16 de marzo de 2023

Otro autor que me encantó descubrir en este seminario "de terror"

 

Mariano Quirós: “Me interesa la gente que por miedo a perder algo se comporta de maneras absurdas”

"La luz mala dentro de mí", el libro de Mariano Quirós, reúne nueve cuentos en los que busca que los personajes "se sumerjan como exploradores" en diferentes escenarios de su provincia natal: Chaco. / Por Emilia Racciatti

Mariano Quirós (Resistencia, 1979) reúne en "La luz mala dentro de mí" nueve cuentos en los que busca que los personajes "se sumerjan como exploradores" en diferentes escenarios de la provincia de Chaco, definida como "un paisaje áspero y de belleza incómoda", desde el que el autor construye narradores a los que el mundo se les presenta como una aventura y una revelación.

Un jurado integrado por Fernanda García Lao, Félix Bruzzone y Elvio Gandolfo decidió que este libro editado ahora por Factotum Ediciones fuera el ganador del primer premio del Fondo Nacional de las Artes.

El escritor vive en Chaco y dirige, junto a Pablo Black, el sello editorial Colección Mulita. Este es su segundo libro de cuentos pero el primero que escribió solo, ya que el anterior fue en coautoría con Black y Germán Parmetler.

Antes Quirós publicó cuatro novelas por las que obtuvo diversos premios: "Robles" (Primer Premio Bienal-CFI), "Torrente" (Premio Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa), "Río Negro" (Premio Laura Palmer no ha muerto; publicada en Francia por la editorial La dernière goutte), "Tanto correr" (Premio Francisco Casavella) y "No llores, hombre duro" (Premio Festival Azabache; Memorial Silverio Cañada, Semana Negra de Gijón).

En diálogo con Télam, el escritor se refirió a la provincia desde la que escribe como "un territorio escandaloso" y también "muy literario", que le genera "tanto miedo como encanto".

 

-Télam: Venías trabajando el género novela... ¿Cómo llegaste a este libro. Cómo fue el proceso?
-Mariano Quirós: Siempre me pareció más adecuado y pertinente que el primer libro de un escritor sea de cuentos. Al que debería seguirle, tal vez, otro libro de cuentos. Pasados unos cuantos años, ahí recién tendría que publicar uno su primera novela. Pero las cosas se dieron de otra manera, me dejé llevar por otros impulsos y los cuentos, mientras tanto, se fueron acumulando sin llegar a formar algo como "un libro". Hasta que un día, motivado por una seguidilla de libros de cuentos que acababa de leer, corté por la mitad la escritura de una novela y me dije: "ya es hora de armar mi propio libro de cuentos". Así que cerré los ojos -como para leer en profundidad-, junté los que tenía escritos, vi en cuáles había, por así decirlo, una misma línea, y me zambullí un poco más en esa dirección, hacia un tono oscuro que les diera cohesión y a la vez los ensuciara un poco. Mucho después vi la luz, que al fin y al cabo no es tan mala.

-T: ¿Cómo surgió la idea de que haya tantos narradores que son niños en los cuentos?
-MQ: Más que "narradores niños" en particular, me interesaban narradores que guardaran un cierto candor, un aire de inocencia que contrastara con el mundo retorcido en que se sumergían. Un mundo que puede ser el de la literatura -pero la literatura en su costado más marginal y ramplón, que es también el más aventurero- o bien el corazón de una casa de gente que vive presa del pánico y supone que con un arma estará más segura.

-T: Ya habías ganado otro premio con tu novela "No llores, hombre duro", ahora obtuviste el del Fondo Nacional de las Artes, ¿cómo los recibís y qué lugar les das?
-MQ: Tengo mucha suerte con los premios literarios. Me llenan de alegría y me permiten publicar cada cosa que escribo.

-T: La provincia de Chaco está muy presente en los cuentos. ¿Fue algo intencional o aparece por ser el lugar desde el que escribís?
-MQ: Nací en el Chaco, viví casi toda mi vida en Resistencia. Es un territorio escandaloso y, para mi gusto, muy literario. Sobre todo el interior de la provincia -que es muy distinto a Resistencia, casi dos opuestos-, y que me genera tanto miedo como encanto. No es que conozca mucho el interior, hasta diría que no lo conozco. Pero por eso mismo me gusta escribir desde ahí, ubicarme ahí, para escribir como al tanteo. Que los personajes -y yo con ellos- se sumerjan como exploradores en ese paisaje un tanto áspero y de belleza incómoda, por decirlo de algún modo. Que sea una aventura y una revelación.

