + matrimonio y familia. (Si hasta al Licenciado Vidriera le daba cosita todo contacto físico y El celoso extremeño temblaba de miedo de sólo pensar en contraer matrimonio).

Seguiremos rodando como bola que crece: La última de las novelas, la que le tocó a mi grupo, la que todavía no leí, ya me está apurando: Recién me puse a buscar en google material para La celestina y me cayó encima un aluvión de brujas y comunidades femeninas escapadas de mi ansioso "Coloquio de los perros".

El yo se subsume en el nosotras

Esta semana me toca empezar a trabajar con brujas y trotaconventos: Libro de Buen amor, La celestina y Coloquio de los perros:

Unos fragmentos del artículo "Las brujas de Cervantes y la noción de comunidad femenina" de Steven Hutchinson. Para entrar en calor, no más:


"Si exceptuamos ciertas parejas formadas por mujeres, ya sean éstas amigas o rivales, las novelas cervantinas ofrecen muy pocos casos de relaciones femeninas. El relato de la Cañizares en el “Coloquio” deja vislumbrar un mundo principalmente femenino a través de un conjunto de tres mujeres cuyas relaciones entre sí excluyen lo masculino. El que sean tres mujeres es significativo porque es a partir de tres personas cuando se constituye un grupo social —y un grupo, como se sabe muy bien desde los análisis de Georg Simmel, tiene características muy diferentes de las de una relación entre dos personas."


‎"el aquelarre es una experiencia compartida en la cual el yo se subsume en el pronombre nosotras. "


"...con matices diferentes, se hablaba de la natural propensión femenina hacia la superstición y hacia el mal, la cual señalaba o bien una debilidad o bien un peligroso poder maléfico intrínsecos a la mujer."


"...si el sistema judicial victimiza a las acusadas, la hechicería puede también dominar y subyugar a los hombres: la Camacha los acerca desde muy lejos en un instante y, como Circe, convierte a los hombres en animales, como en el caso de un sacristán de quien “se había servido . . . seis años en forma de asno” (p. 337). Por su parte la Montiela sabe conjurar una legión de demonios, y la Cañizares media legión. Estos ejemplos de maléfica dominación de lo masculino, tratados con un toque de humor y con posibles matices sexuales en un caso, contrastan netamente con los fines benéficos de la hechicería para con las doncellas, casadas y viudas, cuyos intereses eróticos y matrimoniales la Camacha ayuda a realizar. De ese modo, la hechicería obra no sólo en contra de hombres determinados sino también en contra de un sistema matrimonial basado en la castidad femenina."


STEVEN HUTCHINSON

24 de mayo de 2012

Encuentre las 7 diferencias

7 o las que sean (y no es por ser asquerosa pero casi):
Tenía en mi casa mis ediciones del Libro de Buen amor y de La celestina comparadas y leídas para el profesorado (creo que ninguno de los dos los leí completos). Ayer me compré dos ediciones nuevas porque las anteriores eran versiones modernizadas y yo ni enterada. Recién ahora resulta relevante en mi formación académica que los textos estén en castellano antiguo, que tengan completo el aparato prologal, que incluyan notas y refrencias del editor.
Menos mal que vamos (voy) para mejor no?