-T: A su vez hay un eje que es el de la familia y dentro de ese eje tiene mucho protagonismo el vínculo entre los hermanos. Es casi un vínculo "salvador" y de mucha complicidad. Pienso en "Un arma en la casa" o en "Una paliza literaria".
-MQ: Puede ser de complicidad, pero también hay momentos en que el vínculo entre hermanos es una mera complicación. También me interesan los otros vínculos familiares, padres, abuelos, todos en una situación de cariño un tanto desaforado. Gente que, por miedo a perder algo, o por no saber conservarlo, se comporta de maneras absurdas. O de manera literaria, para decirlo poéticamente. O como dice uno de los personajes: sin miedo a ser cursi. Esto lo digo a cuento de que, alguna vez, hace unos cuantos años, mi mayor temor era caer en alguna que otra cursilería. Ahora quiero creer que pasé una barrera y que, simplemente, esos pruritos me importan menos. En cualquier momento empiezo a escribir como Sandro.

-T: Por otro lado, ¿qué lees. Hay algo de literatura argentina contemporánea que te interesa especialmente?
-MQ: Leo todo lo que puedo, creo ser un buen lector. Además de que, entre otras cosas, conduzco junto a Pablo Black el sello Colección Mulita, así que es casi un imperativo que me interese la literatura argentina contemporánea. Hay autores de mi generación que me encantan, y de muchos tengo la suerte de ser amigo: el mismo Pablo Black, Germán Parmetler, Matías Aldaz, cuyo libro "La lluvia cae en todas partes" fue precisamente uno de los que me hizo pensar en tener de una vez mi propio libro de cuentos.
Hace poco leí "Poesía estupefaciente", de Germán Maggiori, y pasé una temporada de plena paranoia. Maggiori es simplemente -como dirían Truman Capote y su versión argentina mejorada, Miguel Molfino- un monstruo perfecto.

14 de marzo de 2023

Autor que no conocía recomendado por Ansolabehere

 

El mundo de Celso Lunghi

“El terror es un género que se
está posicionando en Argentina”

Por José María Marcos, especial para INSOMNIA, Nº 187, julio de 2013

Nacido en 1988 en Pehuajó (Buenos Aires, Argentina), Celso Lunghi ganó el Premio Nueva Novela 2012 Página/12-Banco Provincia con su obra Me verás volver, elegida por un jurado integrado por Juan Ignacio Boido, Juan Forn, María Moreno, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno, Juan Sasturain y Aurora Venturini. Cuando se conoció el fallo, el jurado expresó: “Me verás volver es una novela epistolar pero situada en la época en que la novela epistolar había abandonado la retórica del género, y en prefiguración del chateo íntimo y del blog, jugaba el efecto de un fluir de conciencia en tiempo real, pero es también una falsa no ficción que trata de una no ficción sospechosa y un relato fantástico fuera de catálogo. De terror pero con sordina, Me verás volver se lee a la antigua, comiéndose las uñas entre misterio y misterio sin que al lector le quede en pie ninguna certeza. ¿Algunos ingredientes? Un cura cínico, cuerpos muertos okupas de cuerpos vivos —psicosis o transmigración, según quién diagnostique—, un enigma policial de portada y otro más inquietante, sutil, barroco, algunas ratas y sangre, mucha sangre, la de la menstruación, la del himen, la de las víctimas y la de ¡pintura fresca! Hacía tiempo que las grandes tradiciones de la literatura argentina no convergían en una trama tan hipnótica y desmedida”. Celso Lunghi vivió unos años en la ciudad de Buenos Aires mientras cursaba la carrera de Letras (UBA), y actualmente trabaja de corrector en el diario Noticias y comenta libros en FM City, ambos medios de Pehuajó.
—¿Cuándo descubriste tu vocación de escritor?
—Mientras cursaba la licenciatura de Letras en el 2009, comencé a ver una miniserie que me hizo pensar: “Estos tipos en el futuro serán conocidos por haber hecho algo artístico y divertido”. Hasta ese momento era un lector fervoroso, pero mi idea era formarme como investigador, especializado en literatura argentina y latinoamericana. Cuando empecé a disfrutar de esa miniserie, algo hizo clic en mí y me pensé como escritor, como hacedor de historias.
—¿Qué autores estabas leyendo en ese entonces?
—Los cuentos de Beatriz Guido me parecían descollantes. Su “Piel de verano” es un cuento de terror excelente. También me llamaban la atención Silvina Ocampo y Bernardo Kordon, quien tiene dos grandes cuentos de terror: “Hotel comercio” y “Un poderoso camión de guerra”.
—¿Y contemporáneos?
—Mariana Enríquez y Juan Diego Incardona. La novela Tuya, de Claudia Piñeiro, y varios relatos de Samanta Schweblin.
A la hora de empezar a escribir, ¿por qué elegiste el terror?
—Es sin duda el género que más me gusta. De chico veía películas con mi hermana, aunque no era tan valiente porque me ocultaba bajo la mesa (risas); la primera fue “Chucky”. El primer libro que leí fue uno de R.L. Stine. Después me cautivaron Elsa Bornemann (Queridos monstruosSocorro y Socorro Diez) y Horacio Quiroga, entre otros. Creo que fue clave una bibliotecaria que en Pehuajó nos leía cuentos, sobre todo de terror, y nos enganchaba. Con los años llegaría Stephen King y todo su universo.

EL NACIMIENTO DE LA NOVELA

—¿Cómo empezó a gestarse Me verás volver?
—Hay una prehistoria. Cuando vivía en Buenos Aires, enfrente a mi departamento, una mujer trataba horriblemente a sus hijas. Ahí quedó la idea de dos nenas maltratadas por una madre siniestra. Escribí un cuento, a la manera de Silvina Ocampo, de dos carillas, donde la más grande mataba a la madre. Con los años se reencontraban y la más chica se vengaba matándole un hijo a la mayor por haberla hecho crecer huérfana. Luego se me cruzó el tema de la secta y, mientras leía a Sara Gallardo, pensé que se podían unir ambos temas en un ámbito rural. El tema del suicidio en masa lo saqué de un grupo religioso, liderado por un puertorriqueño, que puso una fecha para matarse. El objetivo era demostrar que todos sus integrantes eran inmortales.
—¿Por qué contar la historia a través de epístolas?
—Por un lado, nace por el fanatismo que tengo por Manuel Puig, pero, también, porque se me dificultaba la manera de narrar la historia y hacer aparecer lo sobrenatural. Un personaje debía explicitar lo que estaba pasando, pero no sabía cómo hacerlo. Al final, puse esto en manos de un espiritista. Y a la hora de escribir, finalmente, utilicé la estructura de Carrie, de Stephen King, que de algún modo se parece mucho a las obras de Puig.
—¿Qué más tomaste de Carrie?
—Lo que más me rompe la cabeza es el personaje de la madre, que es fanática religiosa. King ha tratado estos temas en muchos de sus libros. Un pasaje sacado enteramente de Carrie es la escena de la menstruación que, a mi juicio, está mejor resuelta en la película de Brian De Palma. En relación a CarrieMe verás volver tiene una historia más recargada y con un color más latinoamericano, por ejemplo, con el tema de la Virgen que llora sangre y otros elementos propios de nuestra idiosincrasia.
—¿La presencia del frigorífico clausurado fue una manera de hablar del contexto de una época?
—No, precisamente. Siempre digo que no tengo imaginación. Escribo tomando cosas de distintos lugares. El tema del frigorífico abandonado lo saqué de algo que pasó en Pehuajó: hace algunos años fallecieron tres obreros. Mareados por unos vapores, se cayeron en unos piletones con sangre y murieron ahogados. Una vez leí que García Márquez, cuando estaba estancado con Cien años de soledad, salió al patio y vio a la mucama envuelta en sábanas, y de pronto, se le ocurrió algo para seguir la novela. A mí me pasa algo parecido. Cuando me trabo miro para todos lados y generalmente se me presentan factores externos que me ayudan.
—¿Qué hay de Pehuajó en El Tábano, la ciudad de tu novela?
—Hay poco. Hay más de los pueblos vecinos o de otros sitios. Al campo lo veo como el campo de un amigo mío en La Plata. El Tábano sería la localidad de Francisco Madero, que queda cerca. Seguramente hay referencias de Pehuajó, pero no las pensé especialmente.