Mujeres en la Revolución Francesa




Cuatro mujeres en la Revolución Francesa

Olympe de Gouges, Etta Palm, Théroigne de Méricourt y Claire Lacombe

Autor: Gouges,Palm,Mericourt,Lacombe

Traductores: | José Emilio Burucúa | Nicolás Kwiastkowski

Introduccion: José Sazbón

Colección: Lado B

Siempre se vuelve a la Revolución Francesa, no sólo en Francia sino en Europa y en el mundo entero. También la reflexión sobre los problemas de género tuvo allí un punto de inflexión, y su característica más importante consistió en que fueron justamente mujeres las que dieron comienzo a especulaciones en torno al rol que les cabe con relación a la historia de la nación y al tipo de vínculo que las une o las debe unir a los varones.
Recogemos aquí textos de mujeres que escribieron, lucharon y padecieron (algunas pagando con su vida) durante la Revolución Francesa: Olympe de Gouges, dramaturga notable en su momento, que fue guillotinada por cuestionar la condena a muerte de la familia real; Etta Palm, holandesa integrante del Cercle Social; Théroigne de Méricourt, que propusiera con energía el armamento de las mujeres para defender la patria, y Claire Lacombe, animadora de la Sociedad de Mujeres Republicanas Revolucionarias. Con raras excepciones, estos textos se vuelcan al idioma castellano por primera vez. Único texto masculino, el libro se cierra con la solitaria propuesta del marqués de Condorcet de conceder los derechos ciudadanos a las mujeres, es decir, derecho a elegir y ser elegidas en los cargos públicos, anhelo que tardaría más de ciento treinta años en convertirse en realidad.
José Sazbón ilumina con su presentación la manera en que podemos abordar hoy la aparición de la problemática de género en el marco de la Revolución Francesa.

1er parcial de Latinoamericana I

10. Con Mignolo, con Roa Bastos, con pachakuti y felicitación expresa de mi profe de prácticos.

20 de mayo de 2012

Melancolía, cotidianeidad y acontecimiento

FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS
UBACYT 2011-2014 GC

DIRECTOR: JUAN DIEGO VILA

TITULO: “MELANCOLÍA, COTIDIANEIDAD Y ACONTECIMIENTO: MODULACIONES PARA NARRAR EL
PRESENTE EN LA PROSA ESPAÑOLA DE LOS SIGLOS XVI Y XVII"


Para la crítica actual el florecer de una hexis melancólica no puede desligarse de la “crisis epistémica de los grandes metarrelatos del Humanismo” (Rodríguez de la Flor, 2007) ni de una reevaluación del legado historicista de Maravall (1975) en la inteligencia de que el declive material de la hegemonía imperial hispana (Vázquez de
Prada, 1987) contribuye al sentir de frustración social. Desde esta atalaya el vínculo entre melancolía y narración, entre melancolía y representación, adquiere nuevo vigor puesto que fuerza a repensar la gran aporía del imperio católico por excelencia: el hecho de que el espíritu de expansión, conquista y triunfo no hubiese tenido el grado de legitimación discursiva que era de prever de haber primado las fuerzas rectoras propias del universo protestante, en el cual las escenas de cotidianeidad rica y pletórica se acoplan a la perfección, en el proceso de representación, con el ideario de un universo racionalizado y eficaz. España, por paradójico que resulte, sólo puede adquirir conciencia de sí en tanto y en cuanto el propio mundo es ofrecido como representación, ficcionalización y fingimiento y bajo la revelación última e íntima –conforme se afianza el barroco-de que la única
verdad asequible a su respecto es la ilusión. La narración melancólica, a nivel discursivo, parecería certificar que lo histórico común y general parece intrínsicamente ligado a variadas estrategias de la defección en el proceso de
autorepresentación del propio tiempo. Pues la intuición primera de que ciertas textualidades renacentistas trasuntaban, en la adopción de esta modalidad enunciativa, la certeza de un desvío de lo real (Bataillon, 1952) ha venido a complementarse con la meditación del arte barroco como poética que agudiza la experiencia radical de la vida. La vida cotidiana y el acontecimiento histórico del presente son, por cierto, confines en crisis en el proceso diegético de impronta melancólica puesto que la condición de inteligibilidad de lo real se ancla en ruinas, tiempos pasados y culturas perdidas y ello determina, en gran medida, que la floración alegórica del barroco ulterior resulte corolario lógico y necesario de un punto de partida previo en el que, necesariamente, lo social –cotidiano personal e histórico comunitario- resulte pensado en términos de sospecha o potencial defección.