LA LLEGADA DEL PREMIO
José María Marcos y Celso Lunghi en el stand de Página 12.
—¿Cómo viviste el Premio? ¿Los primeros lectores?
—Es un momento muy lindo. Las devoluciones son muy variadas. Muchos la han leído como un policial. Otro me contó que la leyó una noche de tormenta y le causó cierta zozobra. Uno destacó que la abuela le pareció un ser siniestro. El personaje más comentado es el cura del pueblo.
—¿Qué dicen tus vecinos?
—En Pehuajó la novela se vendió muy bien, y he tenido muy buenos comentarios, por fortuna. Todos se alegran de lo que me está sucediendo.
—No te pasó lo mismo que Manuel Puig, que hizo enojar a medio General Villegas por sus infidencias y no lo querían recibir...
—No, para nada (risas). Además, Puig se metía con la intimidad de sus vecinos, y eso le costó mucho. Incluso, cuando salió Boquitas pintadas, un diario de allá dijo: “Todo lo que dice el señor Puig es mentira”.
—Elegiste un pueblo como escenario para tu novela. ¿Te resultan amenazantes las localidades chicas?
—Al contrario, me gusta vivir en un pueblo. Las ciudades (y particularmente las grandes) me parecen amenazantes. Los pueblos son escenarios para contar una historia de terror, porque se trata de universos chicos que puedo manejar. El terror es más creíble alrededor de un fogón, en una confesión en medio de la soledad. Pensándolo ahora, quizás parezca una contradicción, pero hasta el momento no se me ha ocurrido una historia de terror en una ciudad.
—¿Cómo ves el género de terror en Argentina?
—Como todos los géneros, tiene sus momentos. En lo particular, creo que en Argentina se está posicionando con distintos exponentes y expresiones: Mariana Enríquez, Planeta sacó una colección, hay mucha literatura infantil, está la editorial Muerde Muertos. Faltan todavía estudios sobre nuestra literatura de terror, pero ya van a llegar. Tal vez estamos aún en una etapa de nacimiento y desarrollo.
—¿El cine y la música están presentes a la hora de escribir?
—La música, no. En cambio, el cine y la televisión son centrales. Hay muchas cosas que pienso como imágenes. Pedro Almodóvar es un director que me encanta. Sus historias están cargadas de detalles y de melodrama. Algo parecido encuentro en Jaime Bayly, que es muy interesante, aunque me gustaría que sus personajes se crucen un poco más, y que haya un poco más de episodios bizarros y sentimentales.
—¿Te has puesto a pensar cuáles son tus temas para la ficción?
—Por el momento, la religión, los cultos populares y sus consecuencias (el choque entre lo oficial y lo popular, ciertos peligros latentes en el fanatismo) componen un nucleo que me moviliza.

EL MAESTRO DE MAINE Y LO QUE VIENE

—¿Qué libros recomendás de Stephen king?
—El libro que más me gusta de Stephen King es Cementerio de animales. Me parece el más profundo. El género de terror es desesperanzador de por sí, y muchas obras de terror fallan en el desenlace. En cambio, Cementerio de animales es una obra redonda de principio a fin, como El resplandor, que es sin duda una novela que no puede dejarse de lado al estudiarse la literatura del siglo XX. Cujo es también una novela que tiene un pulso extraordinario. De las más nuevas elijo La historia de Lisey. De los libros de cuentos me encanta El umbral de la noche. Y los personajes que más adoro son Carrie White, por su fuerza, y Jack Torrance, por su enorme cantidad de matices.
—¿Cuál es tu próximo proyecto?
—A partir de un hecho que me contaron que sucedió en Santa Rosa (La Pampa), estoy trabajando en una historia que continúa en El Tábano. Si bien hay dos historias paralelas como en Me verás volver, está narrada en tercera persona y parte del espíritu de It, porque hay varios amigos que regresan a un pueblo después de haber fracasado en otros lugares. Aún no saben por qué volvieron ni lo que les espera. No está el payaso Pennywise, claro, pero algo oscuro los espera.

ASÍ ESCRIBE (*). El agua. Durante seis años, durante los seis años que duró la agonía de su madre (mejor dicho: de lo que quedaba de ella, de aquel despojo que le demandaba atención permanente), el agua fue lo único capaz de sustraerla de su realidad. Violeta entraba a bañarse y, al menos por unos minutos, las preocupaciones se disipaban. Desaparecían. Se borraban. Aunque procedía con apuro, porque su presencia en la casa era indispensable (era vital), disfrutaba de cada gota que caía sobre su cuerpo. Ahora está parada de espaldas, con la cabeza flexionada y el pelo corrido hacia los costados. El agua le golpea la nuca. Eso la relaja. La distiende. Lleva quince minutos en la misma posición. El vapor ya lo ha inundado todo. Ha empañado los vidrios, se ha adherido a las paredes, ha humedecido los calzoncillos que se amontonan en el bidet. Además, le ha abierto los pulmones. Y le nubla la vista. Entonces voltea y extiende sus manos en dirección a los grifos. Sin embargo, antes de cerrarlos, decide enjabonarse nuevamente. Como le sobra el tiempo, como no tiene ninguna obligación, lo puede hacer. Se puede dar ese lujo. Empieza por la cara. Se frota con fuerza y enfrenta a la lluvia. Las burbujas se escurren por la rejilla, despacio, muy despacito. Sigue por el pecho. Hasta hace menos un mes, su pecho era tan chato, tan plano, que le cuesta reconocer como propias a esas dos enormes pelotas que le brotaron de él. Y que, por otro lado, y a pesar de su turgencia, no la avergüenzan. En absoluto. Cuando todavía no las tenía, creyó que la iban a incomodar. Y mucho. Pero no. Al contrario: le gustan. Porque la distinguen. La diferencian del resto. A continuación, se enjabona la panza, donde, desde el mediodía, siente un ligero cosquilleo. Un cosquilleo que aumenta de manera progresiva, implacable. Violeta abre la cortina y se sienta en el inodoro. Hace fuerza. No. No son ganas de hacer pis. Ni de hacer caca. Vuelve a la ducha. Se enjabona las piernas. Sube y baja, rodeándolas. Primero la derecha, después la izquierda. Y, justo cuando está a punto de devolver el jabón a su lugar, descubre que se ha teñido de rojo. Sangre..., murmura. Sangre. Se mira las manos. Sangre. Se mira las piernas. Sangre. Mira el suelo. Sangre. Mira la rejilla. Sangre. Sangre que sale de... Imposible. (*) Fragmento de Me verás volver (La Página, 2013)



Tomado de http://josemariamarcos.blogspot.com/2013/07/el-mundo-de-celso-lunghi.html

Metiendo teoría feminista en las grietas

 En seminario de Ansolabehere, leemos "Muñeca" de Lamberti. Imposible no leer con perspectiva de género. Prendo el ventilador en chat y hasta abro la cámara y el micrófono. Sigue molestando. A veces me canso.

7 de marzo de 2023

Ayer volví a mirar programas y horarios

 Lo hice toda mi vida. No me arrepiento de este amor. Encontré dos seminarios que me interesaron: uno con profe conocido con el que cursé poco (Topuzián) que ofrece novelón que compré y no leí ni encajé en cursada (Fortunata y Jacinta). Su programa propone historia de la novela europea y sus teorizaciones más unidades sobre Perez Galdós y yo ya me enganché con que puede ser mi modo de escribir, corregir, terminar y avanzar las (TRES) novelas propias que tengo en distintas etapas de crecimiento (basta de avergonzarme de mí misma). El otro seminario tiene que ver con lo que, teóricamente, me interesaba, me interesa, me interesó siempre al dedicarme a la investigación: el archivo americano, los textos del canon no europeo en América: ¿cómo dejarlo pasar?

Sean felices conmigo y síganme en mis seminarios número ¿34 y 35? ¿O esos son los que estoy cursando ahora? ¿Llegaré a los "sincuenta" (sic)?

23 de febrero de 2023

Prieto Punk y futuro taíno

 

 
Puede ser una imagen de texto
 
🌻
🌻




Mis amores, ya está abierta la convocatoria para someter artículos sobre ciencia ficción del Caribe a 'Ínsulas extrañas', una publicación de la Universidad de Puerto Rico y la editorial La secta de los perros. El plazo para enviar artículos vence el 23 de agosto de 2023. 🌻🌻

9 de febrero de 2023

Muzzio en el seminario de Ansolabehere

 

El martes 10 de mayo tuvo lugar en la sala Ortiz de la Biblioteca Nacional, en el marco del III Encuentro internacional de Literatura Fantástica, la mesa Terror argentino, en la que tres exponentes destacados del género establecieron un recorrido por el mismo. Reproducimos a continuación el texto leído en esa oportunidad por Diego Muzzio.

13029447_993775654050089_1112966775180984608_o

En el libro Viaje al Río de la Plata, el mercenario alemán Ulrico Schmidl -quien acompañó a la expedición de Pedro de Mendoza de 1534-, nos cuenta que tres soldados fueron condenados a muerte por robar y comerse un caballo. Cito:

“Esa misma noche otros españoles se arrimaron a los tres colgados en las horcas y les cortaron los muslos y otros pedazos de carne y cargaron con ellos a sus casas para satisfacer el hambre”.

Si la literatura argentina nace con estas crónicas, podemos afirmar que el terror está presente desde el origen. Sin embargo, el género como tal no arraigó entre nosotros que en estos últimos años. ¿Por qué? ¿Tal vez porque el horror político desplazó nuestra capacidad para escribir relatos de terror? Creo que algo de eso hay, sumado a la idea de que el terror era, hasta hace muy poco, un género considerado menor.

Creo necesario aclarar algo: el terror es miedo, mientras que el horror es un sentimiento intenso (puede ser aversión, asco, rechazo) causado por algo espantoso.

En Argentina, me parece, ha existido siempre cierta tendencia a amalgamar terror y horror. En efecto, si recorremos las antologías dedicadas al género vamos a encontrar un cuento como “El matadero”, en el cual, personalmente, no veo un relato de terror. Se trata de horror, en todo caso. Es la misma violencia que se describe en el poema “La refalosa” de Ascasubi, en “Amalia” de Mármol, o el “Facundo” de Sarmiento, la  misma que más tarde retomarían Bioy Casares y Borges en “La Fiesta del monstruo”.

Los primeros esbozos de terror argentinos se encuentran siempre insertos dentro en un corpus mayor que los contiene y los avala: relatos de viaje, artículos periodísticos, la narrativa militar de la conquista del desierto. Es un archipiélago, párrafos aislados, en ocasiones apenas una sugerencia contenida en dos oraciones.

Tomemos por ejemplo la imagen que da título a este trabajo, “La puerta sombría del desierto”. Es una frase tomada del libro La guerra al malón, escrito por el comandante Prado. Para él, como para otros militares del siglo XIX, el desierto es el territorio misterioso del salvaje. Estanislao Zeballos lo llama “el país del diablo”. También lo es para la tropa, compuesta por individuos extirpados a las clases populares, sobre todo gauchos proclives a la superstición. En el desierto todo puede suceder: en este territorio, Prado puede dejarse llevar y comparar a la tropilla de caballos blancos, “tordillos y bayos claros” del general Villegas con “una bandada misteriosa de fantasmas”. O Zeballos puede hacer la descripción del entierro de Painé, una larga procesión donde, cada dos kilómetros, se mata a golpes de boleadoras a ocho mujeres de la tribu, para castigo de las brujas que habían propiciado la muerte del cacique.

Hay otros ejemplos. El periodista Remigio Lupo, corresponsal  que acompañó la Expedición al Río Negro de 1879, escribió crónicas para el diario “La Pampa”. En una de ellas, cita a un tal comandante Olivieri, de quien se decía cometía los peores actos de crueldad con sus soldados, encerrándolos durante días en profundos pozos, torturándolos, y alimentándolos con pedazos de carne que les arrojaba. También en algunos pasajes de Una excursión a los indios ranqueles tenemos otro pantallazo de estos tímidos y dispersos relatos de terror, cuando Mansilla cuenta a sus soldados, reunidos alrededor del fogón, un cuento de fantasmas.

Pero, tal vez, uno de los más claros ejemplos sea el del francés Alfred Ebelot, militar, ingeniero y periodista que codirigió los trabajos de la zanja de Alsina. Ebelot abre su libro La Pampa con un capítulo titulado “Velorio”. Ciertos fragmentos de este capítulo constituyen, para mí, uno de los primeros relatos de terror de nuestra literatura. El autor llega a una pulpería donde se está velando a un niño. La cita es algo extensa, pero me parece que vale la pena:

“Un pesado olor a cebo, a cigarro y a ginebra cargaba la atmósfera. Un humo denso, tan denso como en la cocina, pero más desabrido, lo envolvía todo, comunicando a las cosas un carácter extraño.

En el fondo, al centro de un nimbo de candiles, aparecía el cadáver del niño ataviado con sus mejores ropas, sentado en una silla, sobre unos cajones de ginebra arreglados encima de la mesa a manera de pedestal, fijos los ojos, caídos los brazos, colgando las piernas, horroroso y enternecedor.

Era la segunda noche que estaba en exhibición. Una ligera sombra verdosa, como un toque de esfumino, asomaba en la comisura de los labios, y se me hacía, no sé si fue una ilusión de mi imaginación, que las jaspeaduras de las carnes reblandecidas no dejaban de contribuir al humo que impregnaba los olores flotantes en el aire. Al lado del cadáver estaba sentado un gaucho, blanco el pelo y color de quebracho la cara, con la guitarra atravesada sobre las piernas. Al verme entrar, había interrumpido su música, como los demás su baile. Se discernían las parejas en medio del humo; el brazo de los mozos envolvía estrechamente el corpiño de las muchachas, y les hablaban de cerca, demasiado de cerca, algo encendidos por la bebida; ellas reían a mandíbula batiente, echaban sonoros piropos, teniendo también los bronceados pómulos coloreados por una pizca de intemperancia. Algunos viejos en los rincones fumaban y discutían de caballos (…)”.

Luego de esta descripción, Ebelot explica:

“Algunos pulperos, nada propensos a la sensibilidad e inaccesibles a preocupaciones, alquilan a tanto por noche los pequeños cadáveres con el fin de exponerlos en un galpón contiguo a su esquina, y organizar sesiones de beberaje, de baile y de música”.

¿Qué falta a estos cuatro párrafos para que se conviertan en un cuento de terror? Apenas una oración, un gesto. Pienso: la sorpresa o incredulidad de uno de esos gauchos que, de pronto, descubre que el niño muerto tiene los ojos abiertos.

La fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en 1871 fue también escenario propicio para que algunos periodistas incursionaran, tal vez sin proponérselo, en el género. En los periódicos de la época, se encuentran breves relatos como el robo del cadáver del doctor Señorans, muerto a causa de la epidemia, enterrado en la Chacarita y exhumado clandestinamente pocos días después para ser trasladado al panteón familiar de la Recoleta. Este mismo episodio, que podría llamarse “aventuras de un cadáver”, es también citado por el periodista catamarqueño Mardoqueo Navarro en su Diario de la peste. El texto de Navarro puede ser tomado como un preciso relato de terror, en el cual se detalla, incluso, episodios de enterrados vivos y de vivos dados por muertos que de pronto resucitan.

Este archipiélago del terror compuesto de microrelatos, de breves párrafos dispersos en distintos textos, durante mucho tiempo no sufre grandes variaciones. Se trata de un terror casi involuntario, surge de pronto sin que el lector lo espere y desaparece con la misma celeridad. Hay que esperar hasta Juana Manuela Gorriti, que incursionó en el terror gótico, y Eduardo Holmberg, que cultivó también el policial, para encontrar dos autores, quizás los primeros, bien asentados en el género. Holmberg, por ejemplo, sitúa la acción de su folletín Nelly en una estancia en la Pampa; en él, describe una tormenta dentro de una tormenta y -curiosidad dicha al pasar-, cita también a Prado. Tampoco podemos dejar de nombrar a Quiroga, discípulo de Poe. Muchos de sus cuentos son los mejores ejemplos del terror rioplatense.

Todas estas narraciones transcurren todavía en un espacio que, de alguna forma, sigue siendo una extensión del desierto, la tierra misteriosa del otro y, asimismo, de lo otro o de la otredad. Este movimiento perdura incluso en el siglo XX. Pienso en dos relatos de Borges que a mí siempre me parecieron formar discretamente parte del género. Me refiero a Funes, el memorioso, y a El evangelio según Marcos. Cito un fragmento de Funes:

“Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables”.

Muchas veces me he preguntado de dónde proviene el miedo que me genera este párrafo. En principio, creo, de la feliz conjunción de latín y penumbra. Pero también del hecho que, desde la primera vez que leí el cuento, fue inevitable para mí pensar en Funes como en una especie de Lázaro. El narrador no entra en un rancho, sino en una tumba. Algo parecido me sucede con El evangelio según Marcos. La crucificción elidida de Baltasar Espinosa, la amenazante mansedumbre de sus verdugos, los Gutres, siguen despertándome, en cada lectura, un terror mucho más intenso que cualquier monstruo de Lovecraft. Pero hay un tercer cuento de Borges, incluido en El libro de arena, que puede ser considerado como un relato de terror puro. Me refiero a “There are more things”. En él, Borges nos describe la casa colorada y, a través de ella, vislumbramos el ser monstruoso que la habita o la habitó.

La nouvelle Sombras suele vestir (1941), de José Bianco, traductor de The turn of the screw, de Henry James -a quien tanto debe-, la cual se encuentra haciendo equilibrio en la delgada frontera entre terror y fantástico, es otra de las obras maestras insoslayables. Tampoco podemos dejar de citar La casa de ceniza, de Abelardo Castillo (1967). Dice Castillo: “La casa de los Usher y las desniveladas habitaciones del colegio de William Wilson están, notoriamente, en el origen ‘arquitectónico’ de mi casa”.

Seguramente estoy olvidando autores y obras. Sin embargo, quiero resaltar que, durante el siglo XIX y buena parte del XX, el terror argentino no sólo es escaso, sino también que sigue de algún modo el paradigma sarmientino civilización-barbarie, además de estar, por otro lado, muy emparentado con el gótico.

La publicación de la novela El mal Menor, de Carlos Feiling, en 1996, produjo un notorio salto en cuanto a temática. Esta obra es, creo, un punto de inflexión. En el prólogo, escrito por Ricardo Piglia, podemos leer: “El relato de terror es quizá la forma más devaluada y más activa de la cultura actual. La dificultad de fijar con claridad sus límites es una prueba de que no ha sido aún legitimada por la crítica académica (…). La novela de Feiling se afirma -como es habitual en el género- en una descripción costumbrista de ciertas zonas (el barrio de San Telmo en este caso) donde suceden mínimos estallidos de violencia terrorífica”.

Piglia toca dos puntos importantes. El carácter marginal del género, el cual desde hace un tiempo está siendo felizmente superado, y lo que él llama la “descripción costumbrista de ciertas zonas”.

En la actualidad, los escenarios donde el terror acontece son, en muchas ocasiones, las villas, las orillas del riachuelo, las zonas marginales de la ciudad, como en los cuentos Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez, aunque en estos textos no se trata de una mera descripción sino, creo, de un importante componente de denuncia social. El campo como territorio extraño vuelve a irrumpir también y a actuar como zona fronteriza. Pienso en Distancia de rescate, de Samantha Schweblin, texto en el que también está presente la denuncia, en este caso de los herbicidas. Hay otros autores adentrándose en este territorio, para continuar con la metáfora, muchos de los cuales han participado en estos últimos días de este encuentro en la Biblioteca Nacional.

“El viento esparce el hedor de los ahorcados”, escribió Mujica Laínez en “El hambre”, el cuento que abre Misteriosa Buenos Aires. El hedor originario de esos cadáveres devorados entre las sombras de la primera fundación vuelve a soplar sobre nosotros. Un cuento, una novela de terror escrita en nuestro país podría comenzar o terminar con una Buenos Aires desde cuyas terrazas y jardines se eleva el tradicional aroma de la carne asada; salvo que ese olor sería, hoy, el hedor nauseabundo de la carne humana.

1893_1785969791623187_7099264599458246137_n

Diego Muzzio nació en Buenos Aires en 1969. Poeta y narrador, cursó estudios de Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires. En 1991 aparece su primer libro de poemas, El hueso del ojo, en 1996 recibe el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes con Sheol Sheol, en el año 2000 Gabatha recibe el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, y con Hieronymus Bosch gana el Segundo Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes en 2004. Se destaca su obra infantojuvenil entre la que destacamos La asombrosa sombra del pez limón de 2005Un tren hacia Ya casi casi es Navidad de 2008El faro del capitán Blum y Galería universal de malhechores, ambos de 2010.

Muzzio residió en Francia de 2004 a 2014. En 2015 publica el libro Las esferas invisibles, que recoge tres nouvelles de terror influenciadas por el gótico, El intercesor, El ataúd de ébano y La ruta de la mangosta.

30 de enero de 2023

¿22? Mi certificado ya tiene 23

 ¿Cuántas materias tiene Letras UBA?

Contenido: El Plan de Estudios de la carrera de Letras comprende, entre materias y seminarios, un total de veintidós asignaturas, distribuidas en dos grandes ciclos, el ciclo de grado (9 materias) y el ciclo de orientación (13 asignaturas), más dos (2) seminarios de graduación.